River se despidió dolorosamente de la ilusión del campeonato. Algunos jugadores no estuvieron a la altura cuando había que jugarse todo. Ahora hay que aprender del error y que la experiencia sirva para mejorar.
La caída de un grande siempre duele. Sea por la pérdida de categoría o, incluso, si se trata de un tremendo tropezón cuando las ilusiones de consagrarse se esfuman en menos de media hora. La autocrítica es obligatoria hoy por hoy en River. Si bien hubo un pedido de disculpas a todo el pueblo riverplatense, a Ramón Díaz no se le puede critiar nada en lo absoluto pues al hincha le dovolvió la sonrisa, la ilusión que hace años no se tenía. Sinceramente, hay que darle la derecha al pícaro riojano quien hizo más que mucho con un plantel limitado que, fácil, con cualquier otro directo técnico podía finalizar en mitad de tabla.

Al momento de hacer un balance lo cierto es que los logros concretos justifican un semestre, más teniendo en cuenta la mentalidad en el fútbol argentino. De un empujón River, sin su gente que siempre dio el presente en cualquier parte del país, fue bajado por un equipo que parecía ser un campeón de un certamen de quince jornadas. De los errores se aprende, y así como en el verano a Ramón no le dieron el gusto del enganche, para lo que se viene la hoja con nombres importantes que el entrenador más ganador en la historia del Millonario tiene guardada bajo mil llaves tendrá dos fijas: un enlace y delanteros de verdadero peso ofensivo con constante hambre de gol. Solo de esa manera se estarían evitando futuros dolores de cabeza que, por lo ya vivido con el correr de las fechas en este Torneo Final, le jugaron en contra sobre el cierre al sueño de La Banda.

A River le faltó identidad continua, peso en los momentos claves, y eso no es chocolate por la noticia. La mentalidad, actitud, actuaciones de un digno campeón estuvieron ausentes esta primera mitad del año. Pocos son los que aprueban al momento de rendir examen. Barovero, Alvarez Balanta, Vangioni, Ledesma, Iturbe, con esos nombres tranquilamente se puede diagramar un equipo de fútbol cinco, pero en el Millonario se requiere de once gladiadores que quieran volver a poner al club más grande al país en el lugar donde se merece estar. Basta de jugador que duran tan solo un puñado de partidos y no llegan a enamorar nunca. Ahora es tiempo de autocrítica y momento de que las promesas se vuelvan realidad porque Ramón Díaz, en soledad, todo no puede hacer. Ya bastante hizo al devolverle la ilusión y parte de la identidad a un plantel que carecía de alma y se acostumbraba desde el vamos a navegar en la mediocridad.

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