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08 | 04 | 2016
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Gallardo: la medida de las cosas

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Los cielos despejados que le permitieron a River bajo la gestión de Marcelo Gallardo conquistar títulos internacionales le abrieron paso a las tormentas del presente, más allá del 6-0 a The Strongest. ¿Cuál es la responsabilidad que se le puede atribuir a Gallardo en estos dos paisajes? La influencia de los técnicos no es tan decisiva ni en los triunfos ni en las derrotas.

Gallardo: la medida de las cosas
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El baile y el 6-0 de River al paupérrimo The Strongest no borra las imágenes desconcertantes que venía dejando el equipo. Es cierto, River recuperó el pasado miércoles la elaboración y el desequilibrio ofensivo ante el conjunto boliviano, pero las preguntas igual se precipitan: ¿qué se le fue de las manos en los últimos meses a Marcelo Gallardo en el rol de entrenador de La Banda? ¿El equipo? ¿El rumbo? ¿La táctica y la  estrategia de cada partido? ¿La lectura afinada de las circunstancias? ¿Los jugadores que eligió para reforzar al plantel? Lo más fácil y abarcador sería afirmar que todo se le fue de las manos en cuestión de semanas. ¿Pero es cierto? ¿O es apenas encontrar una explicación a mano que no explica absolutamente nada?

   Gallardo no sufrió una transformación notable en sus características desde que conquistó con River la Copa Sudamericana 2014, la Recopa y la Copa Libertadores 2015. Es el mismo. Piensa lo mismo. Interpreta lo mismo. Ve el fútbol con los mismos ojos que hace unos meses.
   ¿Qué cambió entonces para que River (dejando de lado el 6-0 al The Strongest) juegue mal y pierda los partidos que antes ganaba? Cambiaron los rendimientos de los jugadores, más allá de algunos protagonistas que ya no están en el plantel como Matías Kranevitter, Ramiro Fúnes Mori y el uruguayo Carlos Sánchez. Eso cambió radicalmente. No el Muñeco Gallardo. La confusión está dada por la dimensión impresionante que adquirieron los entrenadores. No son tan influyentes y decisivos como el ambiente y el negocio del fútbol los califica.
   "Nosotros estamos inflados desde el arranque de la década del 60", nos dijo hace unos años ese buen tipo y buen técnico que es José Yudica. Aquellas palabras del Piojo no fueron antojadizas. Plantearon la medida de las cosas. Y la medida la brindan los jugadores. El nivel de los jugadores. Las resoluciones buenas o malas de los jugadores. Allí, en esa área de las capacidades individuales, los técnicos no suman ni restan. Pueden estimular. Pueden generar microclimas favorables. Pueden despertar empatías y curiosidades dormidas. Pero sus aportes y logros dependen de inspiraciones ajenas. De inspiraciones que los trascienden.
   "Nosotros no les enseñamos a los jugadores a jugar al fútbol. Esto no se enseña. Ni antes ni ahora. Lo que podemos hacer es descubrirles algunos caminos, acompañarlos para que vayan reconociendo algunos misterios a partir del conocimiento, mostrarles una búsqueda, una idea y un compromiso con esa idea". La observación es del Flaco Menotti, también apelando a la medida de las cosas.
   La caracterización de "magos" que se ganaron algunos entrenadores (uno de los grandes precursores fue el argentino Helenio Herrera, técnico de aquel Inter que le ganó a Independiente la Copa Intercontinental en 1964 y 1965), instalaron una interminable red de mentiras respecto a la función específica. Los jugadores naturalizaron esa dependencia que en la realidad no es tal. El periodismo también. Y los técnicos pasaron a convertirse desde hace medio siglo en los sabios de la tribu. ¿Lo son? ¿O están inflados como comentó Yudica?
   Gallardo ya dejó de jugar en River en la temporada 2009-2010. Ahora es técnico. El cambio de rol lo venía ejecutando con buen pie, hasta que lo asaltaron los contratiempos y las derrotas. Pero no decide Gallardo lo que los hinchas creen que puede decidir. Es un personaje secundario, como lo son todos los técnicos, aunque formen el equipo y hagan un show decoroso o imbancable al costado del campo. El problema es que no pocos entrenadores se convencieron que son más valiosos que los jugadores. Que tienen más méritos que los jugadores. Y que la táctica es más importante que los jugadores. Venden humo, en definitiva para los confundidos de siempre que están en todas partes.    
   No entra Gallardo en esa categoría. No piensa eso, como si lo hacen varios de sus colegas de aquí y del exterior. No es un tecnócrata como Mauricio Pellegrino y Pablo Guede, por ejemplo. No le rinde culto a la tecnocracia. En general, el ambiente del fútbol, sí. Esos entrenadores más sensibles y funcionales a los relieves tácticos (nunca decisivos) que al juego, son los nuevos nerds del fútbol. Los iluminados que no iluminan a nadie.
   Esa iluminación falsa es la que perturba y desacomoda a las audiencias. A los que escuchan. A los que miran. Para ser lo más claro posible con un ejemplo rutilante: Johan Cruyff fue muchísimo más trascendente como jugador que como técnico. Cruyff fue muchísimo más influyente jugando en el Ajax y en el Barcelona que dirigiendo al Ajax y al Barcelona. Cruyff fue muchísimo más determinante en la interpretación del fútbol total que sus entrenadores más recordados como Stefan Kovacs y Rinus Michels. ¿Por qué? Porque Cruyff jugaba. Sin Cruyff en una cancha, ni Kovacs ni Michels habrían brillado como brillaron durante los 70. El creador del fútbol total fue Cruyff. Por eso cuando Cruyff perdió ritmo, vitalidad y oxigeno para construir todo lo que construía y se retiró de las canchas europeas, el fútbol total se desmayó. Y nunca más se despertó. Aunque Kovacs y Michels siguieran dirigiendo.
   ¿A qué viene todo esto? A separar la declinación de River de la responsabilidad exclusiva de Gallardo. No fue Gallardo el mago de River en las conquistas recientes. Y no es Gallardo al que se le desvaneció el equipo o se le fue de las manos hasta la victoria al The Strongest. Los jugadores siempre tienen las respuestas. Las mejores y las peores. Los técnicos, en muchas más oportunidades de los que todos imaginamos, son rehenes de situaciones y circunstancias que no manejan. Tanto en las victorias como en las derrotas. En los éxitos y en los fracasos. Aunque hoy tengan chapa de héroes o villanos.
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