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25 | 02 | 2016
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La Leona: todo final es un comienzo

Natalia Arenas
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Por Natalia Arenas


Sorpresa en la novela de Telefé. La intempestiva muerte de Pedro Leone (Hugo Arana), luego de haber sido despedido de la textil, marca un antes y un después en la historia protagonizada por Nancy Duplaá y Pablo Echarri. La verdadera lucha, la visceral, comienza ahora

La Leona: todo final es un comienzo
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Los televidentes no estamos acostumbrados a las sorpresas. De un tiempo a esta parte, las ficciones no sorprenden. No porque sus guionistas se nieguen a dar golpes de efecto, sino porque la ansiedad, el minuto a minuto puede más y siempre, siempre, se anticipa el día anterior casi todo lo que va a pasar en el capítulo siguiente. O peor aún: unos días antes, algún portal de noticias tuitea la "primicia" y quienes todavía queremos asombrarnos, emocionarnos, indignarnos con la novedad nos conformamos con el juego casi esquizofrénico de ver lo que ya sabemos que va a pasar. Y emocionarnos un poco. Como si no supiéramos.

Pero (y qué alegrón que haya un "pero") el capítulo de La Leona que este miércoles transmitió Telefé fue una excepción a esta constante.

Como sabrán sus seguidores, la novela protagonizada por Nancy Duplaá y Pablo Echarri narra la historia de una fábrica textil que está al borde de la quiebra y su dueño (Miguel Ángel Solá) para no asumir los costos, contrata a un equipo de recursos humanos, que no son más que los clásicos "vaciadores de empresas". Despidos (en principio, aislados), suspensiones, rotura de máquinas, cese de pago a la obra social es el combo con el que se viene este trío demoledor (integrado por Echarri, Mónica Antonópulos y Ludovico Di Santo) dispuesto a todo. Franco Uribe (Echarri) en realidad tiene una batalla personal con Claus Miller (Solá) –porque ¡ay! son hijo y padre- pero eso quedará para otra nota. En medio de todo eso, está la historia de la familia protagonista de la novela que es la de María Leone (Duplaá), casi todos ellos trabajadores de la textil.

Pedro Leone (Hugo Arana) es el obrero más antiguo y fiel de la fábrica (hace 40 años que está allí) y junto a su hija María encabeza la lucha que intenta frenar la inevitable ola de despidos. O encabezaba... hasta ayer. Porque Pedro, inesperadamente, dolorosamente, injustamente ayer se murió. Una escena impecable entre Arana y Echarri lo anticipó: por pedido de Miller, Uribe tiene que echar al padre de María. Como cualquier jefe de Recursos Humanos, encargado del trabajo sucio, Uribe zigzaguea entre elogios y la realidad. Está incómodo y Leone lo nota. El diálogo entre ambos se vuelve insostenible y entonces Uribe, derrotado, dice la frase mortal: "A partir de este instante, usted deja de pertenecer a esta empresa". Y ahí, precisamente ahí, la bronca, el odio, la indignación de Leone se transforma en una tristeza que pareciera que sólo un actor como Hugo Arana puede personificar. Porque es eso lo que logra Arana: personificar la tristeza, la inconmensurable tristeza de un obrero, de un hombre al que, después de 40 años de laburar en una fábrica, un pendejo de traje lo echa como a un perro. O peor que a un perro.

El viaje en bicicleta de su (ahora) ex lugar de trabajo hacia su casa es en cámara lenta, claro, exactamente como lo debe haber sentido Pedro. Ese "no llegar más". Pero llega. Y se encuentra con su hija María y con su adorada compañera (Patricia Palmer). "Me despidieron", dice. Y se va cayendo de a poco. Y uno, desde su casa, no entiende cómo nadie llama a una ambulancia, a un médico. Pero es todo tan rápido. Y se cae. Y se muere en los brazos de su hija y su mujer.

Un final poético para Pedro, porque mientras se va acercando a su muerte, agitan sus alas mariposas negras y blancas, que acaban de abandonar su condición de gusanos, celosamente vigiladas por Diana Liberman (Esther Goris). "Todo final es un comienzo. Todo comienzo es un final", dice Diana. Y Pedro se muere. Intempestiva e irremediablemente, se muere.

La consecuencia directa de la muerte de Pedro es la toma de la fábrica, encabezada por María y su furia. María y su dolor. Y entonces uno se pregunta cuántos se habrán muerto a fines de la década de los 90 en situaciones similares. Cuántos se infartaron porque se quedaron sin trabajo, cuántos se suicidaron porque los agarró el "corralito", a principios de 2000.

La Leona logró sorprender. Ya no hay culebrón ni historia de amor. La calentura inicial entre María y Franco se fue diluyendo y parece imposible de remontar. Y uno espera que no se remonte: porque, desde todo punto de vista, Franco es culpable de la muerte de Pedro. Y de eso... ¿cómo se vuelve?

"Mi sangre te va a salpicar", le había advertido Pedro a Uribe antes de que Franco pronunciara la sentencia final. Y todos esperamos que así sea.


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