
Eligió el ámbito de la celebración del Día de la Industria para dejarles claro a los empresarios que si moviera el tipo de cambio como muchos piden, serían a su juicio los damnificados. Razones de convicción que respaldan ese pensamiento.

La senadora ingresó presurosa al Salón Azul del Congreso de la Nación y sin que mediara interpelación alguna comenzó a descargarse contra las políticas financieras implementadas por el Presidente de la Nación. Reveló entonces que le parecía “una locura” lo que consideraba ese “descontrol” cambiario que hacía que el dólar estuviera pasando la impensada barrera de los 4 pesos. La desvencijada convertibilidad había sido derogada hacía menos de dos meses y por esos días -marzo de 2002- el valor de la moneda extranjera de referencia no encontraba techo.
La senadora Cristina Fernández de Kirchner, que por entonces solía ser una dilecta entrevistada porque siempre aportaba su vibrante oratoria, marcó de entrada que quería hablar de ese tema y dejar claro su total oposición a lo que entendía como una devaluación de magnitud innecesaria. Ante quien esto escribe, la senadora Kirchner reveló cuál debía ser el valor del dólar: $1,50, no hacía falta que estuviera más alto. Se mostró así partidaria de una suerte de “nueva convertibilidad”, administrada por el gobierno, aunque ya sin las ataduras de la norma dejada de lado en enero de ese mismo año.
Parecía ser un tope demasiado moderado el que la senadora seguramente compartía con su esposo gobernador y aspirante presidencial. Los 4 pesos representaban un exceso para un país que había pasado once años estacionado en el 1 a 1, pero apenas 50 centavos de diferencia parecían demasiado poco tras semejante crisis. No obstante, la fogosa senadora insistió en que ese valor hubiera sido suficiente para iniciar la reactivación.
De hecho, la salida de la convertibilidad sumió a casi el 60% de la población en la pobreza, en términos de sus ingresos económicos. Los corcoveos del dólar siguieron unos meses, pero sin pasar los 4 pesos. En enero de 2003 el valor rondaba los 3,17 y cuando asumió Néstor Kirchner la presidencia ascendía a 2,83.
La anécdota de la senadora vale para quienes sostienen que hasta su reelección, la Argentina vivió una suerte de nueva convertibilidad. La cual hoy se mantiene, en valores absolutos, pero esa realidad obligó a adoptar las medidas vigentes desde noviembre pasado para trabar el acceso a moneda extranjera.
De los discursos presidenciales de esta semana, quedó como frase saliente aquello del “poquito de miedo” que se le debe tener. Es cierto que la frase completa dejaba claro que la advertencia iba dirigida a sus propios funcionarios, aunque en la interpretación confusa contribuyó una larga pausa prolongada por los clásicos aplausos que la interrumpieron entonces y distanciaron la exhortación del destinatario. Pero lo más saliente de sus mensajes habría que encontrarlo en el del Día de la Industria. Allí, otra vez el contexto superó a los dichos: la anécdota fue que la cadena nacional de 65 minutos cayó dentro del prime time, provocando así la alteración de la grilla televisiva.
Pero lo saliente de esa velada fue que la Presidenta dejó claro que, como en marzo de 2002 sigue siendo refractaria a las devaluaciones. Habló el lunes pasado de “los intentos devaluacionistas que hubo durante el proceso electoral y con posterioridad” y enfatizó que con ello favorecerían al sector “más primario” de la producción, que a su juicio no necesita un tipo de cambio más competitivo, y perjudicarían a la industria. Y a continuación, un tirón de orejas a los gremialistas que piden una devaluación. “Nunca lo escuché en mi vida, porque el primer perjudicado ante un proceso devaluatorio es el poder adquisitivo del salario de los trabajadores”, expresó.
La Presidenta suele omitir los datos negativos y resalta los positivos. No habla de inflación, pero resalta los elevados salarios que perciben los trabajadores en blanco. Lo hizo cuando se refrendó el nuevo salario mínimo, que destacó como el más elevado de la región. Queda claro que esa seguirá siendo entonces la línea que seguirá su gobierno en materia económica. A eso se refería cuando en su visita sorpresa al Congreso, meses atrás -al inaugurar el “Salón de la Juventud” en lo que fue el despacho que casi ni usó Néstor Kirchner durante su breve período como diputado-, Cristina aclaró que “no va a haber nada raro. No nos gustan los shocks a los argentinos, de ningún tipo”. La referencia tenía que ver con desdoblamientos cambiarios de los que se hablaban por entonces. Y tampoco los hubo… oficialmente, aunque las medidas implementadas prácticamente a diario muestran desdoblamientos “de hecho”. No esperen una devaluación, debió haber sido parte de la traducción de entonces y lo que dijo claramente la última semana. Porque algo así caería directamente sobre los salarios, pero hay un dato extra, clave para tener en cuenta: el principal damnificado sería el propio gobierno.
Lo ha dicho la economista de UCEMA Diana Mondino, al destacar que hoy el principal importador es el gobierno, a través de sus compras de energía. Si se devaluara, el propio gobierno encarecería sus necesidades de dólares y aumentaría el déficit fiscal. En la misma dirección habló el primer ministro de Economía de la gestión K -para muchos, “el único”-, Roberto Lavagna, quien atribuyó las restricciones para acceder al dólar a la necesidad que tiene el gobierno de contar con ellos para importar energía. La factura que hay que pagar al exterior, dijo Lavagna, asciende ahora “a 10 mil millones de dólares”. Así las cosas, “las restricciones son para generar dólares que cubran ese tremendo gasto producto de ocho años de fracaso en la política energética”.
Y en ese punto debemos volver a los discursos de CFK. En este caso al primero emitido tras su operación de tiroides de principios de año. En esa oportunidad, Cristina anunció el “excelente superávit comercial” de 2011, de 10.347 millones de dólares. Pero a continuación advirtió que “si las empresas petroleras en nuestro país hubieran mantenido o aumentado la producción, esto hubiera sido mucho mejor, porque la verdad que hemos tenido que importar 9.396 millones de dólares en combustible. Un 110 por ciento más que el año 2010”.
Cristina habló ese día de esos 9.000 millones, que desglosó en 4.004 millones en gasoil; 1.927 para gas natural licuado; 1.044 en fueloil; 570 en gas natural gaseoso… “Quiere decir que de los 9.000 millones, 7.547, fueron en cosas que se podrían haber producido aquí en la Argentina”, concluyó. Fue la pieza basal del camino que concluyó en la expropiación de YPF.
A partir de ahí, la consigna encarada por Guillermo Moreno fue obtener un superávit comercial anual de 10.000 millones de dólares que, según se informó también los últimos días, ha sido alcanzado aun antes de concluir el año.
Esas metas cumplidas hacen pensar en cómo será 2013, año electoral clave para la administración K. Analistas consultados vislumbran un año más aliviado en materia de deuda; con una mejor cosecha, con precios record, y un Brasil volviendo a crecer, como un “combo virtuoso” que el kirchnerismo espera parangonar con 2010, año en el que lograron resurgir de la derrota legislativa del año anterior. Un 2013 sin devaluación, pero en el que persistirán las trabas cambiarias que llegaron para quedarse un largo, largo tiempo.