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Historias de vida
22 | 11 | 2015
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A Salvador lo único que no le pudieron robar fue la fe

Sergio Tomaro
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Por Sergio Tomaro


La sucesión de hechos delictivos que sufrió lo condenaron al quebranto económico, pero las respuestas que nunca tuvo de parte de las autoridades para con su problemática las encontró en un férreo vínculo con Dios.

A Salvador lo único que no le pudieron robar fue la fe
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En la búsqueda de aventar penas y sinsabores, la ventana del diminuto departamento que habita en Avellaneda opera como un paño de lágrimas para Helmer Salvador Flores, el farmacéutico dueño del triste récord de haber sufrido 48 asaltos en 40 años en el que era su local de Coronel Salvadores 948, en La Boca. Ese llanto brota de la angustia y bronca derivadas de aquella fenomenal zaga delictiva que lo condenó primero al crac económico, cuando ante tanto robo fue mermando su capacidad comercial, y después al que califica como el más terrible castigo: el alejamiento del barrio que tanto ama.

Salvador, como se lo conoce de siempre, nunca logró que alguna autoridad fuera capaz de aportarle una solución a la problemática impiadosa que lo golpeó incluso literalmente, a juzgar por las veces que su cabeza fue receptora de algún que otro culatazo amedrentador. Sin embargo, la fe que ya había empezado a desarrollar a poco de casarse con Marta, la mujer con la que tuvo seis hijos, lo acercó tanto a Dios al punto que predica su palabra como un convencido testigo de Jehová.

"La fe no me la pudieron robar pero más allá del daño sufrido por tantos asaltos y robos, el dolor aumenta por haber sido un hombre ignorado por todos los funcionarios a los que recurrí por mi problema", afirmó Salvador a HISTORIAS DE VIDA.

A los 78 años, con inconvenientes en la cadera que le dificultan caminar pero no pedalear su bicicleta, Salvador evoca con nostalgia los tiempos de esplendor al frente de la farmacia, fortalecidos por el hecho de haber sacado la grande en 1965 con un quinto del billete que compró en una peluquería de la calle California. "Con ese golpe de suerte me compré el local, construí mi casa, adquirí otra propiedad, cambiaba seguido de auto y con mi familia íbamos por todos lados pero terminé conociendo la pobreza" subrayó quien por aquellos días ya había empezado a percibir que lo material era pasajero.

Para 1995, forzado por los robos, tuvo que bajar para siempre la persiana de la farmacia y si bien mantuvo ocho años más el local reconvertido entonces en una despensa, los rigores de una hipoteca insalvable agravados por la desquiciada suba del dólar lo voltearon de nuevo.

Hombre de palabra

Pero le quedó una propiedad de Avellaneda que comparte con Marta, de la cual está separado de hecho, y en la que ocupa un monoambiente con ventana a la calle, ante la cual se ubica la mesa en la que prepara los testimonios como predicador de la palabra de Dios.

"Me gusta dar un buen testimonio de mi Padre espiritual y de hecho soy muy querido por mis hermanos espirituales" con los que se reúne en la congregación de los Testigos de Jehová de Avellaneda.

Aquello que no resuelve la ventana de su hábitat lo traslada al Parque Domínico del que es un asiduo concurrente desde hace más de 30 años, pero hoy afincado en el centro de jubilados del lugar donde saca chapa de eximio jugador de bochas y dominó.

Cultor de los buenos modales, Salvador recurre a cuanto recurso expresivo tenga a mano para narrar lo que ha sufrido pero haciendo hincapié en que ese padecimiento no le resta felicidad al balance de su vida. Por eso, conciente que su 'frágil vaso de cristal', como metaforiza a su corazón, se puede quebrar, dio instrucciones para que cuando llegue el día sus cenizas sean esparcidas en el Riachuelo. Así, considera, no solo estará con Dios sino también muy cerca de La Boca.


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