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Fútbol
25 | 04 | 2016
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D’Alessandro en medio de la oscuridad

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


En una fecha saturada por los 0-0 que expresaron ausencias de iniciativas y de talentos, quedó en un lugar destacado la vigencia de Andrés D’Alessandro para interpretar y entender el juego. Aún sin descoserla, el enganche de River que regresó de Brasil en el arranque de 2016, mostró su calidad y su zurda artesanal.

D’Alessandro en medio de la oscuridad
Foto:

Para los admiradores o fans del 0-0, el último domingo habrá sido un auténtico día  de gloria. De esos que no se olvidan. Empataron 0-0 Newell's- Central. Empataron 0-0 Boca-River. Empataron 0-0 Racing-Independiente. Y empataron 0-0 Belgrano-Atlético Tucumán. El sábado, también empataron 0-0 Gimnasia-Estudiantes.

 
Estos 0-0 aburridísimos, sin embargo son algo así como verdaderas superficies de placer para aquellos viejos y nuevos interpretadores de la realidad que prefieren estos resultados neutros a goleadas que quizás denuncian errores defensivos. El 0-0, en definitiva, no expresa otra cosa que la negación del desequilibrio ofensivo. Y sin desequilibrio, siempre hay menos juego. Menos llegadas. Menos emoción. Menos luces para iluminar la noche.    
 
Quizás como en pocas jornadas, la fecha de los clásicos, dejó establecida una sensación muy potente que cualquiera que frecuente el fútbol no tendría reparos en adherir: la ausencia de talento no puede disfrazarse con nada. Ni con tácticas, ni con planteos, ni con entrenadores que se imaginan más importantes y valiosos que los jugadores, como por ejemplo Mauricio Pellegrino y Pablo Guede, entre otros profesionales que sin afirmarlo públicamente se ubican por encima de los protagonistas.

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El saldo de la fecha fue la tristeza del 0-0 inconmovible. Quedó como un naufrago trascendiendo la circunstancia, la respuesta solitaria de Andrés D'Alessandro, con sus 35 años muy bien llevados. El, sin compañías sensibles para asociarse, encarnó la vigencia inalterable del talento. Es cierto, no la rompió D'Alessandro en ese lamentable campo de juego que ofreció La Bombonera, como un episodio de la vulgaridad dirigencial. Porque el estado del campo es responsabilidad de los dirigentes. ¿O quiénes son los responsables? ¿Los jugadores? ¿Los técnicos? ¿Los periodistas? ¿Los hinchas? ¿Los que tienen las parrillas en los alrededores del estadio? ¿Los vecinos?
 
A pesar del pisadero que fue La Bombonera que en la urgencia la dirigencia de Boca intentó reacondicionar y que le sirvió de escenografía a Fernando Gago para romperse el talón de Aquiles de su pierna izquierda, D'Alessandro, aún sin tener una actuación deslumbrante, pareció que jugaba a otra cosa. ¿A qué jugaba? Al fútbol. El buen fútbol. Cada pelota que recibió el 10 de River en cualquier sector del terreno (en su espalda tiene estampado el 22, pero el número es lo de menos), le sacó el máximo jugo posible.
 
Las diferencias de D'Alessandro con el resto a la hora de manejar la pelota fueron notables, salvo alguna aparición demasiado aislada y turbulenta de Carlos Tevez. Esa zurda tan precisa como punzante que siempre distinguió al enganche de River, no se desvaneció ni en su etapa europea ni en su larga estadía en Brasil. Sigue jugando igual D'Alessandro (igual en el concepto) como jugaba antes de partir para hacer su primera experiencia en el Viejo Continente defendiendo al Wolfsburgo, de Alemania, a partir de julio de 2003.
 
Aquella zurda artesanal que siempre pareció tener un gran destino de Selección y no la tuvo, no causó estragos irreparables en La Bombonera. No hizo el gol de Maradona a Inglaterra en México 86. Tampoco hizo los dos goles que conquistó el Beto Alonso también en el 86, cuando River dio media vuelta olímpica en la cancha de Boca.

Pero dejó algo por lo menos. Ofreció algo en medio de tanta orfandad. Algo de talento. Algo de clase. Algo de categoría. Por el juego de D'Alessandro, River mereció ganar. Esa fue su influencia. La que solo pueden irradiar los jugadores que se siguen sosteniendo en medio de todas las tormentas, aunque no haya podido quebrar la inercia invencible del 0-0 que enamora a los tecnócratas que nunca abandonan su dogma.

No le alcanzó a D'Alessandro. Pero mostró a los 35 años que entiende el juego como lo entendió siempre. Esa síntesis está intacta. Incluso a pesar del 0-0 interminable.  

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