lunes 5.12.2016 - Actualizado hace
Boxeo
01 | 11 | 2015
Imprimir
Agrandar
Reducir

Orlando, la ciudad de la fantasía

Gustavo Nigrelli
0
Comentarios
Por Gustavo Nigrelli


Pensada por y para yanquis más que para chicos y para el turismo, la vedette excluyente de la ciudad de Orlando es el Mundo Disney, con su excentricidad, un orden extremo y un modernismo de luxe, que maravilla los ojos, pero no el corazón.

(Desde Orlando, sede de la Convención OMB)


Orlando, conocida entre los argentinos más por los juegos de Disney World que por otra cosa, fue la sede elegida para llevar a cabo la 28º Convención anual de la OMB.

Y paradójicamente, estos juegos que se hicieron en 1967 –además de la ambición de Walt Disney de complementar Disneylandia- por promoción turística y para transformar una ciudad pantanosa en una comercial y residencial, son quienes más atentan contra su conocimiento.

La cosa se logró en parte, porque todo gira en torno a éstos, cual obra que se fagocitó a su creador. Es que, salvo sus habitantes, quienes van a Orlando lo hacen para visitar este centro de entretenimientos, el más concurrido del mundo.

Sin embargo -aunque todo es Disney-, desde el aeropuerto al hotel Hilton Lake Buena Vista donde se hizo la Convención, pudo apreciarse cierta parte de su morfología, que los visitantes –en especial los argentinos-  insistimos en comparar, calificar o asociar, como para que sea más fácil contar luego.

Y así, en el viaje de ida rumbo al hotel, empezó a verse al costado del camino abundante agua, semejante a la se ve que a veces en Ezeiza cuando se sale del aeropuerto a la ciudad.

¿Inundación? No. Lagos y lagunas.

La despejada cuan desarrollada ruta que surca frondosos bosques, deja ver su vegetación copiosa hacia ambos lados. Fresca, pero no tan espesa como para impedir divisar los grupos de casas diseminadas unos cuantos metros más allá, hacia el horizonte.

¿Villas? No. Chalecitos. Complejos habitacionales. No de material, o sí, pero del estilo de las prefabricadas. Todo en Orlando parece nuevo, moderno, y mezcla lo selvático con lo urbano, dándole un extraño toque naif a todo, como de cuento infantil. 

El poco creíble orden social genera la sensación de que no hay gente, o de ser una ciudad fantasma, pero la hay, aunque parezcan estar siempre de vacaciones.

Se comprueba al pasar de los grandes espacios comunes y públicos, a los comerciales y específicos que abundan y también son inmensos, están llenos, pero con orden: patios de comidas, tiendas, hoteles, aeropuertos, etc, siempre en silencio y como en una gran coreo, donde cada cual sabe su paso.

El fastuoso Hilton 5 estrellas que forma parte de la cadena Disney, con pileta abierta las 24 horas, bares y markets también abiertos sin descanso, tiene en su camino hacia las piscinas un brazo que se abre y conduce irremediablemente a uno de los parques, en este caso sin juegos, y de acceso gratis por ser una especie de shopping al aire libre: el Downtown (ahora llamado Disney Springs), al que se entra con sólo cruzar una avenida y seguir marcha.

Fue entonces que cayó por primera vez la ficha. Porque cuando las piernas no alcanzan para recorrer la extensión de un complejo, puede decirse que éste es grande. Y mucho más cuando la vista tampoco es capaz de completar la tarea.

Las voces que hablaban de la magnitud e inmensidad de estos parques no mentían: aguas danzantes, restaurantes temáticos que representan siempre algo de extracción yanqui, negocios, globo aerostático, autos anfibios (taxis acuáticos), cocodrilos mecánicos tan reales que asustan-, la gruta humeante, montañas nevadas, cascadas, bares estilo lejano Oeste, Irish Pubs, El Angar y demás, son algunas de las atracciones, con la particularidad de que nada parece repetido, sino cada cosa totalmente distinta a la otra, como un mundo aparte.

Pero ir a Orlando y no pasar por Disney World, es como venir a Buenos Aires y no ver el obelisco, más allá de que el motivo de la visita era la Convención OMB, esta vez más multitudinaria que nunca.

La primera lucha fue decidir a cuál de los 4 parques temáticos ir –descartando el acuático por razones obvias-, dado el poco tiempo robado al tiempo que había. Y fue así que se impuso el Hollywood Studios, por ser el más chico, y por la emoción de sus pocos juegos, donde las máximas vedettes son el ascensor de caída libre (Torre del terror) y la montaña rusa rockera (Aerosmith).

De uno todavía estamos tratando de bajarlos de la garganta y de otro buscando la cabeza que en un momento quedó entre las piernas. Pero también la experiencia en el simulador de "La Guerra de las Galaxias" es fascinante, tanto como las fotos que en los momentos claves sacan de cada grupo sin que uno advierta para vender luego, con las más desopilantes y distintas caras de pánico vividas en la experiencia.

De arquitectura similar a la Ciudad de los niños de La Plata, pero en tamaño normal, este parque no difiere de los otros en algo: el anzuelo son los chicos, pero está hecho por y para la sociedad americana, no para el turismo internacional. Ignoramos si así fue pensada.

Todo en inglés, sin ninguna mísera traducción o intención bilingüe de ningún tipo, ni siquiera en los restaurantes. Eso sí; indefectiblemente, al término de cada juego, o salida del sector que fuera, todo confluye en el merchandising, desnudando cuál es la verdadera intención.

Y todas las historias y temas tienen que ver con películas y/o personajes yanquis, que si uno no conoce no le penetra la piel, ni le roza el alma. Aunque los ojos queden extasiados.


      Embed


Tags

Comentarios Facebook