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Opinión
25 | 03 | 2016
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Selección: un triunfo y una deuda

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


El 2-1 a Chile en Santiago luego de estar en desventaja 1-0, puede dar margen para que se filtren demasiadas lecturas triunfalistas. Pero sería un error. Es muy valiosa la victoria, aunque la Selección haya jugado mal. No manejó la pelota, defendió muy atrás y el equipo siempre quedó partido. La búsqueda de un funcionamiento.

Selección: un triunfo y una deuda
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Después de los 3 primeros partidos de las eliminatorias en los que Argentina cosechó una derrota ante Ecuador 2-0, empató contra Paraguay 0-0 e igualó frente a Brasil 1-1, el futuro inmediato de Gerardo Martino parecía estar colgado de un pincel. Conquistar 2 puntos sobre 9 posibles y mirar lo que se venía en el fixture (afuera ante Colombia y Chile), no alentaba precisamente lecturas ni diagnósticos tranquilizadores.

 
Y por supuesto no estaba tranquilo el entrenador de la Selección. Otro traspié similar al que padeció en el arranque de las eliminatorias frente a Ecuador en el Monumental, lo hubiera acercado al abismo. Quizás ahora parece exagerado. Pero era la realidad. La que se veía. La que anticipaban los medios. La que sostenía con un oportunismo salvaje que a Martino le quedaba demasiado grande la función de técnico de Argentina.
 
En el marco de esas urgencias que de ninguna manera eran menores, se recuperó la Selección. Derrotó a Colombia en Barranquilla 1-0 y a Chile en Santiago 2-1. ¿Cómo jugó? Muy bien en Barranquilla aún sin Messi ni Agüero. Mal en Santiago con Messi y Agüero.
  
¿Cómo se explica? En Barranquilla manejó la pelota. La tuvo, la conservó. En Santiago por largos pasajes la resignó y por demasiados minutos la perdió. Y sin la pelota es imposible jugar bien, aunque la posibilidad del contraataque siempre esté latente. Por supuesto no habría que ignorar que Messi no se siente cómodo cuando su equipo se tira atrás y no toma la iniciativa del partido. El se formó en el Barcelona. Lo que remite al control estratégico de todos los encuentros a favor del control de la pelota. En ese mapa futbolístico en el que todo el equipo se junta para ganar espacios, construir triangulaciones y disponer de varias opciones de pase como tiene en el Barcelona, Messi impone su potencial.
  
En cambio, cuando la pelota la administra el rival como lo hizo Chile, su aporte es muy discontinúo y errático. En definitiva, no le cierra a Messi la postura que mostró la Selección durante los 90 minutos. Es cierto, ganó igual. Y sumó 3 puntos que nadie subestima. Pero esa no debería ser la respuesta de Argentina, salvo en el plano de una emergencia para ir restaurando lo que quedó por el camino en la primera recta de las eliminatorias cuando la acosaron resultados inquietantes y comentarios perturbadores.
  
¿Cuál es entonces la auténtica cara de Argentina? ¿La que mostró en Barranquilla el 17 de noviembre de 2015 o la que denunció en Santiago en la noche del 24 de marzo de 2016? Esto es, precisamente, lo que tiene que definir. Los buenos equipos no varían tanto los rendimientos. No oscilan tanto de un partido a otro. No se abrazan a una idea y en la siguiente parada atrapan otra búsqueda. Los buenos equipos se sostienen en la confirmación de una línea y de un estilo.
  
A la luz de las evidencias, queda claro que la Selección que conduce el Tata Martino todavía no confirmó una línea ni un estilo. Como si se subordinara en exceso a las circunstancias y el contexto de cada compromiso. Y de cada adversario. Chile, al igual que en la final de la Copa América disputada el sábado 4 de julio de 2015, tuvo más  recursos colectivos para coquetear con cierto monopolio de la pelota. Es verdad, llegó en contadísimas oportunidades a la zona de fuego de Chiquito Romero (sale poco y nada en los centros, como por ejemplo en el gol de cabeza que le anotaron), pero ahogó a la Selección con gran perseverancia en la salida y en la posterior progresión.
  
¿Qué le quedó a Argentina? El aguante que mostró en el fondo a pesar de no tener a Mascherano. Ausencia que por otra parte Kranevitter no logró disimular. Mascherano para al equipo más adelante. Lo saca del fondo. No lo deja retroceder tanto. Kranevitter se dejó arrastrar por la presión casi hasta la zona de los centrales (Otamendi y Funes Mori) y Biglia también sufrió ese efecto dominó. La consecuencia directa fue que Argentina quedó partida, estirada en la cancha, dispersa absolutamente de mitad de campo en adelante y dependiente de inspiraciones individuales que suelen traducirse en egoísmos que no conducen a nada efectivo.
  
Lo que no puede negarse es lo que conquistó. Vencer a Chile en Chile después de estar perdiendo 1-0 y pasándola mal, no es un dato objetivo que haya que esconder. Es meritorio. Es importante. Alimenta la autoestima. Fortalece los climas internos y externos siempre frágiles. Pero la Selección tiene que crecer en juego. E incorporar un funcionamiento que hoy no tiene. Después si pretende jugar achicando hacia atrás o hacia adelante, es una cuestión de preferencias. Pero con cualquier opción que elija se precisa un funcionamiento.
  
Esa deuda no se saldó. La experiencia y la victoria en Barranquilla se acerca muchísimo más a lo que quiere Martino. La experiencia y la victoria en Santiago se acerca a una resolución capturada por las necesidades y por sus limitaciones. Ahora, respira más aliviada la Selección. El próximo martes la espera Bolivia en Córdoba. El rival es muy accesible. Habrá que ver como le suenan los violines a la Argentina.           

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