El panorama de la sucesión presidencial en la Argentina de 2013 es delicado e imprevisible porque así lo ha querido el modelo pingüino-santacruceño. Los Kirchner se han peleado con sus vices elegidos
Es preciso pensar en 2015, aunque muchos prefieran postergar ese dolor de cabeza. El tiempo se despliega con más rapidez de lo que parece y la sensación de un fin de ciclo se va acentuando, ineluctablemente. Es un desenlace político, claro está, porque lo que va extenuando su vida útil es una etapa que revela evidente agotamiento. Es bueno pensar, en este sentido, en lo que aparentemente quiso, pero en realidad no pudo concretar Carlos Menem después de su triunfo de 1995, tras conseguir la reforma constitucional. Menem tenía despejado su segundo mandato hasta 1999 y tras arrancar hizo conocer su deseo de un tercero, que lo hubiera abrochado a la Casa Rosada hasta 2003. No pudo, pero no dejó de ambicionarlo. De hecho, aunque a los argentinos no los seduzca recordarlo, Menem ganó primera vuelta de las elecciones de 2003, o sea que se sentía en carrera cuando ya tenía 73 años. Cristina Kirchner tendrá 62 años en 2015. Es joven y todo indica que goza de perfecta salud en términos fisiológicos. El problema es otro, aunque parecido al de Menem: ¿cómo llegar, cómo ganar y cómo mantenerse si la suerte la acompañara? Se le complica.
La especial conjunción de denuncias sobre corrupción y visible empantanamiento de la situación económica han ido enhebrando un panorama donde abundan las espinas. No es tanto un problema del ahora mismo, sino que apunta a un mañana asociado a un pasado mañana. Como la peripecia kirchnerista se ha desplegado ininterrumpidamente durante 26 años, desde 1987 hasta hoy, y lo ha hecho esencialmente enganchada a la aspiración del poder, su captura, ejercicio y preservación sin plazos reales, la mera idea de perderlo tiene que ser una experiencia conmovedora para quienes se han estacionado en él.
Menem, al fin de cuentas, también había pasado por el poder de su La Rioja natal desde 1973 a 1976, pero después vinieron los años militares. Regreso a la gobernación tras esos siete años de intemperie y ya se quedó: tuvo mando concreto entre 1983 y 1999, una etapa enorme que lógicamente se agotó. Así y todo, el riojano fue votado por el 24.45% de los argentinos en 2003, punto final tras el cual vino la inexorable decadencia, aunque se presentó no sólo en las elecciones de 2005, cuando ganó la banca de senador por La Rioja, cargo que aún ocupa tristemente, y asociado de hecho con el gobierno kirchnerista. También se presentó a gobernador en las elecciones de 2007, pero con su 22% las perdió. Animal político por excelencia, y a su manera, Menem morirá "con las botas puestas".
Cuando se habla de "los" Kirchner se alude a una experiencia imposible de entender fuera de la lógica intrincada de un matrimonio que se esposó con la política pero no pudo construir una dinastía. Es algo casi imposible de hacer, como lo demuestra la propia vida de Menem, cuyos hijos nada han sido en términos políticos. Su hermano Eduardo sí fue importante, pero sólo en función de la vigencia política de Carlos Saúl.
Las dinastías sanguíneas son imposibles de construir a voluntad, ni que hablar de las sucesiones sólo basadas en compartir intereses. Juan Perón gobernó sin vicepresidente desde la muerte de Hortensio Quijano en abril de 1952 hasta la elección de Alberto Tessaire en mayo de 1954. Cuando Perón regresó al poder en 1973, a los 78 años, lo hizo llevando como vicepresidente a su mujer María Estela Martínez, que tenía 43 años cuando su marido murió, en 1974. La muerte de Jorge Rafael Videla esta semana ayuda a recordar cómo terminó la vida política de esa mujer inexplicable que aún vive recluida en Madrid.
El panorama de la sucesión presidencial en la Argentina de 2013 es delicado e imprevisible porque así lo ha querido el modelo pingüino-santacruceño. Los Kirchner se han peleado con sus vices elegidos. Lo hizo Néstor con Eduardo Arnold, su vicegobernador durante dos mandatos, de 1991 a 1999 pero que terminó convirtiéndose en enemigo político jurado. Lo volvió a hacer con su último vicegobernador, Sergio Acevedo, que lo acompañó desde 2001 a 2003, cuando Kirchner llegó a la Casa Rosada. Al igual que Arnold, Acevedo hoy abomina a los Kirchner.
En ese 2003 inaugural, Néstor Kirchner se vio obligado a llevar como vicepresidente a Daniel Scioli, que si bien ocupó el cargo hasta 2007, lo hizo como un desterrado político; Cristina lo cruzó no más empezar la gestión de su marido y Scioli quedó anulado a todos los efectos prácticos. Lo mismo le pasó al radical Julio Cobos, que no más comenzar su mandato, en 2008, tuvo la desgraciada idea de pensar con su cabeza y actuar en consecuencia. Cobos fue desactivado de manera total hasta 2011. Eso explica la llegada de Amado Boudou a la vicepresidencia: entusiasmada o no con él en ese momento, Cristina supo enseguida que el siempre risueño motociclista jamás podría ser presidente de la Argentina como heredero del kirchnerismo. ¿Lo eligió precisamente porque Boudou era inviable, o porque tal vez ignoraba los enjuagues de Ciccone y fantaseaba con que su compañero de fórmula crecería y sería su (para ella) confortable sucesor?
Las cosas se han dado de manera diferente. Muerto Kirchner en octubre de 2010, la sucesión intra-matrimonial se pulverizó como proyecto. Nadie imagina que Máximo Kirchner, de 36 años, sea sucesor político de nada. Hasta su propia condición de inspirador y jefe de La Cámpora es una puesta en escena carente de toda verosimilitud. De modo que las cosas se han ido configurando de otro modo al que proyectaban quienes se ilusionaban con una "Cristina eterna". Al admitir esta semana que ella no piensa impulsar una reforma constitucional para alcanzar una eventual re-reelección en 2015, Cristina ha aportado un dato de brutal realismo. Hoy no puede y es altamente improbable que pueda más adelante. Bienvenidos a la montaña rusa argentina: ¿cómo será la Argentina de 2015, tras 28 años de poder kirchnerista?