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Política
09 | 12 | 2015
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Una presidencia fuerte marcada por las asperezas

José Di Mauro
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Por José Di Mauro


El proyecto presidencial de los Kirchner concluye tras 12 años de mandato signados por un manejo férreo de los estamentos del poder. Los hechos que caracterizaron el último período de Cristina.

Una presidencia fuerte marcada por las asperezas
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Cuando el kirchnerismo habla sobre sí mismo de "proyecto", le asiste la verdad. Concluye este jueves la etapa presidencial más extensa de la democracia argentina contemporánea, tomando a estos tres últimos gobiernos como un todo.

En efecto, ese todo es el "proyecto Kirchner". Un esquema presidencialista que contrariamente a lo que muchos sostienen, se basó en el pragmatismo ajustado como tal a los actualidad de cada época. Por eso fueron privatistas cuando promovieron la venta del Banco de Santa Cruz, o más aún cuando alentaron fervorosamente la venta de YPF en los 90, operación que le proporcionó una fortuna a la provincia que gobernaba Néstor Kirchner.

Los Kirchner inventaron la alternancia matrimonial, de ahí que pese a que la imagen de Néstor estaba en su apogeo, decidiera ser sucedido por su esposa en 2007. Para la etapa siguiente, más allá de que las encuestas sugirieran que ella tenía más chances en 2011 de retener el poder, estaba decidido que el candidato fuera él, según le confió a Jorge Rial la propia Cristina en el marco de esa serie de reportajes que luego debió interrumpir por su operación por el hematoma subdural. La muerte de Néstor Kirchner liquidó ese esquema que, por el contrario, debía haber estado librado a lo que decidieran las urnas cada 4 años.

Ese hecho no solo puso fin a la alternancia matrimonial, sino también alteró sustancialmente el tono de la gestión. El modelo acostumbrado a tomar decisiones entre dos se cerró aún más, y con Cristina en la soledad del poder, los interlocutores cambiaron, como así también el rumbo de su gobierno. Personajes que existían en tiempos de NK adquirieron mayor predominancia, fundamentalmente La Cámpora, agrupación cristinista en la que se recostó la Presidenta y a cuyos miembros encumbró en los puestos más altos.

El epílogo del kirchnerismo que se vislumbraba en 2009, se revirtió no solo con la muerte de uno de sus protagonistas, sino también con el repunte de la economía registrado a partir de mediados de 2010. Fundamentalmente eso, pero también la imagen potenciada de una viuda doliente pero entera, dispuesta a batallar, cimentaron el 54% de 2011.

Aun antes de comenzar su segundo período personal y tercero del "proyecto", Cristina dio señales de racionalidad. Su equipo económico comandado por su futuro vice, Amado Boudou y su sucesor Hernán Lorenzino, comenzaron a dar pasos concretos hacia una vuelta a los mercados de capitales y se dio inicio a la "sintonía fina", como se llamó al retiro de los subsidios. Paralelamente, el 28 de octubre instalaron el cepo cambiario ante la fuerte caída de las reservas. Pero el año cerró con malas noticias, al informarse sobre el hallazgo de un tumor en las tiroides de la Presidenta que motivó una inmediata intervención quirúrgica, que luego se supo innecesaria.

La elaboración del esquema de reducción de subsidios siguió avanzando y para eso se universalizó la implementación de la tarjeta SUBE: pueden recordarse las extensas colas al sol que ese verano se realizaban para conseguirlas, ante lo que se anticipaba como un ajuste a partir de marzo. Sin embargo sobrevino la tragedia de Once y la decisión de reacondicionar las tarifas de transporte voló por los aires.

Fue por esos días que la Presidenta emitió su emblemático: "Vamos por todo". Cambió la agenda y se le apuntó a YPF. La Presidenta comenzó a preparar el terreno al advertir sobre la manera como impactaba en la balanza comercial el fuerte gasto en energía. Necesitaba cuanto antes recuperar la iniciativa, afectada no solo por la tragedia del tren Sarmiento, sino también por el escándalo del caso Ciccone, respecto al cual había decidido alinear a su gobierno en la defensa de Amado Boudou.

Retomó la iniciativa cuando anunció la expropiación de YPF. El kirchnerismo consiguió otra epopeya para sumar al relato oficial y se convenció de que con ello podría revertir también las cuentas exhaustas por el rojo energético. Pero para entonces eran muchos los frentes abiertos por el cristinismo, que ya había instalado en la vereda de enfrente a Hugo Moyano. Mientras tanto el escándalo con el vicepresidente Boudou había arrastrado al procurador general de la Nación, Esteban Righi, en cuyo puesto Cristina propuso a Daniel Reposo, cuya postulación se derritió en el Senado por su currículum endeble. Debió retirar su pliego ante la falta de votos para promoverlo, y si bien en su lugar terminó ubicando a Alejandra Gils Carbó -una funcionaria más afín a sus deseos-, el episodio dejó su marca, pues quedó clara la imposibilidad del kirchnerismo de imponer los dos tercios para cualquier tema en el Congreso.

En septiembre de ese año la Presidenta visitó como todos los años Nueva York, donde sorprendió en la ONU al anunciar su predisposición a dialogar con Irán. El acuerdo sería anunciado más tarde y marcaría un punto de inflexión en su gestión. En ese mismo viaje, Cristina tuvo su poco feliz paso por Harvard, donde los estudiantes dejaron expuesto por qué ya no concedía conferencias de prensa.

Fue por esos días que el gobierno encontró otra épica en la que enfrascarse, al ser retenida en Ghana la Fragata Libertad, a pedido de un fondo buitre. "Podrán quedarse con la fragata, pero no con nuestra libertad", replicó Cristina. La fragata recién sería recuperada en el verano siguiente en el marco de una gran fiesta que permitió verificar la capacidad kirchnerista para transformar en gesta una adversidad.

Pero si de adversidades hablamos, lo fueron los cacerolazos impulsados en su contra a través de las redes sociales. Fue emblemático el del 8N, contrapuesto con el tan promocionado por el gobierno 7D, fecha que consideraban clave para la batalla con el grupo Clarín, en la que finalmente nada pasó. Como represalia, impulsó al año siguiente una reforma judicial que impuso en el Congreso, pero terminó naufragando precisamente en los estratos judiciales.

En marzo de 2013 Jorge Bergoglio se convirtió en papa, y Cristina debió hacerse a la idea de que a partir de entonces la figura argentina más importante del mundo sería otra. Su primera reacción fue negativa, pero luego se pegó al pontífice de modo tal que encontró en él una suerte de respaldo del que por momentos abusó.

Ese mismo año Cristina perdió su segunda elección legislativa consecutiva. Con Sergio Massa a la cabeza venciendo al kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires, los sueños de re-reelección quedaron enterrados. Pensando en las presidenciales venideras, se retomó la búsqueda de una vuelta a los mercados de capitales, al arreglar el gobierno con Repsol el pago de la expropiación de YPF, y luego con el Club de París.

Pero los planes naufragaron cuando la Corte de Estados Unidos decidió no tomar el caso argentino en la pelea con los holdouts, ante lo cual quedó firme el fallo de Griesa que obligaba a la Argentina a pagarle a los fondos buitre. A partir de ahí el gobierno tomó la pelea con los holdouts como una cruzada y decidió potenciarla dejando la resolución del problema a la administración siguiente.

Los problemas judiciales no eran solo externos. Con el vicepresidente doblemente procesado, las alertas en Olivos se encendieron cuando a un año del recambio presidencial comenzaron a reactivarse causas que involucraban a funcionarios. Ni qué decir cuando el juez Claudio Bonadío comenzó a avanzar con la causa Hotesur, que involucra a ella y su familia. Pero las cosas llegaron a un extremo cuando el fiscal especial de la causa AMIA, Alberto Nisman, la denunció, junto al canciller y otras figuras del kirchnerismo por el acuerdo con Irán.

La muerte todavía irresuelta de ese fiscal el fin de semana previo a que expusiera ante el Congreso sobre el tema fue un punto de inflexión en la era K. Si bien el gobierno pudo capear la situación y lograr que el escándalo quedara en un segundo plano a los tres meses, fue una mácula a nivel internacional y dejó consecuencias que aunque los analistas no lo predijeran, se verificaron en las elecciones presidenciales.

Para esa campaña Cristina Fernández jugó fuerte y sobre el cierre de listas decidió sacar de la carrera presidencial a Florencio Randazzo, dejando a Daniel Scioli como único candidato. Al día siguiente, el ministro del Interior y Transporte le dijo no cuando le propuso ser candidato a gobernador bonaerense. No se verificaban antecedentes hasta entonces de una situación semejante.

Ella ya había pedido un baño de humildad semanas antes y emergentes del mismo como Aníbal Fernández y Julián Domínguez decidieron competir en la provincia de Buenos Aires. Se impuso el primero, con el respaldo implícito de Cristina, y luego el factor Aníbal fue clave en la histórica derrota peronista en la provincia de Buenos Aires.

Cristina llega así al final de su mandato recreando una situación que muchos habían previsto hace años: dejándole el poder al opositor supuestamente "más conveniente" con el cual podrá confrontar desde la oposición. Pensando tal vez en el ejemplo Bachelet, que volvió al poder al período siguiente.

Como sea, pareciera haber empezado a competir con su sucesor aun antes de dejar el cargo.

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