
El dominio ajeno de las calles es el factor más temido por el kirchnerismo. Al desafío de las cacerolas respondió con críticas y preparativos de “contramarchas”. Pero ese clima complica los planes para llegar a una mayoría capaz de impulsar la re-re.

Es de manual para el kirchnerismo que así como sus principales figuras no deben quedar “pegadas” a las malas noticias, tampoco tienen que estar cerca de las movilizaciones adversas. Ejemplo para el primer caso fue la tragedia de Cromagnon, que sucedió el 30 de diciembre de 2004, con la pareja presidencial en Santa Cruz, donde permaneció para pasar fin de año. El “problema” correspondía al jefe de Gobierno Aníbal Ibarra, y de hecho terminó costándole el cargo.
Para el segundo caso hay varios ejemplos. El más reciente, el acto desafiante convocado por Hugo Moyano el 27 de junio pasado en Plaza de Mayo, oportunidad en la que la Presidenta optó por irse a San Luis a inaugurar un criadero porcino. Lo mismo sucedió cuando el primer acto masivo que erizó la piel de los Kirchner. Fue el 1° de abril de 2004, cuando Juan Carlos Blumberg reunió entre 150 y 200.000 personas frente al Congreso de la Nación, para pedir penas más severas contra la delincuencia. Tal como el gobierno temía, miles de manifestantes se volcaron luego a Plaza de Mayo. Previsor, el presidente Kirchner se encontraba esa noche en Tierra del Fuego participando de la vigilia junto a veteranos de guerra que conmemorarían al día siguiente su día.
Sí estaba esa vez en la Casa Rosada la senadora Fernández de Kirchner, quien se corrió hasta el despacho del entonces jefe de Gabinete Alberto Fernández para ver desde allí por televisión las incidencias de la movilización, que si bien entonces no era contra el gobierno nacional, les hacía sentir a los Kirchner el que para ellos siempre fue el temor más grande: ceder la iniciativa. Eso, y perder el dominio de las calles, razón por la cual la cuestión piquetera fue uno de los temas que más obsesionó a Néstor Kirchner tras su arribo al poder.
Como todos los políticos, los Kirchner se sintieron mortificados por los cacerolazos de 2001/2002, y en esos días encontraron en su provincia la paz que escaseaba en Buenos Aires. Cristina contaría luego que se sintió impactada por el movimiento de las cacerolas, que le pareció algo nuevo, espontáneo y hasta positivo, pero siempre circunscribió esa apreciación a las manifestaciones masivas del 19 y 20 de diciembre, y hasta el cacerolazo durante el fugaz gobierno de Adolfo Rodríguez Saá.
Rescataba de las cacerolas la espontaneidad y masividad sin partidización, el decir “basta” de mucha gente. “Pero esencialmente, hay que decirlo también, con todas las letras: fue el decir basta a un electorado, el de Capital Federal, que apostó desde 1973 por Fernando de la Rúa, que apostó muy fuerte a dirigentes como Chacho Alvarez, Fernández Meijide, al Frepaso, a la Alianza, y fueron muy defraudados. Creo que ese grado de masividad, de espontaneidad, tuvo directa vinculación con este grado de frustración formidable que tuvo el electorado de Capital con respecto a quienes fueron sus líderes y estrellas electorales”. Esas palabras de CFK datan de hace una década, pero debe seguir siendo esa la visión que tiene del electorado porteño.
Debe haberla conmovido entonces la marcha del jueves, más allá de que sus funcionarios se ocuparan de minimizarla. Pero si bien resulta previsible que se le restara importancia a la magnitud de la protesta, debiera considerarse sincero el tono altamente crítico que le brindaron. Los voceros que saben interpretar el pensamiento de la Presidenta no hicieron más que exteriorizar el sentimiento que les despierta el sector que salió a protestar. Como en 2008, cuando la guerra con el campo, no hubo ninguna concesión ante cada demostración de fuerza. Ceder es, para el kirchnerismo, muestra de debilidad. De ese entonces se recuerdan frases del tenor de “los piquetes de la abundancia”. Cristina recién hablará los próximos días y seguramente se referirá al tema, pero desde el gobierno ya denostaron a quienes marcharon hablando de su preocupación por Miami y su temor a mancharse con el pasto. También, como en 2008, se anticipa la realización de “contramarchas”.
Queda claro que triunfó el ala dura de la Casa Rosada.
Todo remite a 2008, y algunos ex funcionarios consultados por DIARIO POPULAR recordaron que entonces, de los dos Kirchner ella era la más dura, nada dispuesta a ceder para negociar. Advirtieron entonces una diferencia obvia y sustancial: hoy no está Néstor Kirchner.
El paralelismo que se tiende a trazar muestra que el enfrentamiento del kirchnerismo con parte de la sociedad concluyó con la derrota electoral del año siguiente. Puede que la oposición haya sido un tanto más vigorosa en esos tiempos y que sin dudas haya tenido un rol más destacado en la pelea de entonces. Hoy está limitada a cumplir un papel testimonial, marchar detrás de convocatorias que no hace y ejercer un rol testimonial en el Congreso, donde están incapacitados de frenar cualquier iniciativa que el Ejecutivo impulse.
Aunque han encontrado un eje convocante que puede reunirlos como es la oposición a una eventual reforma constitucional. Allí aún reúnen un número capaz de frenar las aspiraciones kirchneristas. Esta última semana todos los sectores mantuvieron reuniones para coordinar acciones en contra de una re-reelección. Lo del jueves, en ese sentido, fue un bálsamo entre tantos sinsabores.
Para el kirchnerismo en cambio fue un gran llamado de atención. No porque pueda llegar a afectar la gobernabilidad, ni aun cuando se reiteren -de hecho, el abuso de las convocatorias podría llegar a desvirtuarlas-. Sucede que un buen número de esa clase media que salió a expresar su bronca por temas varios, fue parte de ese 54% que le dio a Cristina plenos poderes. Y el mayor objetivo de los kirchneristas es hoy convencer de que volverán a imponerse en las próximas elecciones con un número similar al de 2011, cuestión de acercarse a los dos tercios necesarios para una reforma constitucional.
Desnudando una desinformación alarmante, hay muchos -políticos incluidos- que sugieren que un 40% sería suficiente para garantizarle al kirchnerismo la mayoría necesaria para retocar la Carta Magna. No es así. Necesita un número mucho mayor, y el clima que desnudó la marcha del jueves no contribuye para tales expectativas.
Así y todo, en el gobierno siguen apostando a la buena estrella de Cristina. Confían en que 2013 será un año de buenas noticias que contribuirán a cambiar el humor de la gente. Sin tanta deuda que pagar, habrá prerrogativas como una suba del mínimo no imponible, y -año electoral al fin- más obras, más plata para fines sociales y más difusión de todo eso. Eso sí, de ningún modo habrá que esperar un alivio en las trabas cambiarias, que llegaron para quedarse.
Señales en ese sentido podrán encontrarse en el proyecto de Presupuesto 2013, que según trascendidos, prevé una inflación anual de 8,9% y un crecimiento de 4,5. Aunque no hay más datos concretos, pues si bien por ley el proyecto debe ingresar a la Cámara de Diputados a más tardar el 15 de setiembre, para este fin de semana no había noticias del mismo.