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Fútbol
24 | 12 | 2015
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La mochila de Messi

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


En cada oportunidad en que el astro del Barcelona sufre un contratiempo profesional o privado con alguna vinculación con la Argentina, surge de inmediato una pregunta absurda: “¿Cuánto tiempo más va a soportar Messi seguir jugando para la Selección?” Esta teoría de la victimización permanente precipita confusiones. Y crea microclimas desfavorables.

La mochila de Messi
Foto:

Cuando un par de hinchas de River en el aeropuerto de Tokio insultaron y en algún caso escupieron a Leo Messi, volvió a instalarse una vez más en el ambiente del fútbol argentino una muletilla tan aburrida como desgastante que se consume en una pregunta absurda: "¿Cuánto tiempo más va a soportar Messi seguir jugando para la Selección nacional?".

Si por cada contratiempo (en este caso la actitud agresiva de algunos hinchas de River) o por las críticas que pueden afectarlo cuando viste la camiseta de Argentina corre serio riesgo la continuidad de Messi en la Selección, estaremos en presencia de una especie de extorsión velada que no la ejecuta el mejor jugador del mundo. La promueven otros. Y la fogonean otros desde tribunas públicas.

¿Quiénes? Los infaltables obsecuentes de Messi, que por supuesto no son pocos. Hacen cola para ver quién es más obsecuente. Porque una cosa es la admiración total y otra muy diferente la obsecuencia para intentar sacar hoy o mañana una ventajita o una ventaja importante.

La realidad es que no precisa Messi gozar de este tipo de protecciones tan particulares. Él se protege en la cancha. Como lo hacía Diego Maradona. Ahí, en la cancha, se desvanecen las palabras. Prevalecen las conductas, los rendimientos, los golazos. Que pueden interpretarse, pero tienen la prepotencia del hecho consumado.

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Es cierto, los que lo frecuentan confirman que a Messi le duelen demasiado las críticas que recibe en la Argentina, aunque nunca está de más afirmar que recibir críticas no gratifican a nadie, más allá de que sea políticamente correcto sostener que son bienvenidas para abonar un camino de crecimiento.

Esas críticas atendibles o fuera de lugar que en muchas oportunidades se focalizan en la figura estelar de Messi no deberían generar las típicas respuestas que alientan algo muy parecido a la victimización. Messi no es una víctima de críticas despiadadas. Habrá alguna, pero queda descolocada. No hubo ni hay ninguna operación en marcha para debilitarlo. O para mostrarlo como alguien ajeno al sentimiento de la argentinidad.

Que siente que en su país no le llueven flores las 24 horas del día es una verdad irrebatible. No le tiran flores a cada paso, como suele suceder naturalmente en Cataluña desde hace por lo menos una década. La diferencia es muy simple y muy fácil de advertir: todo lo que le dio al Barcelona no se lo pudo dar a la Selección. Y ese costo es una mochila cada vez más pesada y más difícil de asumir.

Especular con una reiteración llamativa respecto a una probable renuncia de Messi a la Selección (más tarde o más temprano) por algún tipo de microclima que no es el ideal, no deja de ser un escenario tremendista que tampoco favorece al astro argentino. Por el contrario: lo expone más.

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La sobreprotección no es una estrategia recomendable. Porque la vida y el fútbol están llenas de adversidades más pequeñas o más grandes que hay que afrontar todos los días. Messi, a los 28 años, ya forma parte de una generación de futbolistas que en la Selección no lograron plasmar en plenitud sus virtudes excepcionales. Aunque el único excepcional es Messi. El encarna la suma de todas las perfecciones técnicas. Y se le exige en la medida de una jerarquía hoy sin equivalencias en el fútbol mundial.

Pero aquí, en la Argentina, hay que ratificar por si hiciera falta que Messi continúa sin conquistar unanimidades. Y esto no se resuelve con decretos. Ni escondiendo las críticas. Ni construyéndole un blindaje mediático. Lo sabe Messi. Lo supo siempre. El problema es que el dolor es tan intransferible como el placer.        

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