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Historias de vida
06 | 12 | 2015
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Abel, el Payaso de los Ojos Doblados, ve si falta alegría

Sergio Tomaro
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Por Sergio Tomaro


Su madre lo hizo fuerte para enfrentar el bullying al que lo sometían en la escuela por el estrabismo que lo afecta desde los 4 años, al punto que hoy Abel se apoya en ese defecto para vivir, trascender y emocionar.

Abel, el Payaso de los Ojos Doblados, ve si falta alegría
Foto: walter papasodaro

Abel aprendió mucho de su madre, sobre todo en los días en que la escuela y el barrio los chicos lo atormentaban por el estrabismo que afectaba sus ojos celestes, muchas veces enrojecidos por las lágrimas brotadas ante tantas cargadas a las que sólo el amor maternal lograba controlar.

Claudia, la mamá que murió trágicamente cuando él todavía era un niño, le enseñó también a animar fiestas infantiles, manejar técnicas de globología y dominar trucos de magia infantil, sin imaginar por entonces que le transfería la herramienta que con el tiempo Abel iba a utilizar para trabajar, entretener y tratar de trascender.

De hecho, Abel Rodrigo Iparraguirre Johnstone, de 27 años, decidió tras un extenso recorrido por diversas actividades y tras sepultar todo tipo de complejos, convertirse en El Payaso de los Ojos Doblados, su alter ego con el cual no solo trabaja a bordo de colectivos y trenes para pasar la gorra, sino con el que logra contrataciones para shows, fiestas infantiles y cumpleaños.

"Me cargaban mucho porque a los 4 años tuve fiebre y convulsiones que afectaron el nervio óptico de uno de mis ojos y quedé con estrabismo. Me llamaban Beto, por 've torcido, o 'Fantoche, un ojo acá y otro en Bariloche'. Hoy uso esas mismas cargadas para mis rutinas cuando actúo porque hace mucho que dejaron de afectarme", puntualizó Abel a HISTORIAS DE VIDA.

"Mi mamá me enseñó a tener una postura positiva frente a los que me hacían bullying", añadió quien antes de asumir el rol de clown callejero trabajó en gomerías, agencias de venta de autos, verdulerías, pollerías, reparto de pan, call centers y algo que recuerda con orgullo, cartoneó en el 2001.

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La infancia que le tocó en suerte no fue fácil, así como tampoco la de su pareja, Elizabeth, que estuvo internada en institutos de minoridad, es la madre de su hijo Angel Cuauhtémoc, de dos años y cuatro meses, y su principal asistente y vestuarista. Sin embargo, Abel no hace hincapié en la oscuridad sino en la luz que encuentra cuando busca, como afirma, "desenfocar al público" con una propuesta basada en el "humor intelectual".

El paso previo del Payaso de los Ojos Doblados fue el dúo que conformó con su amigo Cristian Ribón, "Los Chouman de Haedo", en donde Abel buscaba un planteo humorístico sostenido desde la comunicación y su ladero, en algo más sostenido en el entretenimiento directo. "Nos separamos, pero nunca perdimos la amistad", aclaró

La sonrisa no paga boleto

En rigor, el punto de partida de su personaje fue una vez que viajaba de colado en el furgón del Sarmiento rumbo a su trabajo en un call center, poco antes de la tragedia de Once. El bautismo de fuego fue con un monólogo que Abel practicaba con sus amigos y que en esa oportunidad logró su objetivo.

El día de Abel, que madruga para un emprendimiento de elaboración de churros, lo lleva a vestirse de payaso e ir a estación Haedo, distante nueve cuadras de su casa, para emprender su tarea a bordo de colectivos, trenes y subtes. Su estrategia consiste en no repetir líneas ni localidades, por lo que es posible ver al Payaso de los Ojos Doblados en San Justo, la Capital, Tigre o la zona sur.

"Como a todo artista, me gusta el reconocimiento ya sea un aplauso, un insulto o una sonrisa. Pero claro, ése es mi punto de vista", remata con la picardía con la cual honra aquellas lecciones de su madre que enderezaron su manera de mirar la vida.

Una vez al mes, Abel hace shows solidarios en la peña velezana de Fabián Poroto Cubero y en el hospital Mercante de José C. Paz.

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Malabares con churros y berlinesas

Las jornadas de trabajo del Payaso de los Ojos Doblados con sus chistes y malabares se extienden hasta entrada la noche a bordo de los medios de transporte pero también comienzan muy temprano con otra actividad que desarrolla desde que la experimentó en una gira callejera por Bolivia, Perú y Ecuador, hace dos años. "Con un grupo de amigos, fuimos a trabajar en la calle con nuestros números y como uno de ellos había llevado una churrera, empezamos a elaborar churros rellenos con dulce de leche para venderlo en las playas de Ecuador", contó.

De vuelta en el país, Abel no se alejó de ese negocio y en una suerte de pyme elaboran churros y bolas de fraile que comercializan en panaderías y venta por la calle.

Esa actividad no lo aleja de soñar con su propio espectáculo que incluya arte e historia. Mientras tanto, seguirá trepándose a los colectivos y como suele decir "Si un colectivero no me deja subir, no me hago problema. El que viene atrás si lo hará".

"Mi idea mediante el arte no sólo es entretener sino también trascender, llegar con un mensaje, y que la gente entienda que de ninguna manera la risa es un gesto de debilidad".

"Buscas" y policías con muy poco sentido del humor

Carlos Balá es para Abel algo más que un ídolo y modelo en su rubro. Le adjudica haber sido fundamental en su alejamiento del chupete. "Balá y Piñón Fijo están para mí entre los más grandes y espero que algún día -señaló- el podio incluya a El Payaso de los Ojos Doblados".

Pero encarnar ese personaje en los medios de transporte no es una tarea fácil al punto que varias veces fue agredido por violentos que no entienden que Abel se gana también la vida con cada performance itinerante.

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"En el Sarmiento fue donde tuve más de un problema con los vendedores ambulantes que consideran que les saco el trabajo cuando paso la gorra o distraigo a los pasajeros cuando ellos venden", indicó. Una vez que la situación se pudo tensa, porque lo querían tirar del tren, los pasajeros sacaron la cara por el payaso pero en otra oportunidad, fue golpeado y perdió la corona que tenía en un diente que nunca más repuso.

"Pero cuando la pasé peor fue cuando unos 'buscas' me bajaron del tren en una estación de la línea del Sarmiento porque no querían que trabajara a bordo, pero en medio del hecho violento, ya en el andén, me tranquilicé porque había un policía", contó.

Pero lo que ocurrió fue increíble: "El policía les dijo que me pegaran arriba del tren, porque -narró- si lo hacían en el andén el cana podía llegar a tener problemas". Por suerte, zafó.


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