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Osvaldo Laport: “Luego de cada encuentro me tiembla el cuerpo”

Grisel Coyle
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Por Grisel Coyle


El actor, que hará comedia en Carlos Paz con Flor de la V e Iliana Calabró, realiza ayuda humanitaria en el marco de la ONU. Los riesgos de cada viaje, las realidades que vio y los sentimientos que se juegan en cada charla.

Osvaldo Laport: “Luego de cada encuentro me tiembla el cuerpo”
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Galán de todos los tiempos, Osvaldo Laport (59) cumplió una década de ayuda humanitaria. De la mano de Acnur, se desempeña como embajador de la Argentina ante los refugiados del mundo. En vista a su próxima misión, en mayo, antes se lucirá en la temporada teatral de Carlos Paz en Una Comedia Brillante, que debutará a fines de diciembre.

l Hacía varios años que los productores que hacen temporada teatral en Córdoba procuran convencerte. ¿Cómo lo lograron esta vez?

-Sin intención de herir susceptibilidades porque siempre que me acercan un guión, es una buena actitud del otro, una buena voluntad del otro, pero no se dio. Como actor uno se deja llevar por qué le pasa con el guión. Y de todos los proyectos que me fueron acercando para las últimas temporadas confieso que, más allá de un compromiso que tenía con mi música, que estaba preocupado porque estaban apareciendo muchos shows, me sedujo este guión. Es una comedia brillante (con Florencia De la V e Iliana Calabró como también parte del elenco). Un vodevil de puertas que se abren y que se cierran, de enredos, y de personajes que no se tienen que ver, que no se tienen que descubrir. Me divierte mucho.

l Hace poco regresaste de tu último viaje humanitario en América Central. ¿Cómo te resultó la experiencia, en el décimo año que lo hacés?

-Fue el más doloroso porque me encontré con una tragedia urbana, tremenda. Y al llegar de regreso al hotel, necesitás un vino o tratar de despegar un poco con el entorno afectivo, que son mis colegas.

l Mientras atravesás la experiencia, ¿podés dormir tranquilo?

-Pasé por la etapa de dormir mal y de llorar mucho. Después, uno va aprendiendo a hacerse un poco más duro. Pero sé que cuando salgo de cada encuentro con la gente, me tiembla el cuerpo, es una cosa energética.

l ¿Alguna vez el médico te recomendó que dejes de hacerlo?

-Sí. Y si te llega a escuchar la pregunta mi mujer, te levanta el pulgar. No pasa por no darle bola al especialista. Todavía estoy sano y gana el sentimiento de seguir apostando. Los testimonios, el escuchar lo relatos de las víctimas te supera. Si supieran la alegría de que alguien los escuche que tienen la víctimas, se asombrarían. La persecución es tal que desconfían de todos. Lo primero que me sale es protegerlos cuando pedimos su testimonio ante una cámara respetando que se muestren de espalda. A los niños sí porque crecen y van mutando. Eso me hace olvidar de mi propia seguridad y de todo lo que pudiese suceder. De hecho, en el último viaje tomamos seis vuelos y uno tuvo un aterrizaje medio raro que me jodió la cintura y estoy durísimo.

l ¿Y tu familia qué te dice de tu vocación de ayuda social?

-Tanto mi hija como Viviana (Sáez, su esposa) me apoyaron desde un principio. Pero claro que tienen sus miedos y los exteriorizan, cosa que está muy bien. Peor sería que no lo contasen, que yo me fuera y ellos padeciéndolos. A través de las posibilidad de las redes, me siguen por todos lados, saben donde estoy y donde no estoy. Cada vez que termino un día de reunión con los refugiados, llego al hotel y lo primero que hago es conectarme a internet para ponerme en contacto con ellas. Pero más allá de todo eso, están orgullosas porque también son personas con una gran sensibilidad. Como existir existiría la posibilidad de que alguna de ella, mi hija o Viviana me acompañen pero no. Prefiero que no por una cuestión de protección, ni más ni menos que por eso. La realidad es que más allá del resguardo que me brinda Naciones Unidas, estoy expuesto a todo. Cada viaje es una decisión que tomamos entre las tres almas: la mía, de mi hija y esposa. Mi misión como embajador es encontrar un hijo de paz.

l ¿Qué significa eso?

Que doy todo lo mejor de mí porque creo que las cosas se van a solucionar, a largo plazo. A cada encuentro con los refugiados llevo toda mi fe y esperanza, que es lo mejor que tengo para ofrecerles.

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