Se respira un clima político por demás caldeado. La reforma judicial y la aparente decisión del gobierno nacional de intervenir el Grupo Clarín y parte del paquete accionario de Papel Prensa ha exacerbado los ánimos del orden conservador hasta límites inimaginables. En la edición de 'La Nación' del 12 de mayo Morales Solá tituló su clásica columna política de la siguiente manera: 'Ante un terrorismo simbólico de Estado'. Para una de las principales plumas del monopolio mediático, Cristina ya es igual a Jorge Rafael Videla. La única diferencia estriba en que el terrorismo de Estado de Videla fue real mientras que el de Cristina es simbólico. Para la derecha, el gobierno nacional persigue inexorablemente la implantación de un régimen dictatorial de izquierda, contrario a la Constitución de 1853 y enemigo, por ende, de las libertades y derechos individuales. A mi entender, es lisa y llanamente un absurdo tildar a Cristina de dictadora inescrupulosa que no titubea en aplicar un terrorismo simbólico de Estado para consolidar su hegemonía. El gobierno nacional, vociferan desde hace tiempo los ideólogos del orden conservador, quiere perpetuarse en el poder y para el logro de ese objetivo no vacila en valerse de cualquier medio que le sea útil para tal fin.