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Fútbol
20 | 12 | 2015
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Como dijo Lennon, "el sueño (de River) terminó"

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


No le alcanzó a River con su empuje y presión inicial que se prolongó hasta el gol de Messi a 10 minutos del cierre del primer tiempo. En el arranque del complemento, los ingresos de Lucho González y Martínez terminaron desorganizando al equipo y Barcelona encontró espacios y grandes facilidades para definir. Al sueño de River le faltaron potencia y recursos para no quebrarse.

Como dijo Lennon, el sueño (de River) terminó
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Hace varias décadas, John Lennon redefinió a los 30 años su mirada existencial y planetaria. Y exclamó al mundo ya fuera del alcance de The Beatles e integrando la Plastic Ono Band: "The dream is over" (El sueño terminó).
  
La frase quedó instalada en el imaginario y la memoria colectiva como la percepción de una idea revolucionaria que se desvanecía. La idea de un hombre nuevo y de un mundo mejor. Aquellas palabras de Lennon en 1970 que volcó en la canción God, parecieron ser una especie de rendición de un hombre abrumado por el escepticismo. Aunque nadie aceptara rendirse.
  
Para River, ese sueño inolvidable de someter al Barcelona finalizó en la fría noche de Yokohama. No sonó la canción de Lennon. No se escucharon sus estrofas. Pero aquel sueño inmenso que persiguió al universo riverplatense hasta Japón, no logró transformarse en una realidad extraordinaria.
  
Por eso el sueño futbolero terminó. Barcelona fue inalcanzable, sobre todo en el segundo tiempo. Ahora, con el hecho consumado, vale refrescar algunos conceptos que Marcelo Gallardo volcó en El Gráfico luego de la consagración en la Copa Libertadores el miércoles 5 de agosto de 2015: "Al Barcelona lo vengo viendo hace muchos años y no sé como carajo hay que hacer para ganarle. Aunque después de la ida de Guardiola el equipo parece más terrenal".
  
Faltaría agregar que luego de la despedida de Pep Guardiola se sumaron Neymar y Luis Suárez al plantel que hoy conduce Luis Enrique. Y Messi, aún sin la velocidad y la quinta marcha que dejaba a los rivales parados como estacas, sigue siendo el jugador más desequilibrante del mundo.

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River no salió a aguantar el partido, como lo hizo hace un año San Lorenzo ante el Real Madrid en Marruecos. Salió a jugarlo. Que no significa suicidarse. O regalarse en el medio y en el fondo. Y lo jugó con una apreciable convicción, presionando a los administradores de la pelota (Iniesta y Busquets, quien debió ser expulsado por el iraní Alireza Faghani sobre la media hora de la segunda etapa) y a los potenciales receptores, que se quedaron sin espacios para tocar y crear.
  
Pero Barcelona suele construir de la nada un palacio. Y más aún si el protagonista es Messi y no le sancionan una mano intencional (en realidad fue su brazo derecho) para acomodar la pelota y entrarle de zurda al palo izquierdo de Barovero. Ese  gol a los 35 minutos que no se anunciaba en el desarrollo fue desarmando la estructura que River había montado para asfixiar los circuitos del Barsa. Y tuvo una influencia sicológica que determinó el rumbo posterior del partido.
  
Fue tan potente esa influencia sicológica negativa que le quemó los papeles al Muñeco Gallardo. En el arranque del complemento el entrenador desorganizó al equipo con dos cambios: salieron Mora y Ponzio e ingresaron Martínez y Lucho González. Y se descompensó por completo River. Pensó y reflexionó menos. Se expuso muchísimo más. Pretendió ser agresivo, pero debilitó notablemente el medio. Lucho González puede ir a buscar arriba. Puede colocar una buena pelota. Pero no retrocede nunca. Ni le hace sombra a nadie. Y se notó demasiado.
  
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Ese desorden conceptual y estratégico para interpretar y leer el partido, River lo pagó carísimo porque sin necesidad, se inmoló. Barcelona encontró lo que no había encontrado en la primera mitad. Florecieron los espacios para triangular y acelerar. Y se multiplicaron las llegadas con todo a favor. Una tras otra. Algunas tapadas por Barovero. Y otras fueron adentro, concretadas por el uruguayo Suárez, siempre implacable en los últimos metros de la cancha, hasta concluir en el 3-0.
  
Plantear que a River no le alcanzó con su postura ni con sus respuestas, como en general no le alcanza a ningún equipo que se enfrenta al Barcelona, es entrar en el territorio de lo establecido. Lo suyo fue de mayor a menor. Y cierta consistencia para complicarle la circulación que había revelado durante la primera recta del encuentro, la dejó por el camino cuando Messi inventó su gol decisivo.
  
En ese tramo de relativa paridad, a River le faltó lo que le viene faltando hace varios meses: mayor agresividad ofensiva. Más juego en definitiva para habilitar con alguna ventaja a los dos puntas, Mora y Alario. Y sumarle alguna preocupación a Piqué y Mascherano, muy acostumbrados a ir al mano a mano y ganar.
  
Decir si la derrota fue más o menos digna es recorrer el camino de los lugares comunes. Se esperaba algo más de River. Y quizás algo más de Gallardo en el lugar preciso y en el momento adecuado.
  
El 3-0 fue inobjetable
. Barcelona es el mejor equipo del mundo. Y el sueño de River terminó. Como sentenció en otro marco y en otro contexto John Lennon, allá lejos y hace tiempo.

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