domingo 11.12.2016 - Actualizado hace
Fútbol
06 | 04 | 2016
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El capitán Beto

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Los aniversarios siempre son formidables excusas para mirar en perspectiva. El 6 de abril de hace 30 años, Norberto Alonso le convertía al Loco Gatti aquel gol de cabeza con la pelota naranja, hoy convertida en leyenda. Tres décadas después, el fútbol del Beto merece recordarse. Ese crack tan elegante como eficaz expresó la calidad en primer plano.

El capitán Beto
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Aquel episodio inolvidable en la vida de Norberto Alonso cuando el domingo 6 de abril de 1986 en La Bombonera le convirtió 2 goles a Boca (el primero de ellos con una pelota de color naranja) y River antes del partido, ya consagrado campeón, dio una media vuelta olímpica, es una justificación perfecta para recordar a ese impresionante jugador que fue el Beto. 

 
A 30 años de aquella jornada histórica la imagen de ese crack que asomó en el arranque de los 70 promovido por el brasileño Didí (técnico de River por esos días y viejo cultor del jogo bonito que se convirtió en una marca registrada), se enfocó, sobre todo, en la zurda artesanal del Beto Alonso.

"Yo tenía que armar juego y hacer goles. Me acuerdo que Didí me pedía que usara la libertad que me daba para ir a definir. No alcanzaba solo con organizar los ataques y colocar buenas pelotas. Un diez estaba obligado a meter por lo menos 15 o 20 goles por temporada. Yo los hacía. Y otros jugadores de características parecidas a las mías, también. Por eso no entiendo cuando hoy un volante con más llegada que retroceso se conforma con hacer buenos pasecitos. No viejo, hay que resolver en el área rival. Así se ganan los partidos y los campeonatos. No esperando que la metan únicamente los delanteros". 

El párrafo potente y autorreferencial le corresponde a Alonso. Y explica lo que era la función del típico diez que iba a los bifes con total determinación. Que se autoabastecía. Que se generaba su propio espacio. Y que además de habilitar con una pelota criminal a los compañeros de ataque, se anotaba con frecuencia en la red ajena.

      Beto Alonso



Por eso los dos goles que Alonso le convirtió a Boca hace 30 años (el segundo fue un tiro libre suyo que se desvió en la barrera y descolocó al Loco Gatti) reflejaron también un clima de época. El Beto se estaba despidiendo y en diciembre de 1986 después de ganar la Copa Intercontinental en Tokio frente al Steaua Bucarest oficializó su retiro, pero esas postales goleadoras confirmaron todo lo que se les pedía a los enganches de ayer.

La realidad es que Alonso tenía todo. O casi todo: gol, panorama, manejo, concepto, desequilibrio, cabezazo ofensivo, capacidad estratégica para entender el juego, gran pegada, convicción para imponer su fútbol y valentía para desarrollarlo aún en la dificultad o en la urgencia. ¿Qué le faltó? Quizás nada en particular. A pesar que en la Selección su tránsito nunca fue compatible con su notable jerarquía.
 
Esa deuda en la Selección siempre persiguió a Alonso. Son sus fantasmas. Las debilidades que los reaccionarios del ambiente del fútbol le endosan. Tampoco un monstruo de la dimensión de Bochini peló con la camiseta de la Selección su chapa de crack indiscutido y genial. Es probable que Bochini haya asumido esa circunstancia frustrante con más resignación que bronca. En Alonso, no. Las cicatrices que le dejó su paso errático y demasiado inestable por la Selección (en especial durante el ciclo del Flaco Menotti y en particular en el Mundial 78) nunca logró cerrarlas. Siempre están latentes. Casi a flor de piel. Como una herida que sigue abierta a pesar del largo tiempo transcurrido.

Igual, las calidades innegables del Beto nunca se opacaron. La enorme violencia gratuita que padeció (los enemigos que conquistó lo señalaron en su momento como pecho frío, indolente, indisciplinado, lagunero irremediable y hasta se inventaron ambigüedades  sexuales con el objetivo de quebrarlo futbolísticamente), no lo precipitó a ningún abismo. Alonso siempre se mantuvo en pie. Denunciando su talento. Su categoría de jugador brillante. Su elegancia y precisión quirúrgica para bordar en la cancha el tejido de un fútbol de autor.

Eso, precisamente, distinguió al Beto entre tantos solistas de primerísimo nivel que alumbraron al fútbol argentino en los 70 (imposible no mencionar a Maradona y Kempes) y los 80: el contenido artístico de su juego. La belleza inalterable de su juego. Sumado a la alta eficacia de sus aportes. Bastaría con recordar que entre River, el Olympique de Marsella, Vélez y la Selección jugó 534 partidos y convirtió 186 goles, lo que le da un promedio de 0,38 por encuentro. Y que salió campeón con River en 7 oportunidades en el plano local, obtuvo una Copa Libertadores y una Intercontinental, más allá de haber integrado el plantel campeón del mundo en Argentina 78.  

Es cierto, las cifras aunque sean elocuentes, dicen poco. Siempre dicen poco. No reflejan emociones, contextos, relatos del pasado ni la inmensidad de ningún paisaje. Son números que van y vienen. Como un 90-60-90 en una mujer. No revelan ninguna magia. Porque la verdadera magia es la armonía no segmentada ni cosificada de esa mujer.

El capitán Beto hace tres décadas hizo lo que hizo en tantas otras oportunidades: un golazo de cabeza y otro gol de tiro libre con un zurdazo chanfleado. La memoria de los hinchas que estuvieron en La Bombonera y de los que aquel día no estuvieron, sigue viva. El mejor fútbol le tributa al Beto una expresión de gratitud. Que trasciende las camisetas. Porque la calidad siempre es universal.

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