
Los buenos sentimientos derivados hacia la figura de Diego no deberían significar aprobación unánime a todas sus conductas y respuestas.

Es un tipo muy querible Maradona. Siempre lo ha sido. Por lo menos para los argentinos. Seguramente no tanto para los españoles. Y menos aún para los ingleses. Pero para la argentinidad, Diego siempre encarnó algo más sustancial que la excelencia de su fina sensibilidad futbolística. Quizás un motivo de orgullo. O un exponente de lo que somos o queremos ser, más allá o más acá de las contradicciones flagrantes en las que Diego suele incurrir como un abanderado perfecto e irresistible. Porque Maradona, como casi todos (siempre hay excepciones), no resiste un archivo. El expresa la contradicción permanente. La furia de ayer y el horizonte más sereno de hoy. O la tormenta y la calma que precede a otras tormentas de alcances inesperados.
Claro que los buenos sentimientos genuinos derivados hacia la figura de Maradona no deberían significar aprobación unánime de todas sus conductas y todas sus respuestas, varias de ellas disparatadas y superficiales. En la dinámica de la situación que provocó la salida fulminante de Riquelme de Boca, Diego denunció su inconsistencia argumental. Primero lo acusó de haber “traicionado a los hinchas de Boca”, después aseveró que no dijo lo que había quedado grabado, luego afirmó que no era el momento para ser “el técnico de Boca”, cuando días antes se había candidateado en varios escenarios para reemplazar a Falcioni. Sus idas y vueltas constantes, en definitiva, quizás delatan una búsqueda y un posicionamiento casi siempre fluctuante. Hoy una cosa, mañana otra y pasado mañana otra distinta.
Despedido del Al Wasl de Emiratos Arabes por razones no precisadas, aunque el fracaso deportivo de su gestión no puede ocultarse, Maradona regresó a la Argentina para estar en todos los lugares que él considera que tiene que estar. Aunque esos lugares sean ajenos al universo del fútbol. Pero Diego siente la necesidad de ocupar los espacios. De sentir que hablan de él. Que influye. Que protagoniza. Que interpela, aunque es muy probable que no influya tanto, que protagonice menos y que interpele en planos mínimos y sobreactuados.
Hace una década, el estupendo escritor uruguayo Eduardo Galeano en la revista Al Arco, comentó: “La droga que lo fulminó a Maradona no fue la cocaína. Mucho peor que la cocaína fue la droga del éxito, que es mortal. Lo que explica sus contradicciones. Por el éxito terminó siendo funcional al sistema de poder que él mismo combate. Es una enfermedad muy grave, característica del sistema que hoy manda en el mundo. Por eso ahora se siente obligado a hacer goles con la boca. Porque tiene que estar en el centro de la escena. Este Dios de pantalones cortos se retiró de la cancha para meterse en la trampa de la adoración a Maradona. Necesita ser adorado. Siempre se ha quejado de la asfixia de los medios, pero sin eso no puede vivir. No tiene salida. No veo cómo”.
La descripción filosa de Galeano lejos está de haber sido oportunista. Lo admira Galeano a Diego por sus capacidades específicas de jugador notable enfrentado al poder corporativo de la FIFA, pero no lo idealiza, no lo endiosa. Esa idealización colectiva es la que siempre persiguió a Diego. La que lo abrumó y confundió a máxima escala. La que lo elevó por encima de los que lo frecuentan y de los que lo imaginan y sueñan. Y la que lo expuso a ser siempre el Dios del fútbol. O el hombre de la última palabra. Aunque tener la última palabra es una ilusión inalcanzable. Incluso para Maradona.