Un ex seminarista que se dedicó a su pasión, el tango, con el que obtuvo el reconocimiento de grandes figuras, canta y pasa la gorra en la estación Pueyrredón de la Línea D sin prestarle mucha atención a su ceguera.
Los aplausos, tibios a veces y otras más efusivos, gratifican el costado bohemio de César Rossi, el cantor de tangos de 77 años que completa sus magros ingresos jubilatorios con aquellos pesos que recolecta en la estación Pueyrredón de la Línea D tras pasar la gorra entre los ocasionales transeúntes que componen su audiencia.
La primera reacción espasmódica de la mayoría de los asistentes siempre será esquivar el aporte rompiendo filas rumbo a los andenes. Otros, satisfechos y agradecidos, dejarán algo de dinero y algunas palabras de aliento como la de la señora entrada en años y kilos que le advierte: "a usted un día lo van a descubrir".
Claro, desconoce que Rossi ya fue descubierto y hasta cuenta con el reconocimiento de auténticos grandes del dos por cuatro como Héctor Stamponi, Oscar Pane, Horacio Ferrer, Aníbal Troilo y el "Polaco" Roberto Goyeneche, por citar a algunas marcas registradas.
Esa valoración por la entidad artística de Rossi, quien además es autor de letras de tango, hizo que un grupo de músicos amigos le dieron una mano enorme para que editara el CD 'Bohemia Buenos Aires', como otra herramienta destinada a sumar algún mango más en la oferta a los miles de pasajeros que surcan las entrañas de la ciudad a la altura de Pueyrredón y Santa Fe.
Es que Rossi no la tiene fácil por esas cosas del destino que en su caso, como confesó a HISTORIAS DE VIDA, tiene que ver con "no haber sabido venderme como artista aunque de verdad, eso nunca me interesó demasiado.
Para colmo, añade que "innumerables quebrantos de salud" lo afectan como una retinosis pigmentaria, la misma enfermedad padecida por Jorge Luis Borges, que hace que vea la vida "como a través del caño de una escopeta".
Este ex seminarista nacido en Azul que se alejó de los hábitos cuando se sintió más cerca de las debilidades de la carne, ya no tiene vesícula ni glándula tiroides, pero sí hipertrofia de miocardio y aneurisma de aorta que lo llevan a constantes controles en la clínica Adventista donde, según el macabro elogio que lanza entre carcajadas, "te atienden tan bien que es como si te fueras a morir".
Cerca de la conserjería
Pero Rossi, también poeta y autor del libro 'Memorias en Tangos y Canciones', extiende su bohemia a la condición de solitario que lo define desde que se separó de su mujer. allá en Azul y que no revirtió aún luego de haberse reencontrado tras varios años de distancia con sus hijos Luis y Carlos.
"Desde hace 20 años vivo en un hotel de la calle Larralde al 2900, en el barrio de Saavedra, en un cuarto situado al lado de la conserjería y a metros del bar La Pedrera" donde, señaló, habitualmente cierra su jornada a la vuelta del subte.
Cerca de allí, en otro mítico bar, el San Quintín, Rossi trabó vinculo con Goyeneche y se animó a escribir la letra del tango "Ciudadano de Saavedra", hoy atesorada en un cuadrito en el living de la casa donde vivió el Polaco.
Ese recuerdo es uno más de los tantos que Rossi teje en su memoria, que incluyen cuando debió dormir en los subtes, o su exitoso paso como encumbrado empleado de CAP en Tierra del Fuego.
En todo caso la vida de Rossi es una suerte de tango como los que canta a la gorra en la estación Pueyrredón donde tantos transeúntes que lo aplauden sienten mientras buscan sus monedas, que lo están descubriendo.