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27 | 10 | 2015
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Opinión | Señores de la OMS: si me voy a morir, que sea de un tumor salamístico

Producción: Nicolás Rotnitzky / Diseño: Martín Ernesto García
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Por Producción: Nicolás Rotnitzky / Diseño: Martín Ernesto García


A un cronista de Diario Popular la noticia de que los embutidos son cancerígenos no le cayó nada bien. A continuación, una férrea defensa de las carnes procesadas. Y una pregunta: ¿hasta dónde vale la pena sacrificarse con tal de prolongar la vida?

Opinión | Señores de la OMS: si me voy a morir, que sea de un tumor salamístico
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No voy a dejar de comer picada. No voy a dejar de masajearme el paladar con salame, salamín, longaniza, salchicha, salchichón, pancho, chorizo, morcilla, chinchulín, panceta, jamón cocido, jamón crudo –sí es serrano, mejor-. Podría encontrarme con Dios, y aunque me confirme que todos esos alimentos son cancerígenos, le pediría que se vaya con Dios.

Puede venir mi mamá —probablemente lo haga— con la noticia en la mano, acariciarme la cara y pedirme con la voz suave que por favor deje de ponerle dos fetitas de panceta salteada a la hamburguesa. Sonreiré, como cuando me pregunta para qué voy a la cancha, y le pediré que cocine los fideos con salsa carbonara.

Entonces, imagínense el respeto que le tengo a la OMS. Que venga ese ejército de soldados de guardapolvo, de almuerzos verdes, vírgenes de borrachera, a hablarme del cáncer: ¿qué es la vida si no puedo comer lo que me gusta? ¿Qué hago en el diario siete horas todos los días si no puedo salir y juntarme con mi amigo Gonzalo a tomar un vaso de fernet y acompañarlo con un queso pategrás, un salame picado grueso y mucho pan?

Que sea así, entonces: si me voy a morir, que sea de cáncer de salame.

A veces me pregunto cuáles son los sacrificios válidos para prolongar la vida. Qué cosas estoy dispuesto a resignar con tal de conocer a un bisnieto, o comprobar si los autos efectivamente algún día van a volar. Tengo mis límites: el cigarrillo, por ejemplo, jamás lo probé. Con la picada, señores, no se metan.

Ustedes, Organización Mundial de la Salud, emisarios de las malas noticias, jueces de la calidad de vida, dedíquense a las cosas importantes y cuéntenme cómo piensan terminar la mortalidad infantil en África. Dejen secar a los salames en paz: que sigan floreciendo de las barandas de los galpones de los campos bonaerenses, santafesinos y entrerrianos.

Si algún día contraigo algún tipo de cáncer, y me internan, y me muero porque al final resultó que fui imprudente en no escuchar los sabios consejos de los intelectuales de la salud; amigos, familia, les pido dos cosas: escriban en mi tumba que me morí de tanto comer salame. Y en mi velorio sirvan la picada más pantagruélica que jamás se haya visto en el mundo.


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