viernes 2.12.2016 - Actualizado hace
Fútbol
16 | 10 | 2015
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Refundar a la Selección

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Con Messi o sin Messi, la Selección padece más de lo que disfruta. La realidad trasciende a estos tiempos de Martino. La saga con desarrollos y finales parecidos abarca la segunda etapa de Basile, Maradona, Batista y Sabella, más allá del subcampeonato en Brasil 2014. La deuda es la de siempre: no tiene funcionamiento. Demanda la Selección compromisos y convicciones que hoy no se registran.

Refundar a la Selección
Foto: José Brusco
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   La Selección, en general, juega mal con Messi y sin Messi. La gran diferencia es que con la presencia de Messi puede resolver altas complejidades del juego que nadie puede resolver.

   Esta foto de la realidad no es nueva. Viene de lejos. Por ejemplo, de la etapa en que a la Selección la conducía Alfio Basile después del Mundial de Alemania en 2006. Con Basile, la Selección amenazó con despegar en la Copa América 2007 en Venezuela, pero cayó sin atenuantes en la final ante Brasil 3-0 y nunca más se recuperó.

   El arribo de Maradona en reemplazo de Basile (en el entorno del Coco aseguran que Diego operó con una estrategia fulera para quedarse con el cargo) no generó buenas respuestas. El equipo nunca apareció. Ni en las eliminatorias a Sudáfrica 2010 cuando se penó para clasificar hasta el último partido frente a Uruguay en el Centenario, ni en el Mundial, despedido con aquel 4-0 lapidario de Alemania en cuartos de final, cuando Tevez en los 5 partidos de la competencia jugó como segunda punta detrás de Higuaín con actuaciones discretas.  

   Con Sergio Batista tampoco la Selección elevó sus rendimientos. Y después de un año de gestión y tras el fracaso en la Copa América 2011 en Argentina, quedó desafectado y su lugar lo ocupó Alejandro Sabella. Rumbo a Brasil 2014, la Selección construyó algunos buenos partidos con Messi como protagonista principal, que incluso se extendieron al Mundial. Pero faltó más continuidad, menos lesionados y un mejor funcionamiento.

   La llegada de Gerardo Martino después de no hacer pie en el Barcelona, recreó la posibilidad de que Messi encontrara más juego colectivo para potenciar su desequilibrio. No ocurrió. La Selección en la cita más importante que fue la Copa América 2015 en Chile, se borró en la final. Y desdibujó totalmente lo que había realizado hasta ese momento.

   Las eliminatorias para Rusia 2018, encuentran a la Argentina, por ahora sin Messi, lesionado y con un equipo que no es un equipo. Sin línea, sin estilo, sin juego y sin funcionamiento. La pregunta que puede formularse es simple: ¿por qué la Selección desde hace años se termina partiendo con Messi y más aún sin Messi?

   Lo que existe es una simplificación de los entrenadores que se vinculan a la Selección. ¿Cuál es la simplificación? Sobrevalorar a los jugadores argentinos. Como los sobrevalora el ambiente y la prensa especializada. El crack es Messi. Y el otro que está a gran distancia de Messi es Agüero, a pesar de las deserciones por problemas musculares que siempre lo postergan, como ocurrió hace unos días. 

   Más allá de Messi y Agüero y la influencia valiosa pero ya declinante de Mascherano, el resto no está en condiciones de hacer la diferencia. Ni Tevez, Di María,  Higuaín, Pastore, Lavezzi, Biglia, Enzo Perez, Gaitán, Lamela o cualquiera de los defensores. Sin embargo, los técnicos que asumieron al frente de la Selección nacional creyeron que iban a administrar cualidades superlativas, como si tuvieran enfrente a Fillol, Passarella, Olguín, Tarantini, Kempes, Burruchaga, Redondo, Caniggia, Batistuta, Maradona, el Burrito Ortega, Riquelme y la Bruja Verón, entre otros.

   No hay tal abundancia. Y si alguien supone que ese nivel de abundancia está entre nosotros, se equivocó groseramente en su lectura de las circunstancias. Este grupo de jugadores que vienen integrando la Selección (salvo Messi y en una dimensión menor Agüero) no tienen el registro o la chapa de cracks indiscutibles, aunque el show mediático así los distinga.

   Y como faltan cracks o jugadores que caminen cerca de esa calificación, no alcanza con que los entrenadores los junten en una cancha a partir de algunos conceptos. Porque no va a haber magia. No se va a producir el acto mágico que irrumpa de la noche a la mañana para que se expresen virtudes individuales y colectivas que estaban escondidas. Porque eso es voluntarismo. Deseo. Fantasía. Ilusión.

   La Selección demanda un cuerpo técnico con una mirada muy amplia e inteligente que trascienda el marco y la rutina de las convocatorias. Si escasean los grandes jugadores que hacen lo que otros no pueden hacer, es necesario que un cuerpo técnico resignifique su labor. No que solo haga listas de los que va a llamar o desafectar para tal partido y baje un par de consignas en dos o tres días de prácticas. Eso no es suficiente. Es precario. Es mediocre. Resignificar es darle un gran contenido y un volumen futbolístico concreto a la institucionalidad de la Selección, como por ejemplo, lo hizo el Flaco Menotti hace 40 años y Néstor Pekerman con las selecciones juveniles de Argentina durante poco más de una década. En esos años, Pekerman le imprimió un sello que jerarquizó al fútbol argentino.

   Precisa la Selección un compromiso gigante para encontrar una convicción y un espacio que le permita abrazar un mayor conocimiento. Porque metiendo parches va a descubrir decepciones. Como hace unos años los viene descubriendo Brasil, aferrándose en el último lustro a la estrella de Neymar.
   Martino se está desayunando con los mismos desayunos que antes tuvieron Basile, Maradona, Batista y Sabella. Acá no hay tesoros que nadie vio. No hay riquezas que nadie valoro. Hace falta una refundación de la Selección para promover otro horizonte. Con estos jugadores o con otros. Con Martino o con otro.                
 
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