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Fútbol
29 | 02 | 2016
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El fútbol sin Riquelme

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Hace poco más de un año Juan Román Riquelme anunció su retiro. Y su ausencia de las canchas sigue alimentando nostalgias inevitables. Su fútbol de autor expresaba la victoria de la inteligencia como valor supremo. Como el último eslabón de otros diez clásicos del fútbol argentino, fue un elegido que nunca se confundió.

El fútbol sin Riquelme
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La distancia siempre permite mirar los hechos del pasado desde una mejor perspectiva. La distancia, en definitiva, relativiza y hasta somete algunos juicios, muchas veces apresurados del presente. Ya hace poco más de un año que Juan Román Riquelme, vistiendo la camiseta de Argentinos Juniors, abandonó la práctica profesional del fútbol. Y su ausencia continúa resignificándose.


¿Por qué se lo extraña? ¿Por qué produce nostalgia no verlo más en una cancha? Es simple la respuesta: porque su fútbol era artístico. Un fútbol de autor. Como las películas de autor. La música de autor. La cocina de autor. Los libros de autor. Ese fútbol made in Riquelme, respiraba una identidad intransferible. Era de él. Expresaba su talento. Su pensamiento. Su idea. Su estrategia. Su convicción. Eso refleja el término "autor". El sentido de la pertenencia.

Como lo expresaban otros diez notables del fútbol argentino: Maradona en primerísimo plano, después Bochini y el Beto Alonso. Ellos tres más Riquelme (Messi no es un clásico 10) fueron la síntesis más perfecta e integral del jugador que derrama su inteligencia, sin egoísmos, para abarcar todas las áreas del conocimiento.

Riquelme fue, sin dudas, el último eslabón del jugador que hacía jugar. Y que era capaz de imponerle un estilo a un equipo. Alguna vez en una charla informal con Bochini le preguntamos por aquellos días, que le pedía el Indio Solari como técnico en aquel Independiente de finales de los 80 que salió campeón en la temporada 88-89. Y el Bocha, al borde de su crepúsculo, con naturalidad, respondió: "¿Y qué me va a pedir a esta altura? ¿Qué me tire a los pies? Si yo lo único que hago es inventar". Lo dijo con sin acudir a explicaciones rebuscadas, Bochini. El inventaba a gran escala. Solari no le podía pedir otra cosa.
 
Román lo mismo: inventaba. Casi sin esforzarse. Casi caminando la cancha. O al trotecito. Ese nivel de alta inspiración para meter una pelota criminal que no mete nadie, salvo los tipos que son capaces de simplificar todas las complejidades con un par de trazos, no demanda ni requiere despliegues físicos monumentales. Son los rasgos inalterables del artista. Las pinceladas de autor.
 
Siempre supo capturar Riquelme los flashes y las instantáneas del elegido. Aún sin romperla. Aún sin tener una tarde o una noche para recordarla. Pero su mirada y comprensión futbolera siempre fue quirúrgica. O mejor dicho, artesanal. Hasta para habilitar a un compañero en la zona del mediocampo. Todo tenía un sentido de elaboración y profundidad tan fina como certera. Y eso no se adquiere. Se tiene o no se tiene. Puede perfeccionarse. Pero no se conquista. No se atrapa. No se estudia. 
 
Allá, por agosto de 2001, cuando aún no había sido transferido al Barcelona conducido por el holandés Louis Van Gaal, en la revista Al arco, el astro de Boca marcó su agenda y su interpretación del show del fútbol: "Me río de muchas explicaciones tácticas que escucho. Le mienten a la gente. Digo, 'estos están todos locos, son todos mentirosos'. ¡Si el fútbol es fácil! Está el que defiende, el que marca, el que ataca... Después, que quieran hablar mucho para que la gente crea que uno sabe más que el otro... Pero es todo mentira. No sé, que cada uno opine lo que quiera, ¿no? Lo que yo digo es que al fútbol hay que disfrutarlo y dejar de hablar tanto".
 
Ese poder de observación para separar lo periférico de lo esencial siempre le permitió a Riquelme cultivar un análisis despojado de confusiones, de tacticismos vanos, de laboratorios verseros, de pizarrones y de software estadísticos más o menos sofisticados. Un repaso por su carrera confirma que nunca Riquelme compró espejitos de colores. Nunca corrió detrás de esas zanahorias. Nunca promovió esa venta de humo para que los tecnócratas de turno se sientan reivindicados.

Igual que el Beto, el Bocha y Diego, Román no se dejó confundir. Ni confundió a los demás. Sabía cuál era su principal capital. Que es esa extraordinaria dimensión del paisaje que tiene para ver lo que otros no ven. Para entender lo que pocos entienden en esa magnitud. Por eso su ausencia sigue tan presente en todas las memorias que lo acompañan. Y lo van a seguir acompañando.  


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