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Fútbol
02 | 05 | 2016
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Ranieri, el hombre que despachó a Ortega, cerebro del campeón

Nicolás Rotnitzky
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Por Nicolás Rotnitzky


El italiano armó al Leicester: transformó a un equipo que tenía que salvarse del descenso en el ganador de la Premier League. Perfil de un entrenador que encontró el sabor del éxito a los 64 años, cuando el retiro se lo venía a llevar puesto.

Ranieri, el hombre que despachó a Ortega, cerebro del campeón
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La carrera de Claudio Ranieri, el 15 de noviembre del 2014, parecía terminada: ¿qué equipo iba a querer contratar a un entrenador que perdía de local con Islas Feroe? La noche que, dirigiendo a Grecia, cayó en Atenas ante un seleccionado de entusiastas amateurs, renunció. Estaba, entonces, enterrándose en una decadencia insalvable: los buenos días de Ranieri—¿había tenido días buenos?— estaban terminados.

Un año y medio más tarde consigue su primer título de liga como entrenador. Y no es un campeonato más: gana la Premier League con el Leicester, un equipo que tenía menos posibilidades de salir campeón en Inglaterra que Islas Feroe en aquel partido con Grecia. El título es, para Ranieri, una pequeña venganza. Un milagro que la plata de los jeques, este año, no pudo comprar.

Por qué un italiano rígido, fanático de las dietas estrictas, distante con los futbolistas, con un doctorado en contragolpes, salió campeón con un plantel de larvas que salieron del capullo todos juntos para convertirse en mariposas todos a la vez es el gran misterio de la historia de la Premier League.

Ranieri, italiano, tiene 64 años, la mitad de la vida trabajando como técnico y un historial al mando de jugadores argentinos de elite: Gabriel Batistuta, Hernán Crespo, Juan Sebastián Verón, Javier Zanetti, Roberto Ayala, Claudio López y Ariel Ortega. Con Ortega —convivieron en el Valencia entre el '97 y '98— se llevó pésimo: Batman y el Guasón, al lado de Ortega y Ranieri, parecían los súper amigos. Uno lo odiaba porque no lo ponía; el otro lo odiaba porque no entrenaba bien. Una noche, con tal de enterrar las diferencias, cenaron juntos: parecían una pareja haciendo el último esfuerzo por salvar el amor. No funcionó. Se dijeron de todo. No se pusieron de acuerdo. Ortega, decía Ranieri, "es el único jugador del mundo que puede decir que cenó conmigo". Ranieri, decía Ortega, "es un mentiroso".

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El currículum de Ranieri como DT dice: Juventus, Inter, Valencia, Monaco, Chelsea, Napoli, Roma, Atlético Madrid, Fiorentina, Parma, selección de Grecia. Leicester, en la carrera de Ranieri, era la changa: un club sin pasado ni presente, sin historia ni más obligaciones que espantar al descenso. Y si no podía mantenerse, no importaba: la falta de recursos lo justificaba. El destino le preparó otra cosa: un campeonato cuyo recorrido hacia la fama supera a la mejor ficción.

La mayoría de los técnicos pasan por el fútbol sin dejar huellas, sin conseguir éxitos. En la casa de Ranieri en Inglaterra hay cinco medallas: Serie B de Italia, Copa Italia, Supercopa de Italia, Supercopa de Europa y Ligue 2 de Francia. Nunca festejó en grandes competencias. Nunca salió campeón en una liga de jerarquía. Ranieri convirtió a futbolistas mediocres en ganadores. Ranieri lavó la mentalidad de un grupo acostumbrado a perder. Ranieri inventó a Jamie Vardy, a Rihad Mahrez, a Leonardo Ulloa. Ranieri, gesto ofuscado, recién aprendió a sonreír de grande, de viejo: creó su obra maestra en el crepúsculo de su carrera, cuando el tiempo y la sabiduría ya le habían enseñado que los éxitos, en el instante en que son realidad, se saborean como el plato más rico del mundo.

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