
El gobierno puso un techo del 18 por ciento para las paritarias, que Moyano se preocupó por ignorar olímpicamente, y fue la excusa precisa para detonar la ruptura.

Fuera de cámaras, en un canal de cable al que el gobierno considera perteneciente al “enemigo”, Hugo Moyano y Gerardo Martínez se confundieron en un abrazo. Acababan de ser entrevistados por separado y en sendos reportajes no se prodigaron críticas; muy por el contrario, hubo elogios para el “compañero” que escuchaba desde otra mesa en el estudio. Uno es el jefe de la CGT y el otro aquel en el que el gobierno pensó en un primer momento para desbancar al líder camionero.
La propia Cristina Kirchner había sugerido su nombre, atraída por el perfil intelectual de Martínez. Pero archivos desempolvados desde el propio seno del gobierno revelaron un añejo vínculo laboral del jefe de la UOCRA con el Batallón 601, y quedó tempranamente fuera de carrera.
Lo que no dejó de lado el gobierno fue su objetivo de destronar a Hugo Moyano. No se sabe exactamente cuando le bajó el pulgar definitivamente Cristina, pero sí está claro que cuando eso sucede, no hay vuelta atrás. El titular cegetista venía embalado y así como juntaba poder, bajo el ala permisiva del gobierno kirchnerista, acumulaba aspiraciones políticas. Tuvo la mala idea de transparentarlas delante del matrimonio Kirchner en un masivo acto celebrado en cancha de River. Allí habló Moyano de su sueño de tener un presidente proveniente de las filas de los trabajadores, y la Presidenta le contestó luego recordándole que ella trabajaba desde los 18 años.
Su esposo estaba por entonces vivo y el propio Moyano ha dicho que las relaciones con el kirchnerismo eran diferentes entonces. Desaparecido Kirchner, Cristina se ocupó de desairar al camionero una y otra vez. Cuando Moyano pensaba en poblar las listas legislativas oficialistas con hasta un tercio de dirigentes sindicales, la Presidenta habilitó sólo a su hijo Facundo, que hoy hace equilibrio en el bloque del Frente para la Victoria de Diputados. Lo recibió por última vez en septiembre en la Casa de Gobierno y no le concedió ninguno de los pedidos que entonces llevó el titular cegetista.
El gobierno puso un techo del 18 por ciento para las paritarias, que Moyano se preocupó por ignorar olímpicamente, y fue la excusa precisa para detonar la ruptura.
No fue Martínez finalmente el elegido, será Miguel Caló, pero da lo mismo. El gobierno no habrá conseguido su objetivo de máxima, de dejar a Moyano a la vera del camino, pero el presente encuentra al poderoso camionero con la CGT dividida y mucha menor compañía que la que contaba hasta hace apenas algunas semanas. En la pelea, Moyano perdió dirigentes de su máxima confianza y el gremio más poderoso con el que cuenta es el suyo. No es poco, claro. Pero no tiene por ejemplo los sindicatos del transporte, como quedó demostrado en el paro general de junio pasado, cuando la inactividad fue prácticamente nula.
Si algo tuvieron siempre claro los dirigentes sindicales fue que este 12 de julio no habría elecciones entre dos listas. Descontaban que habría negociaciones hasta último momento, pero nadie imaginaba una elección en cancha de Ferro, con militantes de un sector y otro ubicados en veredas opuestas y listos para enfrentarse en un choque de imprevisibles consecuencias.
Ya hay dos CGT. Tres, si sumamos a la Azul y Blanca de Luis Barrionuevo. Y cinco centrales sindicales, si agregamos las CTA de Hugo Yasky y Pablo Micheli. Demasiados sectores. Tan atomizados como la oposición.