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Fútbol
05 | 11 | 2015
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Copa Argentina: el desastre

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Se robaron todas las miradas y todos los protagonismos el juez Diego Ceballos y el línea Marcelo Aumente en la consagración de Boca frente a Rosario Central por la Copa Argentina. La magnitud del desastre arbitral colmó la medida con horrores que perjudicaron notablemente al equipo rosarino. El desconcierto estructural de los árbitros es otro de los males que asfixia al fútbol argentino.

Copa Argentina: el desastre
Foto: Juan Roleri
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   ¿Así vale la pena ganar como ganó Boca la Copa Argentina? ¿Así vale la pena festejar como festejaron dentro del campo los jugadores de Boca una conquista que, sin dudas, quedó manchada? ¿Así vale la pena que se desarrolle en el marco de un escándalo gigante el partido final de una competencia? Porque lo que pasó en Córdoba en la noche del miércoles 4 de noviembre de 2015 fue un bochorno indignante que no registra demasiados antecedentes.

   Habrá que viajar en el tiempo y tirar el ancla el 25 de enero de 1978 cuando a Independiente el árbitro Roberto Barreiro le tiró al Rojo un camión encima, le expulsó tres jugadores, le convalidó a Talleres en esa final del Torneo Nacional un gol que Boccanelli hizo con la mano, hasta que Bochini en una postal de la épica futbolera más recordada clavó el empate que también fue vuelta olímpica en el Barrio Jardín de Córdoba.

   A casi 38 años de aquella jornada en que Independiente fue víctima de un arbitraje de ciencia ficción para que Tallares ganara lo que finalmente no ganó, Rosario Central sufrió frente a Boca algo similar.  Esta vez el arbitraje de ciencia ficción lo interpretaron dos tipos audaces: Diego Ceballos y el asistente Marcelo Aumente. Esa película de terror que padeció Central por los vergonzosos desempeños de Ceballos y Aumente no será fácil de olvidar para nadie. Tampoco para los jugadores de Boca aunque hayan sobreactuado su alegría. Ni para su cuerpo técnico que lidera Rodolfo Arruabarrena. Ni para su dirigencia presidida por Daniel Angelici.

   Fue de tal magnitud el desastre que protagonizaron Ceballos y Aumente, perjudicando notablemente a Central en tres fallos decisivos (el gol mal anulado a Marco Ruben, el penal sancionado a Peruzzi que fue falta fuera del área y el gol en posición adelantada de Chávez), que cuesta demasiado salir de ese foco que ilumina la escena del crimen futbolístico.

   "Ocurrió todo esto porque no fueron designados los mejores árbitros", dijeron algunas voces obsecuentes apelando a la comprensión. ¿Quiénes son los mejores? ¿Hay mejores? ¿Pitana es mejor que quién? ¿Loustau es mejor que quién? ¿Abal es mejor que quién? ¿Delfino es mejor que quién? ¿Beligoy es mejor que quién? Y así se puede recorrer un larguísimo espinel. La realidad es que todos integran un pelotón desangelado que no garantiza nada. 

   Tocó Ceballos en el reparto. Y lo ayudó Aumente como línea. Con ayudas que delataron ese nivel de desconcierto y error flagrante, se disputó un partido que quedará estigmatizado en la historia del fútbol argentino como una síntesis brutal de lo que un árbitro y un colaborador no tienen que hacer. Porque el rumbo del partido lo determinaron ellos con fallos insólitos.

   Que la Copa Argentina quedó salpicada de barro no hace falta ni confirmarlo. Lo vieron todos. Que la Copa Argentina perdió el poco prestigio que había construido, también. Estos hechos graves y perturbadores de la justicia deportiva, dañan severamente la credibilidad de los hinchas, aunque por estas horas es muy probable que a los hinchas de Boca les importe muy poco. Y al plantel y al entrenador de Boca, tampoco les mueva un pelo. Y a la dirigencia, menos.

   Si se pretende crear condiciones para que en pocas semanas en la AFA se elija al hombre que conduzca su destino institucional y deportivo, la necesidad imperiosa de revisar la formación y los rendimientos de los árbitros tendrá que ubicarse en el plano de las grandes prioridades. Porque lo que el miércoles padeció Central frente a Boca en una instancia definitoria no puede atribuirse a una anécdota o al folklore del fútbol. Es un síntoma estructural. Y un terremoto siempre inminente. 

   La corporación de los árbitros tocó fondo con este partido. Llenó el vaso. Colmó la medida. Y ganó Boca aprovechando los regalos. Eduardo Coudet no se equivocó cuando se paró ante las cámaras de la TV: "Nos sacaron la final, no la perdimos". No fueron excusas ni justificaciones siempre tan habituales en la aldea del fútbol. Fue la realidad. La que nadie puede ocultar. Por más que quizás alguien tenga ganas de ocultarla.  
           
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