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Jorge Burgos, el chacal que descuartizó a su amada

Paulo Kablan
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Por Paulo Kablan


Estaba enamorado de Alcira Methiger, pero ella no lo tenía en cuenta. Cuando descubrió una carta de un amante de la joven, la
mató y descuartizó. Los restos aparecieron en distintas zonas de Buenos Aires y causaron terror. Lo condenaron a 20 años

Jorge Burgos, el chacal que descuartizó a su amada
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En el verano de 1955, el país comenzaba el lento y sangriento proceso que dividiría por muchos años a peronistas y antiperonistas. El segundo gobierno de Juan Domingo Perón se acercaba al  nal. Ya se palpaba el golpe de Estado que se denominaría Revolución Libertadora. La política, y algo de fútbol, consumía gran parte del tiempo de las charlas de café. Sólo un hecho cambiaría al menos por algunos días el interés de los argentinos. Fue, para muchos, la historia de un chacal suelto por las calles de Buenos Aires.

Un cura que caminaba por las calles de Hurlingham, a unas pocas cuadras de la Estación de Trenes, descubrió con horror un paquete con un macabro contenido. El almanaque marcaba viernes 19 de febrero cuando fue hallado el torso de una mujer. Los diarios de la época dieron la noticia y el país se conmovió.

Una semana más tarde, en Lugano, aparecerían otros restos. Se trataba de las piernas y el muslo de una mujer. Y poco después, en el Riachuelo, flotando en un canasto aparecería la cabeza. El pánico se adueñó de la población. Más aún teniendo en cuenta que, con pocas precisiones sobre los hallazgos, se especulaba que eran restos de varias personas. Un chacal suelto en Buenos Aires mataba mujeres y las descuartizaba, era para entonces la charla obligada que causaba pavor en cada rincón de la gran ciudad.

Los restos fueron trasladados a la Morgue Judicial y, como si fuese un rompecabezas, fueron armados para determinar que pertenecían a una sola mujer. Estaba irreconocible. Lo más estremecedor, para ese momento, era que no había denuncia ni pedido de paradero. Sólo tenían un cuerpo y muchas preguntas.

En la Morgue, que aún funciona en la calle Viamonte, se realizó, quizás, el primer trabajo pericial en un cuerpo que permitió encaminar la investigación. Allí, probablemente, se acunó la frase “los cuerpos hablan en la autopsia”. Los médicos detectaron una cicatriz a la altura de un hombro. Se trataba de una huella que dejaba un tipo de intervención quirúrgica que se realizaba para reparar
fracturas de clavículas. Por eso fueron convocados los médicos que hacían ese tipo de cirugías.

Con esa información, dieron con la mujer que podría ser la víctima. Se llamaba Alcira Methiger, de 27 años, y en 1954 había sido operada tras haber sido atropellada por un auto. Era salteña y había llegado a Buenos Aires diez años antes para trabajar como empleada doméstica. Fue su hermana, Ana, quien aportó más información. Alcira tenía varios novios y pretendientes. Uno de ellos, el último, estuvo preso algunas horas, aunque no tenía nada que ver con el asesinato. Pero surgió el nombre del sospechoso: Jorge Eduardo Burgos, un soltero de 30 años que vivía con los padres. Integraba una familia de clase media acomodada que ocupaba un elegante departamento en Montes de Oca 280, en Constitución. Tenía secundario completo y había estudiado idiomas, destacándose en inglés. Cuando fueron a buscarlo, había viajado a Mar del Plata. Los investigadores de la Policía Federal lo siguieron y lo detuvieron en la Estación de Trenes de “La Feliz”.

Jorge había conocido a Alcira diez años antes, cuando ella se hospedaba en una habitación que alquilaba su padre. Le había jurado amor eterno y le había llegado a proponer matrimonio. La muchacha, según diría el propio Burgos, lo ninguneaba. El 17 de febrero, según la declaración del acusado, fue el día del asesinato. Su familia había viajado de vacaciones a la costa bonaerense y él estaba solo. En ese encuentro él descubriría una carta en un libro de ella. La había escrito un tal Pascual. El amante le recordaba noches de pasión. Jorge estalló en ira, jamás había llegado a intimar y estaba profundamente enamorado.

Jorge, en la confesión, dijo que ella le gritó “infeliz”. Aseguró que discutieron, que hubo violencia, que ella le mordió un dedo y él le apretó el cuello tan fuerte que su amor se desvaneció. “No sé qué pasó, pero ella estaba muerta”, fueron algunas de sus palabras. Horas después, tomó la decisión: había que hacer algo con el cadáver. Lo llevó a la bañadera, lo desangró y con dos cuchillos y un serrucho lo seccionó. La macabra tarea le consumió toda la noche. Para entonces, estaba alcoholizado.

El macabro plan incluyó viajes en colectivos con los paquetes con los restos que iba arrojando en lugares descampados. Con la confesión, se cerraba la investigación. Luego llegaría la batalla judicial.

El juez de la causa condenó al descuartizador Burgos, en primera instancia, a 20 años de cárcel por homicidio simple. La Cámara del Crimen de la Capital, tiempo después, le rebajó la sentencia a 14 años. En prisión, el tímido Jorge se convirtió al evangelismo y mantuvo una conducta ejemplar, según los informes del Servicio Penitenciario. Por esos años, se había convertido en uno de los asesinos más conocidos de la Argentina.

Un Burgos cuarentón, en los primeros meses de 1965, recuperó la libertad al cumplir las dos terceras partes de la condena. El hombre regresó al 3° “E” del edi cio de Montes de Oca 280. Allí siguió viviendo hasta su muerte, cuando ya había nacido el nuevo milenio. Solitario, se dedicaba
a lustrar muebles, usaba un bastón y había quedado sordo

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