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16 | 09 | 2012
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Nuevos protagonistas

Pepe Eliaschev
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Por Pepe Eliaschev


La oposición afronta desafíos enormes. El jueves no fue el fin del mundo, ni mucho menos, pero sí un hecho muy relevante y del que las fuerzas políticas estuvieron al margen.

Nuevos protagonistas
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Aunque haya ámbitos en los que la palabra globalización resulta hiriente, nunca estuvo tan globalizada la Argentina como en la cálida noche del jueves 13. No importa determinar la cuantía aritmética de los millares que salieron a las calles de varias ciudades, lo que importó fue otra cosa. Lo hicieron convocados de manera individual, no por aparatos políticos, sindicatos o gobiernos. Tampoco fueron los “medios” tradicionales los culpables. La mera palabra “medios” ya resulta cada día más imprecisa.

La gente se movilizó por su cuenta. No hubo centenares de micros escolares para llevarlos y traerlos. Tampoco contaban con viandas y bebidas gratis, carpas logísticas para ayudar a la muchedumbre. Ni siquiera tuvieron que escuchar a nadie: no hubo discursos. Las pancartas eran caseras y ninguna de ellas llevaba firmas institucionales. Ahí está lo diferente y en esto reside la ruptura. Enfrascados hace ya años con la polémica por los diarios, la radio y la TV, los intelectuales oficiales omitieron ver que algo diferente sucedió.

Un correo electrónico, un tweet o un anuncio en el muro de Facebook, sugieren, pero no obligan, invitan pero no certifican que serán atendidos. El fenómeno de las redes sociales ha estallado en direcciones inesperadas para estrategas e ideólogos. Aun cuando la tabla de número de seguidores en Twitter la encabeza la bonita Luisana Lopilato con dos millones de fans (Susana Giménez es seguida por un millón cien mil), esta vez coaguló una combinación contundente. Las redes sociales ya son móviles. La gente no se vincula sólo desde sus casas o lugares de trabajo. Los teléfonos inteligentes, capaces de transmitir datos al instante, han dejado de ser “meros” aparatos para hablar con la voz. Mecanismos de masiva difusión popular, son temibles herramientas de la actualidad. Más importante aún: no son patrimonio exclusivo de ricos y poderosos. Basta caminar por la calle para advertir la muerte de los teléfonos públicos y la ubicuidad asombrosa de los aparatos portátiles. Verdaderas estaciones andantes de comunicación en todas sus variantes, no hay “ley de medios” que los bloquee, ni “monopolio” que les gane la partida.

Lo del jueves 13 fue espontáneo, porque nadie obligó a esa gente a salir a la calle, nadie la arrastró. La visible participación juvenil se asocia con el uso de las redes sociales enhebradas con teléfonos inteligentes o al menos capaces de enviar mensajes de texto. Eso revolucionó el mundo de los alineamientos políticos y también ideológicos. Podría haber sido un miserable fracaso. Invitar por la red es sencillo, nada riesgoso y además barato. Pero, ¿y si la gente no iba? Abundaron desde el Gobierno el desdén y el sarcasmo. Hasta Estela Barnes de Carlotto pareció faltar el respeto a su propia trayectoria al disparar por los medios que le llamó la atención que esos millares de argentinos se presentaran en plazas y avenidas “bien vestiditos”, una ironía inútilmente agresiva.

Enfrascado de manera obsesiva en una “ley de medios” encarada como cruzada fundamentalista, el Gobierno olvidó de tomar en cuenta que todo cambia. Esta presencia de las redes sociales conectadas con celulares, articula presencias masivas que la convocatoria unidireccional de la TV jamás conseguiría. Había un espacio, existían razones, y esa gente votó con sus pies, yendo al lugar al que la invitaban.

La Argentina de este domingo 16 es la misma que la del miércoles 12. Nada sustancial ha cambiado. El Gobierno se ha encargado de avisar que lo sucedido no le quita el sueño, ni le dispara cambios. Tiene razón Juan Manuel Abal Medina (h) cuando dice que en democracia la política se hace con partidos y al gobierno se llega ganando elecciones. Es cierto lo que afirma el Jefe de Gabinete, a condición de que se tenga en cuenta que ha sido el propio oficialismo el que ha atormentado los procesos institucionales normales, con candidaturas “testimoniales”, listas colectoras, leyes de lemas y constitución de “frentes” puramente instrumentales. Tampoco se equivoca cuando subraya la centralidad de los partidos, pero ¿tiene vida hoy el Partido Justicialista, teóricamente en el poder desde 2003? ¿Tiene actividad interna, organismos directivos, congresos, publicaciones propias, debates?

La impugnación oficial de los nuevos modos de participación social y la apelación a la democracia tradicional de partidos suenan poco convincentes cuando desde hace ya más nueve años los partidos opositores no han sido convocados a dialogar con los gobernantes y las veces que franquearon la Casa Rosada fue para escuchar discursos y anuncios oficiales.

Lo que suele llamarse la “oposición” afronta ahora desafíos enormes. El jueves no fue el fin del mundo, ni mucho menos, pero sí un hecho muy relevante, no provocado por nadie en especial y del que las fuerzas políticas estuvieron discretamente al margen. Esos partidos y espacios opositores (UCR, FAP, PRO, otros menores) siguen exhibiendo una notable tendencia a acentuar sus particularidades por encima de sus coincidencias. En especial, radicales y frenteamplistas no ocultan su tendencia a marcar su “límite” ideológico, o sea el partido de Mauricio Macri, PRO. En el Frente Amplio Progresista la heterogeneidad es elocuente: el socialista Hermes Binner, cuyo partido gobierna Santa Fe en paridad completa con la UCR, hace malabarismos para mantener dentro del espacio a la fuerza político-sindical dirigida por Claudio Lozano y Víctor de Gennaro. Otro socio complicado de Binner en el FAP es el grupo cordobés de Luis Juez, que viene de votar junto al Gobierno la inaudita confiscación de la ex Ciccone.

Los hechos del jueves 13 son perceptiblemente significativos, pero la ecuación le seguirá siendo positiva a Cristina Fernandez si frente a ella, y aun ante su reiteración de errores y fracasos, una colección de grupos aislados siguen entretenidos en supuestos y en el fondo irrelevantes debates programáticos.

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