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Opinión
06 | 01 | 2016
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Cristina eligió el Congreso como campo de su batalla

José Di Mauro
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Por José Di Mauro


Los que la recuerdan como legisladora saben que Cristina puede ser implacable a la hora de hostigar un gobierno ajeno. Lo hizo en el Congreso y se propone hacerlo ahora a pesar de no ocupar una banca.

Cristina eligió el Congreso como campo de su batalla
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Cuando se aproximaba el momento en el que Cristina Kirchner dejaría la presidencia, muchos se preguntaban cómo sería en el llano. La pregunta debió haber sido cómo sería Cristina en la oposición, que es donde claramente está hoy asentada, a pesar de no escucharse su voz ni vérsela a diario. Y la respuesta no sería difícil de imaginar: bastaría con revisar los archivos y recordarla de los tiempos en que se hizo conocida por su carácter duro e implacable, cuando era sólo una legisladora.

En rigor, no fue mucho tiempo opositora, apenas dos años; en general, desde 1994 cuando se hizo visible a nivel nacional, primero en la Convención Constituyente y luego en el Congreso nacional como senadora, era parte del bloque oficialista. Pero desde allí se las arregló para hacerse notar, e intransigente como se la recuerda nunca les resultó fácil a sus pares sobrellevar sus desplantes.

De hecho, en 1997 terminaron echándola del bloque PJ del Senado, ante su negativa a apoyar el texto de creación del Consejo de la Magistratura que impulsaba el gobierno de Carlos Menem.

Después pasó tres años en el bloque oficialista de Diputados, donde siguió marcando diferencias con el gobierno menemista, aunque nunca se fue del partido. Solo dos años pasó en la oposición, cuando la Alianza ganó las elecciones, y de regreso en el Senado, lo primero que hizo fue emitir como presidenta de la Comisión de Asuntos Constitucionales un dictamen para que el Congreso autoprorrogara las sesiones ordinarias hasta el 28 de febrero, en una medida que representó una nueva estocada contra el gobierno, ya que pretendía en ese tiempo dejarle las manos libres al PJ para votar la derogación de las facultades especiales de Domingo Cavallo, así como impulsaba la reforma a la ley de Acefalía, lo que era tomado por el radicalismo como un embate por la cabeza misma del poder.

Hubiera sido un gran conflicto institucional el que CFK promovía, pero no hubo tiempo para verificarlo, pues menos de una semana más tarde cayó Fernando de la Rúa.

De vuelta en el oficialismo, no sorprendió que formara parte de la oposición interna al presidente Eduardo Duhalde y protagonizó un recordado suceso cuando puso en riesgo la derogación de la Ley de Subversión Económica, que ese gobierno necesitaba para conseguir ayuda del FMI. Y para evitar la derogación, la entonces senadora le mandó el avión sanitario de Santa Cruz a un senador correntino para traerlo a tiempo para votar en contra. Duhalde salvó la ropa cuando logró que la UCR retirara a una senadora y empató la votación, pero esto confirma que la ex presidenta puede ser un enemigo letal cuando se lo propone. Y siempre está dispuesta a ello.

Si bien Cristina pasó los últimos ocho años como presidenta de la Nación, hay que tener en cuenta que conoce aun más el rol parlamentario, pues fue doce años legisladora: nueve senadora y tres diputada nacional. Por eso es que debe haber meditado muy bien durante los últimos tiempos el papel que ejercerá fuera del gobierno, a partir de la potencia legislativa con la que pueda contar, aun sin estar ella sentada en una banca.

En la Cámara baja cuenta con la fidelidad plena de alrededor de 43 diputados, 24 de La Cámpora. Son casi la mitad del total, que asciende a 95. En el Senado, donde el FpV es mayoría, los cristinistas puros son solo seis, de un bloque de 40. A lo sumo, los fieles a Cristina podrían llegar a la decena. En ambos casos, son números envidiables, pero más allá de eso debe recordarse que hasta ahora todas sus demandas han sido satisfechas. Y son muy pocos los que ya han mostrado intenciones de distanciarse de la ex mandataria.

¿O acaso no aceptaron cuando ella dispuso que Héctor Recalde presidiera el bloque del FpV en la Cámara baja? Nadie objetó cuando ella digitó a Ricardo Echegaray para reemplazar a Leandro Despouy al frente de la AGN.

Fue el propio Recalde el que acompañó al ultra K Martín Sabbatella el último sábado en una playa de Villa Gesell, donde ante el grito de guerra kirchnerista de "vamos a volver", que se repite en cada acto K, rechazó la conjugación en "futuro". ¿Qué es eso de que vamos a volver?, preguntó, para aseverar luego, contundente: "Ya estamos volviendo".

Lo cierto es que para que eventualmente esa posibilidad se concrete habría que esperar al menos dos elecciones, pues las presidenciales son en 2019. Pero el espíritu kirchnerista pareciera querer convencerse de lo contrario. Demasiado tiempo en el poder los lleva a comparar el llano con un espacio de resistencia. Hablan de defender "los derechos conquistados" y ponen el grito en el cielo ante lo que definen como "excesos" del flamante gobierno. Punta de lanza de la estrategia de emparentar al gobierno de Macri con las más oscuras experiencias, Recalde habla de poner "límites a un gobierno que fue electo, pero que gobierna de facto".

Macri es "la derecha" y el kirchnerismo llega al punto de hacer un reconocimiento extraño al nuevo gobierno, al decir que "por primera vez la derecha llegó al gobierno a través de las urnas". Eso los deja a un paso de que, ante determinadas actitudes de ese gobierno, puedan tildarlo de antidemocrático y proceder en consecuencia.

Si bien Cambiemos no está ni cerca de ser mayoría en alguna de las cámaras, desde el FpV se denuncia que el gobierno busca "el poder hegemónico", como cuando alcanzaron a frenar la designación de Pablo Tonelli en el Consejo de la Magistratura, o aseguran que "este modelo liberal ortodoxo del presidente Macri no cierra sin represión", como denunciaron tras el desalojo de trabajadores de Cresta Roja en la Riccheri.

El gobierno de Cristina tomó por costumbre alertar sobre intentos "destituyentes", pero el de Mauricio Macri llevaba apenas seis días cuando ante la designación "en comisión" de dos jueces para la Corte, el bloque K de diputados amenazó con analizar las "responsabilidades penales, civiles y patrimoniales" del flamante Presidente, y hablaron de analizar la posibilidad jurídica del Congreso para autoconvocar a extraordinarias.

Un día después, al cumplir el gobierno su primera semana en el poder, el kirchnerismo realizó una multitudinaria marcha de protesta al Congreso en principio defensa de la Ley de Medios, pero que tuvo como argumentos los DNU en general.

Fuentes legislativas consultadas por DIARIO POPULAR confirmaron que la Presidenta ha llamado permanentemente desde El Calafate al Parlamento para dar directivas a los legisladores. En Diputados hacen no menos de una conferencia de prensa por semana para protestar contra el gobierno; Cristina digitó los nombres de los integrantes opositores para la bicameral de seguimiento de los DNU, y echó para atrás el acuerdo que repartía la presidencia de esa bicameral entre el oficialismo y la oposición, a razón de un año para cada uno, reduciendo esos plazos a seis meses. Cambiemos no aceptó y fracasó el entendimiento.

Los propios legisladores kirchneristas confirmaron que jugó un papel relevante en el fracaso de la sesión en la Legislatura bonaerense, que dejó sin Presupuesto a María Eugenia Vidal.

Es el camino que eligió Cristina para mostrarse beligerante y omnipresente fuera del poder. Se vinculan también sus actitudes con la fuerte inquietud que despierta la posibilidad de que la Justicia avance en causas que la puedan llevar a ella o a sus allegados a visitar seguido Tribunales.

Como sea, nadie le cree a José Ottavis cuando dice haberla visto a Cristina "dando consejos y opiniones, pero esencialmente abuela". Por el contrario, en el gobierno están convencidos de que la consigna que recibieron los seguidores kirchneristas es no darle al gobierno actual ni un minuto de tregua.

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