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Historias de vida
16 | 01 | 2016
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En Almagro todos saben que Romanito barrió con la mufa

Sergio Tomaro
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Por Sergio Tomaro


Creció en José Ingenieros y desde 1956 empezó a tener un vínculo singular con el club, al punto que en el último año se convirtió en un talismán viviente de los futbolistas que lograron el ascenso al Nacional B.

En Almagro todos saben que Romanito barrió con la mufa
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A los 79 años, Francisco Romano acaba de sumar un mimo importante a una vida forjada en el trabajo, la calle, los códigos de barrio, las murgas y el amor entrañable por sus afectos: el ascenso al Nacional B de su querido Almagro, ese buen amigo que conoció el día que en 1956 el club de los tres colores afincó su cancha en José Ingenieros.

Romanito, apodo que se ganó a los 17 años y mantiene hasta ahora a modo de identificación exclusiva, es para muchos jugadores del sorprendente Tricolor un auténtico talismán que barrió con la mala vibra que parecía haberse ensañado con el equipo que hacía seis años militaba en la tercera categoría del fútbol argentino, había perdido una final por penales en 2013 y boyaba por el certamen de B Metro con más pena que gloria.

El conjuro utilizado combinó pasión almagrense, la habilidad murguera aun inalterable desde los tiempos en los que los carnavales lo acercaron a un arte de perfil popular, como el fútbol, y sus reminiscencias de barrendero de la municipalidad de Buenos Aires, en la que se jubiló tras 48 años de servicios.

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Como si fuera una marca del destino, la calle siempre ocupó un papel central en la vida de este laburante que antes de hacer carrera en la Dirección de Limpieza porteña, fue vendedor ambulante de mil y un productos en barrios de la Capital y el Conurbano.

"Mi papá que era peluquero y profesor de música, me propuso cuando yo tenía 10 años enseñarme su oficio para que me desarrollara en la peluquería pero le dije que eso no me gustaba porque iba a estar encerrado en un local y que prefería la calle", destacó Romanito a HISTORIAS DE VIDA.

Fue en esa calle de entonces donde comenzó a identificarse con la cultura del trabajo, primero como botellero, después como vendedor de sandías o pollos en carro, hombreando bolsas con limones, y en la compraventa de muebles usados.

Diferencias con un socio lo acercaron a la municipalidad, después de haber sido por un tiempo empleado de la fábrica de bizcochos Canale, y paradójicamente con el empleo de barrendero siguió ligado con la calle de la que asegura, tanto aprendió.

'Un capataz mío, Mario Garbano, me dijo un día que me quejaba por el sueldo en la Dirección de Limpieza que no tenía que pensar sólo en el hoy, sino mirar para el mañana, consejo que me sirvió de mucho", rememoró quien en 1975 recaló como utilero de Almagro.

"Yo ya era hincha porque la cancha se instaló cerca de casa pero un día se dio la posibilidad de ayudar al viejo utilero del club, don Humberto Arce, y así entré más en Almagro", dijo quien hoy se desempeña como control en el estadio Tres de Febrero.

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Pasión de sábado

De más está decir que Romanito respira fútbol y que el ascenso le tira mucho tras tantos sábados acumulando en las retinas partidos de Almagro ya sea en su rol de hincha, utilero o control.

Tanta cercanía con el club lo llevó a principios de la temporada pasada a probar con una cábala para favorecer al equipo: ir al vestuario antes del partido y hacer danza murguera al ritmo de las palmas de los jugadores quienes desde entonces lo esperan ansiosos para bailar y así salir a la cancha.

Casi siempre, en el acceso al estadio donde trabaja de control, recibe decenas de saludos de hinchas y vecinos que lo reconocen parado en el espacio físico que conjuga sus pasiones: la cancha de Almagro y la calle, como no podía ser de otra manera.

En las ferias, todo un amigo

Francisco, es decir Romanito, no deja de mencionar a toda la gente que quiere y recuerda como sus hijas Elena y Cecilia, sus nietos Santino y Emma, su yerno Marcelo y sus sobrinos Diego, Elizabeth, Carolina, Noelia y Flavia. No se olvida de José Ingenieros, que lo adoptó de chiquito cuando vino con su familia de Floresta, ni de Fuerte Apache y tiene presente a su esposa, Ernestina, que murió en el 83. Sus afectos y el trabajo también son piezas indivisibles de su esencia campechana que demostraba cuando era barrendero aplicaba en las ferias de San Alberto y Nazca y Larsen y Artigas en Villa Pueyrredón. Allí, en medio de su responsabilidad como municipal, le daba una mano a los feriantes para armar los puestos. Así aprendió ese oficio, el de tarimbero, y sumó recompensas a granel por su colaboración. "Sabés -recuerda- al fin del día volvía a casa con un bolsa llena de la verduras y frutas que me regalaban".

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La murga era elegante, pero el director desafinaba

Del mismo modo que el fútbol, la actividad murguera que Romanito desplegó por más de veinte años, ocupa una porción importante de su corazón. De hecho fue uno de los fundadores de Los Elegantes de José Ingenieros, y la integró entre 1959 y 1975.

"En Los Elegantes llegué a ser director general y tesorero pero ya había arrancado antes porque entre el 54 y el 58 pasé por Los Delicados de Ciudadela, Los Enamorados de Villa Parque Caseros y Los Revoltosos de Villa Real", contó con la felicidad de revivir en el alma la adrenalina carnavalesca.

Romanito recordó que con un grupo de amigos empezó a darle forma a Los Elegantes y se encontraron con que el organizador "no podía cantar ni el arroz con leche, cosa que le hicimos saber además de señalarle -indicó- que no daba buena imagen de director de murga bailando disfrazado de mujer".

Le quedaron muy gratos recuerdos de esos años como una foto ataviado de murguero tomada en un corso que conservaba cuando era jefe en el corralón de Limpieza. Allí una vez un vecino fue a quejarse por el servicio y lo increpó diciéndole que sus dirigidos eran unos payasos. Romanito se acordó de la foto, le pidió que lo esperara y la fue a buscar a su oficina para mostrársela al indignado contribuyente: 'Ve, tiene razón, ese soy yo, el que está disfrazado de payaso". El vecino estalló en carcajadas.

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