¿Qué sería del té de la tarde sin las delicias que la gastronomía ha creado para acompañarlo? Muchas veces, esas exquisiteces se miden con el aumento del lente de la memoria y de la nostalgia. Porque los scons que hacía la abuela nunca tendrán ese mismo sabor.

Y porque las magdalenas que nos preparaba mamá a la vuelta del colegio se enhebran con los atardeceres de la niñez, con la miguita cayendo sobre las hojas del cuaderno de la tarea y con los programas infantiles que veíamos mientras tanto en el viejo televisor con antena.
Las magdalenas son un paradigma de estos bocados dulces de la hora del té. Se trata de una pequeña masita francesa, originaria de la región de Lorena, que ha alcanzado fama mundial.
Porque son esponjosas, aromáticas y muy delicadas. Y porque uno de los escritores franceses más importantes, Marcel Proust, escribió una novela de siete tomos a partir de una magdalena que prueba al azar en un momento dado y que le recuerda, involuntariamente, todos sus sentimientos dormidos de la infancia. “Abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en ese mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fijé mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior.
Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que le causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes”, describe el autor en el primer volumen -Por el Camino de Swann- de su extensa obra, iniciando un fascinante viaje hacia el pasado que sale, como él mismo dice, “de su taza de té”.
Tal es la magia que puede producir un pequeño bollo de bizcocho surgido de una mezcla de manteca, huevos, azúcar y harina con ralladura de limón. Porque es mucho más que una receta que se sigue al pie de la letra. Es un bocado que forma parte de un momento que queda en nuestro recuerdo a partir de su aroma y de su sabor.
Según diversas fuentes, las magdalenas fueron inventadas por una campesina llamada Madeleine de la localidad de Commercy, en Lorena. La ciudad era súbdita del rey polaco Stanislas Leszczynski y fue él quien habría descubierto el exquisito bollo al que decidió llamarlo con el nombre de la cocinera y que pronto se haría famoso en París.
Una invención que luego enriquecería las meriendas de todas partes del mundo, desde su invención en el siglo XVIII.
Los scons también cuentan con una larga tradición. Mientras que las magdalenas tienen más que ver con el charme francés y con las pastelerías de los barrios parisinos, los scons se asocian más a la distinción británica del té de las cinco en punto.
Se trata de un pancito originario de Escocia y muy tradicional en todo el Reino Unido. Los más comunes son de forma redonda, tal como los conocemos acá. Pero los hay también triangulares y cuadrados, más aplanados que los anteriores.
Sus ingredientes básicos son: harina, manteca y levadura. Se le pueden incorporar distintos saborizantes como ralladura de limón, esencia de naranja, vainilla, o frutos secos o frescos como arándanos, frambuesas, moras, pasas de uvas, nueces picadas, etc.
Claro que no hay té sin alguna masita o galletita especial. Ahí podemos corrernos de la tradición y recurrir a las recetas naturales, más modernas y saludables, como las galletitas de avena y pasas de uva que les gustan a todos y que son ideales para reponer energías, además de que son facilísimas de hacer. Ni qué hablar de las infaltables figacitas de manteca que siempre nos tientan cuando pasamos por la panadería y que también podemoshacer en casa con un poco de harina, levadura y manteca. Cuatro preparaciones ideales para alegrarnos una de estas tardes y recordar, ¿por qué no?, algún sabor olvidado de nuestro pasado lejano, o no tanto.