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Lizy Tagliani: "Siempre defiendo el amor"

Sergio Pjaseczny
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Por Sergio Pjaseczny


Indica que es muy fácil convivir con ella porque defiende sus afectos "a ultranza". Eso sí, no tolera la infidelidad. Dice que cuando se mira al espejo "me asusto pero me gusta". Y que es de la generación de trans que si se casaban compraban un gatito y ni pensaban en hijos.

Lizy Tagliani: Siempre defiendo el amor
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Toma al cuerpo tan sólo como un envase. Se describe como una persona como cualquiera a la que las circunstancias que le tocaron atravesar mejoraron ostensiblemente su calidad de vida. Se reconoce estable en el orden anímico. Le encanta celebrar su cumpleaños. En esta ocasión, Lizy Tagliani confiesa, entre otras cosas, que su máxima aspiración es morirse sabiendo que ha sido una buena persona.

l Para usted, ¿el cuerpo es su prisión o su resguardo?

-El cuerpo no condiciona ningún aspecto de mi existencia. Es sólo el envase con el que estoy viviendo.

l ¿A quién recurre cada vez que puede?

-A mi familia, porque es un colchón de energía donde me revitalizo y tomo fuerzas para volver al exterior.

l ¿Ante qué cosas se siente indefensa?

-Ante la violencia.

l En ese caso, ¿cómo acciona?

-No tengo muchos mecanismos. Actúo con cuidado. La gente tiene una violencia natural y, en general, estamos acostumbrados a que el otro agreda y uno siempre esté a la defensiva, cosa que no me gusta. En realidad, la violencia, en todos sus estilos, me hace vulnerable.

l ¿Qué trascendencia le da al dinero?

-Sé que es importante, por el mundo en que vivimos, pero no me quita el sueño. El dinero no forma parte de mis relaciones. Nunca vinculo al dinero con el otro. Me disgusta que lo material le gane a lo espiritual.

l ¿Para qué le falta valor?

-No dejo de hacer nada por temor o falta de valor. Soy una persona que necesita vivir y eso implica enfrentar las situaciones que se me presentan. No me gusta mandar a un batallón para que defienda mi vida.

l ¿Qué haría si su pareja le confiesa que la engañó?

-Me ha sido infiel y estuvimos tres años separados.

l ¿Qué le dejaron los hombres que tuvo a su lado?


-Aprendí que para amar a otro uno debe amarse mucho a sí mismo, porque el amor empieza por uno.

l Anímicamente, ¿es estable o ciclotímica?


-Soy muy estable y tengo buen humor. Jamás levanto la voz. Discuto con el mismo tono con el que hablo cotidianamente. Ante cualquier discusión, pienso mucho lo que voy a decir y, a veces, me lo guardo porque considero que es innecesario herir al otro tan sólo por ganar una pelea.

l ¿Qué tiene de bueno vivir con usted?

-De muy bueno, porque soy de muy fácil convivencia y defiendo a mis amores a ultranza.

l Su cumpleaños, ¿la alegra o la entristece?

-Es la única fecha que festejo. Me gusta recibir regalos en mi cumpleaños, que vengan a mi fiesta, disfrutar, que me salude todo el mundo.

l Describa la primera imagen que le aparece de su infancia.

-Me veo festejando mi cumpleaños con una camisa de seda negra. Mi mamá me vestía como Sandro, pero yo quería ser Valeria Lynch (risas).

l ¿Qué ve al mirarse al espejo?

-Es una imagen que me asusta, pero me gusta (risas).

l ¿Se haría una cirugía estética?


-No. Si tuviera que hacerme una cirugía lo haría sólo por el costado de la femineidad.

l El paso de los años, ¿le pesa?

-Para nada. Me encanta que pasen los años.

l ¿Tiene relación con sus familiares?

-Estoy recomponiendo algunos vínculos. Mi familia son mi mamá y mi papá. Ellos me ayudaron a forjar mi personalidad y me aislaron de los comentarios de gente externa de nuestra familia. Tengo dos tías, a las que quiero mucho, pero no siento que deba brindarles explicación ni que nos debamos nada.

l ¿Se ha planteado la posibilidad de tener hijos?

-Jamás.

l ¿No hay en su vida espacio para un hijo?

-Culturalmente, no. Generacionalmente, tampoco. Soy de las chicas trans que cuando se casaban se compraban un helecho, un gato o un perro yorkshire como Jazmín de Susana.

l ¿Tiene remordimientos?

-Haber tenido vergüenza de que mis padres fuesen humildes.

l ¿Venció esa vergüenza?

-Sí, de grande, cuando empecé a trabajar y a darme cuenta de los sacrificios que ellos hacían para que no me falte nada. Cuando tomé conciencia del esfuerzo que es ser padre, comencé a sentirme más orgullosa. De chiquita, esos sacrificios me parecían naturales y me avergonzaba mucho que mi papá fuese carnicero y mi mamá mucama, sobre todo porque iba a un colegio privado donde todos eran hijos de médicos y abogados.


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