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Política
13 | 12 | 2015
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Del sainete del traspaso a los gestos de diferenciación

José Di Mauro
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Por José Di Mauro


Al cabo de una semana intensa, para analizar lo que viene conviene auscultar las últimas exhibiciones de Cristina y las primeras de su sucesor. Una pulseada donde nadie quiso mostrar todas sus cartas.

Del sainete del traspaso a los gestos de diferenciación
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Por primera vez después de 28 años, Cristina Fernández de Kirchner está fuera del poder. Desde que en 1987 su esposo ganó la intendencia de Río Gallegos por apenas 111 votos, estuvo cada vez más alto: cuatro años después Néstor Kirchner se convirtió en gobernador y reformó dos veces la Constitución provincial para estar allí doce años; y luego otros doce en la presidencia de la Nación. Cuatro años él, ocho ella. Ahora su cuñada es gobernadora, pero ya no es lo mismo después de estar ella tres períodos en la cima.

Semejante carrera ascendente debe dejar rastros psicológicos, que tal vez expliquen el sainete del traspaso. Cuanto menos, la mantuvo en el candelero en sus últimas semanas presidenciales. Se propuso mandar hasta el último día y a punto estuvo de hacerlo hasta el último instante; eso explica la reacción que se le opuso. Desmedida, para algunos, que no pudieron explicar por qué Cambiemos fue a la justicia para determinar en qué momento vencía el mandato de CFK. Pero no se trata de razones, sino de gestos.

Muchos sostienen que Cristina nunca pensó en ponerle la banda presidencial a su sucesor, a menos que fuera Scioli. Hubiera hecho cualquier cosa para evitar a Sergio Massa, pero llama la atención que tampoco quisiera a Macri. En rigor, habría estado si el acto se transformaba en un homenaje compartido; no necesariamente para que las barras militantes abuchearan al nuevo presidente, sino para prevalecer en el aplausómetro. Con fuerte presencia en los palcos y sobre todo la mayoría en las bancas, sería fácil la demostración de fuerza en el instante final.

Para evitarlo, Cambiemos buscó llevar la banda y el bastón a la Rosada, con un elemento definitivo como era la tradición, mientras que el kirchnerismo se empecinó en argumentar inexistentes razones constitucionales para justificar el traspaso en el Congreso. Cuando Mauricio Macri decidió dar una muestra de autoridad el sábado anterior llamándola a Cristina para terminar el pleito, ella se convenció de no ir. De ahí su carta del día siguiente, como prolegómeno del faltazo: 'Hasta aquí llegó mi amor'.

Si bien la decisión ya estaba tomada, el martes hubo negociaciones en las que el gobierno ofreció una alternativa supuestamente razonable: la Presidenta llevaría los atributos presidenciales al Congreso, permanecería junto a Macri hasta la jura y luego se iría. Pero hay más datos que hacían inviable su propuesta.

La organización del evento correría por cuenta del gobierno entrante, por lo que no habría militantes K en las gradas. Sí en la calle, pues la movilización prevista para ese mismo día se mantenía. Los seguidores kirchneristas se ubicarían sobre la avenida Entre Ríos, sobre la Plaza de los Dos Congresos, por lo que ella ingresaría por la explanada del Palacio. Macri lo haría por la calle Rivadavia, donde estarían sus adherentes. Tras la jura, ella se retiraría por Entre Ríos, y mientras él daba su discurso se produciría la desconcentración kirchnerista. ¿Qué impedía que mientras el nuevo presidente hablaba, ella no se despidiera de sus seguidores? ¿Alcanzaría el tiempo para la desconcentración K? Ni hablar del clima que se generaría entre ambos sectores, que seguramente llevaría a desistir de ir a muchos de los que quisieran saludar al nuevo mandatario. Además, el protagonismo de esa jornada es del nuevo presidente, no del que se va. De hecho, cuando Eduardo Duhalde decidió llevar toda la ceremonia al Parlamento, en 2003, el presidente entrante fue el que ingresó por la explanada de Entre Ríos; el saliente entró en escena después de la jura, brevemente, y se retiró antes del discurso.

La negociación del martes fue una puesta en escena K. Entró en un cuarto intermedio después de las 14, y ya no se reanudó, supuestamente al enterarse el gobierno de la presentación de la cautelar de Cambiemos. Es imposible pensar que Oscar Parrilli tomara conocimiento recién entonces de una presentación judicial que había sido hecha el lunes.

Cristina, que tuvo su gran despedida el miércoles, ya debía estar pensando un desplante como el que protagonizó cuando recibió brevemente a su rival en Olivos, y no permitió que se registrara la escena con alguna fotografía. Lo que no se ve no existe, dice el imaginario K: tal vez la ex presidenta piense que como no la vieron entregando el poder, persista la sensación de que lo retiene.

Dobló la apuesta cuando ordenó a los legisladores vaciar la Asamblea Legislativa. Una prueba de poder que si bien demostró que mantiene una cuota mayoritaria, permitió verificar algunas grietas. Hubo presencia de diputados salteños y un par de correntinos, mientras que por el Senado fueron más los que se animaron a estar: los tucumanos, un misionero, el ascendente santafesino Omar Perotti, y hasta la bonaerense María Laura Leguizamón, amiga de Cristina. Y estuvieron los santiagueños, aliados hasta ahora incondicionales del kirchnerismo. Hubo más, pero el dato más saliente fue la presencia de gobernadores peronistas como la fueguina Rosana Bertone, el formoseño Insfrán, el tucumano Manzur, el entrerriano Gustavo Bordet, y por supuesto Juan Manuel Urtubey. Sobre esos gobernadores trabajará el macrismo para generar respaldos en el Parlamento.

No son pocos los peronistas que en privado admiten que la disputa les pareció insólita y que ya no están dispuestos a seguir directivas extremas que 'la Jefa' imparta desde Calafate. Veremos.

Una muestra de autoridad buscó exhibir el nuevo presidente al no dar el brazo a torcer con los actos de asunción. Pese a ello, su discurso fue de consenso. Sabe Mauricio Macri que en su gestión debe terminar con el kirchnerismo, pero también con el antikirchnerismo. Y mientras se ocupó de saludar a sus rivales con nombre y apellido, no mencionó a su antecesora. No pasó facturas, ni habló de la pesada herencia -como sí hizo por la mañana María Eugenia Vidal, con el propio Daniel Scioli presente-, pero sí aludió a Cristina cuando aclaró que para él la política no es una competencia entre dirigentes para ver 'quién tiene el ego más grande'. Se diferenció cuando prometió escuchar a todos, cuando habló de líderes que 'mienten para engañar a la gente y al mundo con datos falsos'.

Marcó otro rumbo cuando habló de 'sacar el enfrentamiento del centro de la escena', y pareció señalar con el dedo cuando se refirió al avasallamiento de las instituciones con 'proyectos personalistas', y habló del 'autoritarismo'. Y volvió a hacerlo más tarde, al ensalzar a la Justicia por haber impedido 'que el país cayera en un autoritarismo irreversible'. Amenazó cuando prometió ser implacable con la corrupción, y abrió una puerta inquietante al aclarar: 'con todos aquellos que de cualquier partido o filiación política, sean propios o ajenos'. Se diferenció aún más cuando, sobre el final, pidió que les marquen los errores, porque 'sabemos que no somos infalibles'.

Al día siguiente volvió a dar más gestos de diferenciación al prometer obras junto a un intendente K, al recibir a sus rivales electorales en su despacho y permitirles dar conferencias de prensa luego en la Rosada, y al almorzar un día después con los gobernadores.

Siempre se dijo que Cristina había elegido a Macri como 'el rival deseado'. Parece que el deseo es mutuo.

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