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Fútbol
27 | 11 | 2015
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Atacar al Barcelona

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Se preanuncian catástrofes para River en una probable final ante Barcelona en el Mundial de clubes, considerando los momentos de los equipos. Pero el fútbol no es básquet ni rugby. No hay resultados ni rendimientos predeterminados. River expresa al fútbol argentino y a los jugadores argentinos. Y subestimarlo es un grave error. La estrategia es clave. Atacar al Barsa es imprescindible.

Atacar al Barcelona
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   Hace un año, San Lorenzo viajó a Marruecos para enfrentar a Real Madrid con el objetivo de no comerse una goleada infernal. Lo logró. Perdió 2-0 y el baile previsto no se produjo. El regreso a la Argentina de aquel San Lorenzo conducido por Edgardo Bauza pasó desapercibido. Le faltó grandeza al Ciclón en la máxima cita. Le faltó épica. Y le sobró realismo, cuando el fútbol de todos los tiempos siempre se encargó de trascender pronósticos, augurios y anticipos.

   ¿River también aplicará frente a una muy probable final ante el Barcelona la teoría de la resignación a la que adhirió San Lorenzo en el cruce con el Real Madrid? Se verá en la cancha. La goleada estruendosa hoy anunciada a favor del club catalán no deja de ser una simplificación demasiado lineal. Pero el fútbol no es el básquet. O el rugby. En el fútbol, aunque se enfrenten equipos de la elite y equipos sin gran valor agregado, no están escritos de antemano los resultados. Nunca. Como si ocurre en el básquet y en el rugby, por ejemplo.

   Las diferencias teóricas y prácticas entre Barcelona y River son, por el momento, abismales. Como si no existieran equivalencias ni en lo individual ni en lo colectivo. Sin embargo nada está definido. En el 2009, ese Barcelona que dirigía Pep Guardiola también acreditaba enormes ventajas respecto a aquel Estudiantes de Alejandro Sabella y la Bruja Verón.

   Ganó Barcelona en tiempo suplementario con un gol de Messi (uno de los que más gritó en su carrera), pero Estudiantes estuvo a 2 minutos de derrotarlo cuando Pedro empató forzando el alargue. No hubiera sido injusta la coronación de Estudiantes. Barcelona, asfixiado, impreciso e impotente, nunca le encontró al partido el ritmo ofensivo, la circulación ni los espacios. No brilló el Pincha, pero le cortó todos los circuitos al Barsa. Esa lección del equipo argentino que no fue a Emiratos Árabes a contemplar la superioridad rival, no es una postal que debería olvidarse.

   El fútbol argentino supo rescatar de sus entrañas películas, que en la previa, parecían inviables. Por ejemplo, conquistar la Copa de las Naciones en 1964 en Brasil, cuando venció en hilera a Portugal (2-0) a Brasil (3-0) y a Inglaterra (1-0). Era boleta la Selección antes de jugar. Y la boleta ya editada se las regaló a Portugal, Brasil (con Pelé incluido) e Inglaterra. Tampoco era banca Argentina en el Mundial 78 y en México 86. Y obtuvo los dos mundiales.

   No denuncia ni revela inteligencia subestimar a los jugadores argentinos en la adversidad y en la urgencia. No porque se conviertan en héroes angelizados de la noche a la mañana. Pero no arrugan ni se borran en los grandes compromisos. Y menos aún si el entrenador no se subordina al miedo y privilegia una convicción fuerte.

   River es menos que el Barcelona. Mucho menos. Como lo era Estudiantes en el 2009. Pero supo fortalecerse en  el desarrollo del partido. No salió a aguantar, aunque en el segundo tiempo perdió la pelota. Salió a jugar imponiendo presión. Se mentalizó para clausurar los espacios. Y atacó, en especial durante la primera etapa cuando Mauro Bosselli anotó el gol.

   A los equipos que atacan como el Barcelona, hay que atacarlos con gran decisión. De la mitad para atrás expone su perfil más vulnerable. Allí, en zona defensiva, radica el punto débil del Barsa. El error más frecuente de los adversarios que lo enfrentan es amontonar gente en los últimos metros para intentar proteger el arco propio. Es lo mejor que le puede ocurrir al Barcelona: disponer del campo y de la pelota. Si le cambian los papeles y lo agreden, se desacomoda, pierde la línea y en algunos casos se desconcierta, como le ocurrió en algunos partidos, por ejemplo frente al Atlético de Madrid del Cholo Simeone.

   River, a pesar de sus frecuentes caídas en el segundo semestre, no tiene nada perdido antes de empezar el encuentro, aunque las mayorías desde el facilismo así lo indiquen. Dependerá de su presencia y de su autoestima. De la personalidad del equipo. Y de la personalidad de su técnico, Marcelo Gallardo. Barcelona, hoy, parece inalcanzable. Pero ningún equipo lo es. Aunque sea el mejor equipo del mundo. Nadie tiene todas las cartas del mazo. Y River tiene la posibilidad de descubrirle sus zonas erróneas.

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