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Fútbol
29 | 10 | 2015
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Maradona, el jugador imposible

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Cada aniversario del nacimiento de Diego Maradona es una formidable excusa para volver a instalarse en las cumbres de su fútbol y de su épica inigualable. Los 55 años que cumple este viernes 30 de octubre permiten reconquistar algo de todo lo que dejó como testimonio irrefutable de su genialidad. Esa mística en la Selección y en el Napoli trasciende cualquier definición. Todo lo que hizo no lo hizo nadie.

Maradona, el jugador imposible
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   Siempre se repite lo mismo: Diego Armando Maradona es único. En realidad, todos somos únicos. Pero la significación de aquellas palabras que lo pintan a Maradona como la suma de algunas características excepcionales, no faltan a la verdad.

   Es único, por ejemplo, en la consagración épica (que no es otra cosa que el testimonio del fuego sagrado en situaciones límite) de su fútbol. Porque es cierto que Pelé  fue un monstruo inapelable que anotó más de mil goles y conquistó tres Copas del Mundo (58 en Suecia, 62 en Chile y 70 en México), aunque en Chile 62 su aporte fue muy escaso a partir de un desgarro que en el segundo partido ante Checoslovaquia lo sacó prematuramente del Mundial y le permitió a ese genial puntero derecho que fue Mané Garrincha quedarse con las mejores calificaciones y con las mejores poesías.   

   Maradona ganó un Mundial en México 86 (su influencia fue superior a la que tuvo Pelé en México 70) y un subcampeonato en Italia 90. Pero la grandeza no se mide solo en cantidad de goles y títulos. Porque con ese mismo criterio estadístico habría que señalar que Martín Palermo tuvo un recorrido por el fútbol más exitoso y relevante que Gabriel Batistuta. Y todos saben que no es así.

   El 21 de noviembre de 2013, en el diario Olé, Jorge Valdano, se refirió con un puñado de palabras a la riqueza intangible que siempre distinguió a Maradona: "El fútbol de Diego tiene más sentido artístico y es imbatible en términos emocionales, porque hizo algo grande en el momento justo, pero no culpemos a Messi de eso".

   La observación filosa y sensible de Valdano abarca todo: la belleza del juego de Diego, el relieve épico para interpretarlo y la dimensión de una conquista en el lugar y en el tiempo adecuado. No es rendirse ante lo que ganó. Es como lo ganó. Con la Selección nacional. Y con el Napoli.

   Ese hombre que este 30 de octubre cumple 55 años, siempre se alejó de todos los estereotipos. De todas las definiciones. De todos los exégetas más o menos iluminados, precarios o vulgares que pretendieron capturar su pensamiento. O sus demandas y perfiles o vacíos existenciales.

   Nadie lo logró. Si caminó o camina por los bordes. Si abonó su tránsito con contradicciones flagrantes. Si frecuentó o frecuenta los  abismos. Si derrapa y se estrella en los momentos más inoportunos. Si le pone palabras y conductas inapropiadas a las circunstancias de la vida. Si la pifia. O la embarra. Todo esto rumbea por senderos privados que van más allá de su gran virtud.

   Porque a él lo conocimos jugando al fútbol en los baldíos de Villa Fiorito, en otros baldíos y en la canchita de madera de Argentinos Juniors. Siempre inventando fútbol. Desafiando la dificultad. Y sometiéndola. La dificultad es el gol imposible. La jugada imposible. El asombro imposible. Una y otra vez. Ganándole a la lógica. Y a los lógicos enamorados de su propia lógica. A los mesurados. A los prudentes. A los que tributan a la religión del equilibrio insustancial. Pero Maradona nunca cultivó el equilibrio. Ni la diplomacia de los que se someten a las convenciones sociales. Ni al oportunismo estratégico que siempre está agazapado para confundir a los que viven confundidos. Porque no entienden. O porque no quieren entender. 

   No hay un Maradona equilibrado. No podría haberlo. Su fútbol inspiradísimo despedazó todos los equilibrios. Con el Flaco Menotti y sin el Flaco Menotti. Con Bilardo y sin Bilardo. Vivió apurado, pero jugó con pausa. Vivió a mil, pero jugó alternando la aceleración y el freno. Amagó siempre. Ir por derecha y salir por zurda. Ir para donde van casi todos y meterse de contramano. Ir formal y cortés y salir del salón de fiestas con la irreverencia de un sacado. Ir a Cuba y hablar maravillas de Cuba, de Fidel y del Che.

   La única apología que hay que endilgarle es la apología por el fútbol sutilmente celebrado. Que incluyen las obras que hizo y las obras que imaginó. Allá, en el sur de Italia, en Napoles, donde jugó 7 temporadas y ganó cinco títulos, acarició todas las trascendencias. Basta con verlo en Youtube. Un equipo modesto. Una ciudad siempre postergada. Y él reivindicando los sueños del pasado y del presente. Inmortalizado en miles y miles de banderas que vencen al olvido.
 
   El hombre hizo magia. Porque atravesó la quietud del tiempo muerto. Se instaló en cada habitante napolitano que hoy conserva una imagen de él grabada en el inconsciente colectivo. Maradona no se fue nunca de esa tierra. Sigue ahí. Como sigue en los pliegues ocultos o visibles de la Selección.

   Aquel golazo infernal a los ingleses en México 86, en realidad no alcanza a explicar nada, aunque quizás termine explicando todo. Es un punto en el horizonte. Es un granito de arena en el desierto. Es la pincelada sublime de un artista genial. Pero no lo define. Cada toque, cada gambeta, cada amague, cada chanfle, cada resolución lo define. Su épica inigualable no es un atributo que solo lo embellece. Es un atributo esencial para entender su juego. En la adversidad, el milagro. En la urgencia, el milagro. En el duelo, el milagro.

   Dicen los documentos que tiene 55 años. Que está tan solo como bien acompañado. Que brilló como un diamante loco. Y que los recuerdos los tiene adheridos en la piel. Si se equivoca más o menos, no cambia lo que hizo. Porque lo que hizo no lo hizo nadie.

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