domingo 11.12.2016 - Actualizado hace
Historias de vida
19 | 03 | 2016
Imprimir
Agrandar
Reducir

Juan Carlos sabe que mañana podrá realizar otro gran salto

Sergio Tomaro
0
Comentarios
Por Sergio Tomaro


Deportista de cuna, un técnico químico que trabajó en las minas de carbón en Río Turbio y en el control de calidad de explosivos en la planta de Fabricaciones Militares en Azul, a los 74 años compite como atleta.

Juan Carlos sabe que mañana podrá realizar otro gran salto
Foto:

En su condición de jubilado, el rememorar aspectos de la intensa vida que hasta aquí ha transitado, sería para Juan Carlos Rodríguez una actividad acorde a la pasividad propia de los días de retiro. Sin embargo, no porque la haya dejado de lado, para este sanjuanino de 74 años el vínculo establecido con el deporte desde niño lo lleva a además tener por delante una activa agenda redundante de entrenamientos, viajes y mucha competencia atlética.

En Azul, donde reside desde 1989, Juan Carlos integra el Círculo Azuleño de Atletas Master, disciplina que admite deportistas de 30 hasta 90 años, en la cual ha mantenido vigente el hábito que lo acompaña desde que a los 6 empezó a jugar basquet en el club Inca Huasi de San Juan: acumular copas, trofeos y medallas.

Para admiración de propios y extraños, la condición física de Rodríguez es extraordinaria al punto que el hombre se especializa en salto largo, triple y en alto, a lo que le añade también el lanzamiento de bala y jabalina. Así es que ha participado en el Mundial 2013 disputado en Brasil y en los Sudamericanos de Chile, Paraguay y Uruguay.

      juan carlos hdv (4).JPG

"Mis últimas marcas en salto en largo en los campeonatos nacionales de La Pampa, Mendoza y Chaco anduvieron entre los 3,70 y los 3,35", dijo a HISTORIAS DE VIDA el hombre que asegura que a partir del mes que viene retomará su entrenamiento "tres veces por semana en el gimnasio y otras dos en la pista".

Es que el entrenamiento se convierte en una cuestión rigurosa para quien viaja a las competencias con su esposa, Irene Peretti, Pimy como mejor se la conoce, a quien le 'regaló' los tres séptimo puestos que obtuvo en un campeonato en Medellín, Colombia, en las especialidades jabalina, y salto triple y largo, sólo por haberlo acompañado.

"Estoy muy conforme con mi vida", planteó este atleta master que no se separó un metro del deporte en los 17 años que, por ejemplo, residió en Río Turbio. Allí fue jefe de control de calidad en Yacimientos Carboníferos Fiscales y a la vuelta de su trabajo, en el frío de la noche patagónica, no sólo daba clases en el nivel secundario sino que también formaba a chicos que querían jugar al basquet.

A Juan Carlos, nacido en la localidad sanjuanina del Rodeo, el basquet cautivaba tanto que los sábados viajaba de Río Turbio a Puerto Natales, en Chile, donde jugaba para el club Boris. El domingo ya estaba de vuelta en su casa.

Los caminos de la vida

Fue en Río Turbio donde conoció a Pimy con quien a mitad de los 70 abrió un emprendimiento hotelero en Elisa, Santa Fe, de donde era oriunda la mujer, pero el alojamiento de paso montado en la ruta provincial 4 se vino abajo cuando el tristemente célebre Rodrigazo noqueó a la economía argentina.

Pudo salir adelante con el empleo que le ofreció un familiar de Pimy en la intendencia del lugar, hasta que finalmente encontró un lugar en la planta de explosivos de Fabricaciones Militares de Azul, donde finalmente se radicó.

Al barajar recuerdos, Juan Carlos también enumera la infinidad de kilómetros transitados entre San Juan, Río Turbio, Elisa, Azul y Buenos Aires, donde vino a probar suerte recién recibido como técnico químico en San Juan. Pero insiste en que se siente satisfecho con lo recorrido en todo sentido, al punto que siempre está tomando envión para que su próximo salto signifique otra marca valiosa que lo distinga más allá de los metros alcanzados que haya alcanzado.

      juan carlos hdv (1).JPG

Nunca deja de entrenar la mente

Algo a lo que Juan Carlos siempre le prestó atención fue a la formación. No por nada residió ocho meses en Inglaterra para perfeccionarse en producción carbonífera aunque también anduvo por Alemania para aprender vulcanización en frío de cintas transportadoras. Hoy, mantiene vigente aquel espíritu inquieto y como para mantener entrenada también la mente, ha hecho en los últimos años varios cursos. "El año pasado terminé uno de Historia, que empecé después de haber hecho los de Mediación y Sucesiones" aclaró, sin dejar de mencionar que también estudia inglés. Con Pimy, quien en sus años en Río Turbio aprendió a hacer exquisitas truchas en escabeche producto de las excursiones de pesca de su marido por los ríos del Sur, Juan Carlos tuvo tres hijos, Esteban, Ariel y Cristian y ambos son abuelos de tres nietos que se enorgullecen de su nono deportista toda vez que lo ven rodeado de las copas y medallas que hasta aquí ha obtenido.

"El capital más grande que tenemos es la salud. En mi caso, estoy muy bien, no tomo ni un analgésico y creo que los médicos se van a fundir conmigo, pero eso se lo debo al deporte".

Hasta los reyes quedan sin nafta en el desierto

Un capítulo formidable de la vida de Juan Carlos Rodríguez son sus viajes al Sur, que empezó a hacer de soltero uniendo los casi tres mil kilómetros que separan San Juan de Río Turbio al comando de un Citroen 2 CV que, aunque parezca mentira, llegaba a destino.

Aunque fue cambiando de marcas y modelos, por espacio de 17 años esos viajes eran parte del presente de Rodríguez quien una vez, en la soledad de la Ruta 40 y en medio de un desierto, vio venir caminando de frente a un hombre que le hacía señas. Al parar el auto, el atribulado interlocutor le dijo: 'Déjeme presentarme. Soy el Rey de los Boludos porque no calculé las distancias y me quedé sin nafta en este desierto. ¿Me ayuda?'.

En otro viaje solitario Rodríguez paró en una hostería en Garayalde, Chubut, donde el dueño del hospedaje le preguntó a quien era entonces su único huésped qué era lo que quería cenar. "Lo que tenga, le respondí y al rato entró con una carabina y dos perdices recién cazadas y que horas después estábamos comiendo", recordó Juan Carlos.

Tampoco se olvida la vez que con su esposa y los tres chicos perdieron un avión y debieron viajar en el último de los ochenta vagones del tren carbonero que tardó 18 horas en hacer los 280 kilómetros entre Río Turbio y Río Gallegos. 'Viajamos entre las bolsas de carbón y con un tacho con brasas para combatir el intenso frío', rememoró.


      Embed


Comentarios Facebook