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Vienen Sonando
05 | 02 | 2016
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Una reedición suprema para John Coltrane

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Una reedición suprema para John Coltrane
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El inconformable poeta, novelista y crítico Philip Larkin, un aclamado erudito en las letras inglesas y gran acaparador de elogios de monstruos sagrados contemporáneos del pedigree de, por ejemplo, un Martín Amis, consideraba a John Coltrane apenas como "un saxo tenor con 50 piernas" y estaba de acuerdo con Jimmy Rushing en que el (para el resto del mundo) Gran Trane ni siquiera "podía tocar su instrumento".

Estaba claro que, para afirmar lo que sostenían, tanto Larkin como el tal Rushing (un tipo que tocaba en la banda de Count Basie) jamás dejaron ver el mínimo síntoma de sensibilidad, riesgo y visión para olfatear, comprender y sentir en la sangre más allá de sus impecables cabezas huecas, aisladas como leprosos en los límites de las solemnes cuatro paredes de una biblioteca o la barra de un bar.

Más urbana y más poética, sin embargo, fue la sentencia marcial esgrimida en la misma época por el enorme LeRoi Jones en su indispensable libro "Black Music".

También poeta, dramaturgo y prosista, pero de la más sufrida cultura negra, empapada en la cruel realidad, Jones disparó que la música de Coltrane "es una de las razones por las que el suicidio resulta aburrido".

La reedición que ahora nos ocupa, "A Love Supreme/ The Complete Masters" (Universal), es la obra maestra de Coltrane y como ninguna otra merece más de una pasada. Grabado originalmente en diciembre de 1964, cuando entre los inquilinos menos hip del planeta estallaba la beatlemanía, "A Love Supreme" es un elástico y sentido agradecimiento a Dios, después de que el mejor saxofonista tenor de todos los tiempos sepultara su adicción a la heroína.

"A Love Supreme" es al jazz lo que "Moby Dick" a la grand nouvelle.

Libre, inspirado, volado, prodigioso, profundamente religioso y bendecido por todos los dioses del Olimpo. McCoy Tyner sentado en el piano, quemando octavas en el humeante teclado de marfil; Jimmy Garrison al contrabajo, en un éxtasis de cuerdas gruesas como salchichas y madera curtida; y el temible Elvin Jones en los castigados tambores, franqueándole el portón del Paraíso a sus redimidos demonios. Cuando grabaron este disco, el trío ya tenía el cuerpo y el alma entrenados durante tres años en el campo de concentración de Trane.

Sabían cuándo y dónde imprimir intensidad y explotar cuando la luz del faro, la presencia intimidante de Coltrane, girara su estupor estéril a derecha o izquierda; arriba o abajo. Atrapados en la agonía de esos solos colosales de Trane, que aparecen y desaparecen en caóticas volutas espiraladas y densas que van ahogándose, indefensas, en el intenso pulso de la improvisación iluminada. Una suerte de tragedia que sólo podría haber sido descrita a la perfección en uno de esos dibujos propulsados a carbonilla por Willem de Kooning con los ojos cerrados.

Un disco dividido en cuatro movimientos: "Acknowledgement", "Resolution", "Pursuance" y "Psalm", que ahora se presenta en una edición aumentada y enriquecida de dos cd's donde están presentes, por primera vez, todas aquellas irrepetibles sesiones producidas por Bob Thiele y grabadas por Rudy Van Gelder en Nueva Jersey.

Repletas de aciertos y errores, claro. Pero errores y descartes que, en rigor de la verdad, están muy por encima de esa música que factura el presente, ésa que eriza la piel pero que jamás llegará a morder el hueso.



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