sábado 10.12.2016 - Actualizado hace
Fútbol
13 | 04 | 2016
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Independiente: un equipo vacío

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Juega mal Independiente. Y por larguísimos pasajes muy mal. Duda demasiado el equipo y el entrenador Mauricio Pellegrino. Entre las dudas y los temores, se expresa un equipo subordinado a los rivales y a iniciativas ajenas. Por eso sufre en exceso los partidos. Los padece. Y se frustra repetidamente vulnerando su autoestima.

Independiente: un equipo vacío
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¿A qué juega Independiente? La pregunta es simple. La respuesta, no. El equipo precipita partido tras partido una sensación inocultable: está absolutamente vacío, desconcertado. Y su entrenador, Mauricio Pellegrino, también. Lo vence la vacuidad y el desconcierto.


No tiene un gran plantel Independiente. Pero, en general, tiene un plantel aceptable, a pesar de que algunos rendimientos individuales ya muy evidentes (Hernán Pellerano, Gustavo Toledo y Jorge Ortiz, por citar solo algunos casos, aunque no son los únicos) no sean aceptables. Son deficitarios. Como, por ejemplo, lo  testimonió el Ruso Rodríguez mientras increíblemente conservó la titularidad porque el técnico no se animaba a desplazarlo. Hasta que agotadas todas las instancias y superadas todas las paciencias, lo desplazó y puso en su lugar al uruguayo Martín Campaña, de estupenda producción ante Sarmiento y Olimpo, lo que dio lugar a una pregunta intencionada: ¿por qué no lo sacaron antes al Ruso Rodríguez? Y otra pregunta: ¿quién o quiénes lo bancaban haciendo lobby a su favor?

Quizás las dudas interminables que expresó Pellegrino para mandar al banco a ese mediocre arquero que es Rodríguez y darle un chance a Campaña hace ya cinco fechas, revelen el volumen de inseguridades que vienen sometiendo al entrenador y a Independiente. Porque eso, precisamente, transmite el equipo. Un nivel de inseguridad y temor futbolero para imponer condiciones que limita notablemente sus posibilidades.


      mauricio pellegrino


Pellegrino siempre fue un entrenador tacticista. Privilegia las posiciones y los sistemas en desmedro de las características de los jugadores. Por eso a Martín Benítez lo encierra contra una banda y lo ahoga. Por eso pase lo que pase en un partido, siempre propone un doble volante central. Y no lo quiebra nunca, salvo circunstancias excepcionales. Por eso sus lecturas son siempre dependientes de los movimientos de los rivales. Porque subordina a su equipo a las potenciales virtudes de los adversarios, aunque en los papeles sean inferiores.

Si contagia algo es miedo. Miedo futbolístico. Miedo a mandar en los encuentros. Miedo a presionar arriba desde el mismo arranque de cada compromiso. Miedo a ganar la iniciativa. Miedo a tirar al equipo en campo contrario. Miedo a achicar los espacios presionando arriba. Miedo a ganar. Todos esos miedos juntos, que no son pocos, delatan una gran debilidad estructural: Independiente no confía en sí mismo. No cree en sus fuerzas. No se adivina superior aunque sea superior.

Y esto es mortal para cualquiera. Para una persona que desarrolle cualquier actividad y para un equipo de fútbol. Porque está en juego nada menos que la autoestima. Que puesta en riesgo promueve además la fragilidad existencial para afrontar las dificultades. Que genera  también la fragilidad existencial para afrontar cualquier partido. Independiente es lo que se denomina un clásico caso de diván, dirán los lugares comunes aplicables al juego. Porque un equipo para imponer su capital futbolístico necesita plenitudes anímicas. Fortalezas anímicas. Es lo que hace unas décadas se manifestaba como tener mentalidad ganadora. O hambre de gloria. O fuego sagrado. O fe poética, afirmaría el Negro Alejandro Dolina.

Independiente padece esas ausencias. Ni mentalidad ganadora, ni hambre de gloria, ni fuego sagrado ni fe poética. Es una tristeza galopante el equipo. Porque no juega convencido. Porque no construye ningún circuito (por otra parte el Cebolla Rodríguez no es un armador, aunque juegue de armador). Porque lo atrapan las dudas. Porque ataca con escasísima convicción. Porque no va al frente como debería ir. Porque amaga y no concreta. Sí, es cierto, es una cuestión de funcionamiento y hasta de categoría individual (que en varios casos no hay) para resolver lo que no logra resolver. Pero a la vez excede al funcionamiento ausente y al relieve de sus jugadores.

Es el desconcierto colectivo y cierto perfume a resignación lo que prevalece. El mismo que cubre a Pellegrino como una nube tóxica. Es no saber lo que se quiere. Es falta de decisión. Es tibieza para interpretar las necesidades. Es liviandad para observar y calibrar las urgencias. Es sacar y poner jugadores como si todo fuera una gran quiniela nacional que desnuda incertidumbres y desconocimientos mayores. Sufre demasiado cada partido Independiente. Y sufre más allá de lo que pueda ofrecer cada rival. Sufre porque no va al boliche a ganarse a la chica que más le gusta. Va pero no seduce a nadie. Va pero no corteja a nadie. Va pero no le tira un centro a nadie.  
  
      Mauricio Pellegrino


Y se frustra. Porque no conquista ni quiere conquistar. Porque no gana. Pero tampoco lo intenta como tendría que intentarlo. Se pierde en la intrascendencia que irrita a su gente. En el fulbito. En el toque que es toquecito. En el pase que es pasecito. En el centro que es centrito. En la gambeta que es gambetita, salvo cuando Benítez se olvida de Pellegrino y se fuga de la banda. No se enciende nunca el equipo, en definitiva. No pasa a la acción directa. No estimula conductas creativas. Y pierde oportunidades como lo hizo una vez más frente a Sarmiento afuera y a Olimpo adentro. Juega mal, entonces. Y juega muy mal durante larguísimos pasajes. Deja agrandar adversarios. Y los deja porque fue anestesiando su determinación siempre light. O durmiendo su agresividad futbolística siempre imprescindible para marcar el territorio. Para mandar en su propia cancha. Cosa que no hace.

Pellegrino es lo que es como técnico. El que fue antes en Valencia, Estudiantes y ahora. No se le puede pedir que haga lo que no siente. Sus métodos están atados a las consignas tácticas. Eso lo desvela. Lo persigue. Lo arrincona. Es el orden. El equilibrio. Lo accesorio. Las formalidades. Nunca va a patear el tablero. Nunca va a sorprender con algo. Es un hombre correcto para un equipo correcto. Pero para ser el primero en escalar la montaña no alcanza con tanta corrección y recato: se precisa más atrevimiento, más ambición, más audacia, más incorrección en los planteos y en las búsquedas. Y más aventura.

Independiente no va a encontrar ese combo con Pellegrino. No le da el physique du rol,  como sentencian los franceses. Le es ajeno a su identidad. A sus costumbres. A sus ideas. Por supuesto, los jugadores no son marionetas que solo tienen que obedecer lo que llega desde afuera. Son directos responsables de la insustancialidad del equipo que no se define nunca. Pellegrino acompaña y también lidera esa insustancialidad.

El resultado final es lo que se ve y lo que provoca la irrupción de la pregunta del arranque: ¿a qué juega Independiente? A pasar desapercibido. A esconderse en las sombras. Y lo logra. No le roba una linda mirada a ninguna piba.  
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