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Fútbol
25 | 11 | 2015
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Independiente-Racing y las señales

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


En la inminencia del clásico de Avellaneda por una plaza para la Copa Libertadores, pueden elaborarse muchas preguntas y tantas respuestas. Ninguna, sin embargo, logra anticipar nada. El fútbol solo se subordina a sus propios misterios. Los momentos de los equipos. Las ausencias de Milito y Méndez. Independiente está llegando. Racing se está yendo.

Independiente-Racing y las señales
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   ¿Quién tiene mejor cubierto el arco? Racing con Sebastían Saja, más allá de que sea tan tribunero como el Ruso Rodríguez. ¿Quién defiende mejor? Racing. ¿Quién ataca mejor? Independiente. ¿Quién elabora más juego? Independiente. ¿Quién es más ambicioso? Independiente. ¿Quién es más pragmático y especulador? Racing. ¿Quién es más contragolpeador? Racing. ¿Quién tiene jugadores más desequilibrantes? Independiente.

   Las preguntas pueden multiplicarse. Las respuestas, también. Pero las realidades irrepetibles del fútbol nunca pueden anticiparse. Nadie, por más videos que mire ni exprese más capacidad para estudiar en una plataforma tecnológica lo propio y lo ajeno, está en condiciones de saber lo que va a ocurrir en ningún partido. Ni los jugadores. Ni los técnicos. Ni los hinchas. Ni los periodistas. Nadie. La verdad revelada que mantiene al fútbol vivo a pesar de los venenos que se expanden a su alrededor, es que lo predeterminado no tiene ningún valor. El único gran valor se manifiesta en la cancha.

   Los dos cruces entre Independiente y Racing para conquistar una plaza para la próxima Copa Libertadores, alientan especulaciones y diversos análisis. ¿Quién llega mejor? ¿Quién llega peor? ¿Quién llega con envión ganador? ¿Quién llega entre algodones? Son algunos de los interrogantes que siempre se formula el ambiente en estas circunstancias. Y los que también se desvanecen con la pelota en movimiento.

   No hay favoritos. No hay un gran candidato. No hay quien vaya de punto ni quien vaya de banca. Hay historias y recuerdos futbolísticos que a veces irrumpen en el presente y se interpretan como señales a favor o en contra. Se despide Racing de su conductor Diego Cocca, después de un año y medio entrenando al equipo con la medalla de un campeonato ganado. Se consolida Mauricio Pellegrino (por lo menos hasta la previa de los dos clásicos de Avellaneda) como técnico de Independiente, luego del escepticismo inicial de los hinchas.

   ¿Racing es un muy buen equipo? No. ¿Independiente es un muy buen equipo? No. Pero se advierte que Independiente puede continuar creciendo en la medida en que conserve este rumbo. Y que Racing está en un período de transición. Esperando (aunque ningún jugador lo confiese para cultivar la diplomacia) a otro técnico. Otro libreto. Otra búsqueda. Otra línea. Otro fútbol.

   Se ve eso. Un equipo que está llegando. Como Independiente. Otro que se está yendo. Como Racing. Esta descripción aséptica igual no acredita ventajas. Aunque los dos dan ventajas con las ausencias de Diego Milito y de Jesús Méndez, suspendidos a raíz de haber sido expulsados. Tanto Milito, ya en el crepúsculo inexorable de su carrera, como Méndez, son muy influyentes. ¿Por qué son influyentes? Por algo muy simple que no admite demasiadas explicaciones: juegan bien. Entienden lo esencial del fútbol: hacen correr la pelota, la pasan al pie o al espacio y aunque en distintas funciones, deciden la jugada más valiosa en el instante adecuado.

   No le sobra nada a Racing. No le sobra nada a Independiente. Pero atraviesan por momentos distintos. Los momentos no son otra cosa que los momentos de los jugadores. Los que siempre resuelven todo bien o mal o definen todo bien o mal. Igual que los árbitros. El primer partido en la cancha de Independiente lo dirigiría Germán Delfino. El segundo, Patricio Loustau.

   Sería excelente que no pretendan convertirse en protagonistas no deseados, como lamentablemente acostumbran a hacerlo en cada oportunidad que se les presenta. Nadie en la historia del fútbol de todos los tiempos ha mirado un partido para ver a un árbitro. Salvo los árbitros. Está bien que tengan sus egos y sus vanidades. Está mal que el ego y las vanidades perturben y condicionen notablemente sus desempeños. Que por otra parte suelen ser mediocres. Aunque los árbitros no se hagan cargo. Nunca.   

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