viernes 9.12.2016 - Actualizado hace
Fútbol
31 | 12 | 2015
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La apuesta de Independiente

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Presionado por el ambiente que le reclama un campeonato, el Rojo parece obligado en el primer semestre de 2016 a ganar lo que no gana desde aquel Apertura 2002. Desde el arribo de Pellegrino, el equipo creció en resultados y juego. Pero no tuvo la suficiente cuota de agresividad y concentración para alcanzar los objetivos.

La apuesta de Independiente
Diego Vera. Foto: José Brusco / Diario Popular
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"Ahora Independiente está obligado a salir campeón". La frase circula por todos los pasillos más angostos o más anchos del fútbol argentino con una gran naturalidad. Se dice y se repite que Independiente en el primer semestre de 2016 tiene prácticamente servido en bandeja el campeonato corto que se va a organizar, contemplando que Boca, River, San Lorenzo, Rosario Central, Huracán y Racing (el Globo y la Academia tienen que jugar un repechaje frente al Caracas de Venezuela y el Puebla de México, respectivamente, para entrar a la fase de grupos) participarán de la Copa Libertadores 2016.

El presidente de Independiente, Hugo Moyano, suele abonar también esta demanda con algunas palabras que destilan voluntarismo: "Estoy convencido que en el 2016 se vienen tiempos de festejos para los hinchas rojos".

Una pregunta infaltable: ¿en el fútbol de ayer, de hoy y de todos los tiempos, se pueden adelantar consagraciones? La respuesta es categórica: no. Nadie está en condiciones de anticipar absolutamente nada. Ni los que miran ni los que juegan. A lo sumo, lo único que puede anticiparse es una expresión de deseos. No más que eso.

Lo que se advierte es que Independiente logró armarse futbolísticamente a partir del arribo del entrenador Mauricio Pellegrino. Lo certifican los números: bajo la conducción de Pellegrino, el equipo jugó entre campeonato local, Copa Argentina, Copa Sudamericana y Liguilla Pre Libertadores, 25 partidos, sumó 14 victorias, 7 empates y 4 derrotas, anotó 35 goles y le marcaron 16, lo que registra un 65,33 por ciento de los puntos que disputó.

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Pero más allá de los números, siempre relativos e insuficientes para medir aptitudes y rendimientos, queda en primer plano el nivel de juego que expresó Independiente. Que por supuesto no fue brillante ni espectacular, pero le dio aire para construir una esperanza a futuro.

¿Qué denunció el equipo en los últimos seis meses de 2015? Que podía ser ofensivo sin suicidarse. Que podía atacar con mucha gente sin desmantelarse de mitad de campo hacia atrás, aunque el Ruso Rodríguez diera evidentes ventajas en el arco. Que podía tocar y hacer circular la pelota para encontrar los espacios sin ganarse la chapa de equipo con más posesión que eficacia ofensiva.

Pellegrino, aún siendo un técnico de origen tacticista, reveló en Independiente capacidad para trascender los límites de ese tacticismo. Porque la táctica es un complemento valioso del fútbol, pero no es el elemento fundamental del fútbol. Lo fundamental del fútbol es el juego. Y los jugadores que lo interpretan mejor o peor.

Lo que se le reconoció a este Independiente de Pellegrino es, precisamente, el concepto para saber juntarse en la cancha. Para no atomizarse. Para no quebrarse. Para no desprotegerse atrás ni debilitarse arriba. Juntar a los intérpretes, en definitiva.  Para fortalecer colectivamente al equipo, sin asfixiar la creatividad de algunas de sus individualidades. El más influyente, sin dudas, en el rubro de la creatividad y el desequilibrio, fue Martín Benítez, bien acompañado por el uruguayo Diego Vera y por la buena lectura del pase y la elaboración que encarnó Jesús Méndez, victimizado por los árbitros, muy sensibles a sacarle tarjeta roja ante cualquier eventualidad.

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¿Por qué jugando bien Independiente no logró conquistar ninguno de los objetivos que persiguió como la Copa Argentina, la Sudaméricana y la Liguilla Pre Libertadores en los dos cruces decisivos frente a Racing? Porque le  faltó mayor determinación. ¿Qué es la determinación aplicada al fútbol? La agresividad para leer, entender y jugar los partidos que definen rumbos. La agresividad es lo que en alguna ocasión el Gringo Giusti rescató con estas palabras: "Es jugar 90 minutos con la máxima concentración. Pero no 7, 8 o 9 jugadores. Porque si 2 o 3 no están en esa misma frecuencia, perdés por un error que no podés cometer. Todos tienen que estar metidos al mango en el partido. Todos. Si un equipo lo consigue, ese equipo está para grandes cosas. Y es probable que los rivales ni puedan patearle al arco".
 
Quedó comprobado que Independiente todavía no estaba para grandes cosas. Estaba para proyectarse. Para alentar en el corto plazo otro salto de calidad. Pero sin certezas de ninguna especie. El fútbol no las provee. Nunca lo hizo. La chance de ganar lo que no gana desde aquel Apertura de 2002 cuando en 19 partidos anotó 48 goles y salió campeón con el Tolo Gallego, no deja de ser una aspiración proclamada. Pero no una obligación.

Porque si se asume como una obligación, se niega el juego. Y el fútbol, mal que les pese a los tecnócratas que ganan espacios en todas las áreas, sigue siendo un juego. El mejor juego.

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