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Fútbol
14 | 11 | 2015
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Argentina, sin mano de nocaut

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Una vez más quedó comprobado que Argentina padece la falta de gol. Más allá de que Higuaín en la Selección encarna la figura de un goleador que no hace goles, el equipo sufre horrores la ausencia de contundencia en el área rival.

Argentina, sin mano de nocaut
Decepción de Argentina ante Brasil. Foto: Claudio Perin / Diario Popular
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¿Cómo hay que calificar a este Brasil que dirigido por ese hombre de la máscara de hierro que es Dunga le sacó un empate a Argentina en el Monumental? Como un auténtico desastre y una afrenta al fútbol brasileño que todos supimos admirar. A este Brasil que da pena por lo que propone y por lo que juega, aún contando con la presencia de Neymar, a la Selección no le alcanzó para abrazar una victoria que debió ser suya.

   ¿Por qué no conquistó el triunfo? Porque le falta gol. No es nuevo el déficit. Aún con Messi y Agüero en el equipo. Quedó comprobado en el Mundial de Brasil y en la Copa América de Chile. Sin Messi y Agüero, esa debilidad al momento de dar la estocada final queda en primer plano.

   Ya hace demasiado tiempo que Higuaín no conecta en la Selección, más allá del centro que le metió a Lavezzi en el gol argentino y de alguna que otra maniobra con proyección ofensiva. Pero a la hora de los bifes, Higuaín no está. Como pasó en Brasil 2014 y en Chile 2015.

   Es cierto, no puede enfocarse todo en Higuaín. Pero en la Selección el punta del Napoli encarna a un goleador que no hace goles. A un hombre de área que no tiene peso en el área. A un tanque sin potencia ni resolución en los últimos metros de la cancha. Porque en esta oportunidad, a diferencia de lo que produjo frente a Ecuador y Paraguay, la Selección produjo situaciones favorables. Pero nunca encontró la medida exacta de la definición en la zona de fuego. Y la responsabilidad de Higuaín no puede transferirse ni evadirse.

   Argentina padeció los daños colaterales propios de la contundencia ausente. Porque fue más que esta versión penosa de Brasil para interpretar el partido, solo preocupado en enturbiar el desarrollo y construir un contraataque para quedarse con lo que no había venido a buscar. No lo supo ganar la Selección. Como no supo ganar otros compromisos más importantes que le hubieran permitido dar una vuelta olímpica en tiempos muy recientes.

      Festejo de Ezequiel Lavezzi. Argentina - Brasil. Foto: Norberto Mosteirin / Diario Popular

   Esa mano de nocaut que no tiene sigue pasándole facturas muy pesadas y muy difíciles de digerir para el plantel y para Gerardo Martino. Porque no es que Argentina brilló ante Brasil, pero superó a Brasil en ritmo, presión y recursos, en especial durante los primeros 60 minutos del encuentro, cuando forzó el error adversario, frecuentó el arribo a las cercanías de ese mediocre arquero que es Alisson (un rebotero con poca técnica y muchísimas dudas) y lo inquietó en varios episodios con pelotazos que cruzaron el área chica sin que nadie los conectara.

   Sin embargo, volvió a sufrir Argentina el karma del gol lejano. Que es el gol probable que se frustra, aún sin disponer de una claridad absoluta para ponerse de cara a los espacios ofensivos. A veces por apuro, a veces por empecinamiento en la maniobra individual o por la imprescindible pausa que no aparece para simplificar la jugada de ataque. Ausente Pastore por lesión (el único capaz de meter una pausa, aunque su fútbol se acerque a la displicencia y a la frialdad), no hay en el plantel una individualidad que pueda otorgarle un tiempo muerto a una jugada que la necesite.

   En relación a los dos primeros cruces de la Eliminatoria frente a Ecuador y Paraguay, el rendimiento ante Brasil expresó un paso adelante evidente. Recuperó orden y juego la Selección. No en grandes dosis, pero suficientes para esperar otro salto de calidad contra Colombia en Barranquilla.

   Claro que si nos referimos a cierto nivel de inoperancia para reflejar en el marcador lo que se advierte en el desarrollo, también hay que hay que hacer alguna mención al arquero Romero, titular del arco argentino desde más de hace 6 años. Romero sigue dando la misma imagen de inseguridad de siempre. ¿Cuándo va a salir a cortar un centro? Mide cerca de dos metros y en los córner y en cualquier pelota parada se queda clavado debajo del travesaño esperando que un compañero pueda rechazar de cabeza. En el gol de Brasil, su respuesta fue pobre ante un remate sin pimienta que le pasó por debajo de su cuerpo.

   En definitiva, Argentina no ganó en el área ajena lo que debió haber ganado. Y perdió en el área propia en una jugada aislada. Brasil se llevó un empate que el inefable Dunga festejara en privado. ¿Qué quedó de aquel Brasil que conquistaba adhesiones por la música de su fútbol? Nada.

   Seguramente también por eso, los dos puntos que Argentina dejó en el camino tienen el sabor de una gran frustración. No ganarle a ese Brasil simboliza la dimensión de la impotencia ofensiva. Que ya es una foto conocida. Que antes vio Alejandro Sabella y ahora el Tata Martino.


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