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Opinión
03 | 05 | 2016
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Orégano seco

Gustavo Nigrelli
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Por Gustavo Nigrelli


La malaria generalizada de nuestro pugilismo decanta cada vez más en espectáculos bochornosos como el del sábado pasado en Quilmes, entre Isidro Ranoni Prieto (Paraguay) y Samuel Miller (Colombia), que tal vez hasta sean inevitables si se quiere mantener la continuidad del boxeo semanal televisado.

Orégano seco
Foto:

Son esas cosas que no tienen mucha explicación, o que la tienen desde el absurdo y la desolación.

Al ya de por sí alicaído y falto de credibilidad boxeo argentino, la velada del último sábado en Quilmes fue como una lluvia sobre lo mojado.

Había un fondo con cierto gancho, que era la revancha entre el "Chuña" Romero y el "Chucky" Verón, porque el año pasado, sorpresivamente  el primero le había cortado un invicto de 14 peleas al prometedor Chucky, venciéndolo por KO 3.

Ya estaba bien con ese duelo, porque Verón se tomó revancha, venció por puntos, y todo "volvió a la normalidad". ¿Qué necesidad había de contaminar la pantalla con otro fondo más, encima entre un paraguayo –por más que sea nacionalizado argentino- como Isidro Ranoni Prieto y un colombiano –radicado en USA- como Samuel Miller?

No hablamos de contaminar en términos peyorativos, sino boxísticos, y tiene que ver con lo que pasó después.

Tampoco en términos chauvinistas, ya que Ranoni, radicado en nuestro país, desarrolla su carrera aquí y es de la zona de Quilmes donde se efectuó el combate, por lo tanto, además de tener todo el derecho a pelear, fue el púgil de cabecera.

      veron romero

Pero sólo lo fue para un reducido grupo local, cuando el match se televisa a todo el país y se supone que al menos uno de los dos fondistas debería ser argentino, que bastante falta les hace trabajar a los de acá.

Tal combate podría haberse hecho en otra velada, o enfrentar a Ranoni contra un argentino, en otro contexto, y de última, contra un rival más digno que Miller, quien se tiró descaradamente en el 1º asalto, de forma tan burda que el propio paraguayo se lo recriminó a viva voz, incluso mientras le estaban contando por segunda vez tras un golpe fantasma. Y siguió haciéndolo por algunos segundos más, aún después de haber sido declarado ganador por KO.

Honesta la actitud de Prieto, que no se golpeó el pecho, ni salió a festejar a los gritos. Que no sólo no quiso convencer a nadie de su victoria, subestimando al espectador –como se ha leído por allí en textos vergonzantes-, sino más bien sacarse méritos por la actitud indecorosa de su oponente.

Sin embargo, no era esa su función; quizás sí la de la prensa. Tampoco es él el culpable de lo que le traen. Ahora bien, ¿fue Miller el total y absoluto culpable de la situación, más allá de la responsabilidad que le cabe?

Sabido es lo difícil que está programar boxeo en estos momentos en el país, con la escasez reinante. El tema es que Miller, que peleó por el título OMB latino mediopesado de Ranoni, no estaba en el ránking que disputó.

Pero más allá de ese desliz, cada vez más común en los títulos regionales, analizando el record de Miller, se advierte que tuvo un invicto de 17 peleas a comienzos de su carrera en 2003, que perdió en 2006.

Actualmente tiene una foja de 31-14-0 (27 KO), con la particularidad de que a partir de ese 2006, en que comenzó a perder, las primeras derrotas fueron por puntos. Pero de 2013 para acá, es decir, los últimos 3 años, sin la del sábado pasado tenía 7 caídas, 6 de ellas por KO y una por descalificación 2, donde seguro evitó otro KO.

Es más; antes de la del sábado, sus dos últimas peleas habían sido victorias al hilo que enmascaraban su record, ambas ante el mismo púgil (Miguel Ángel Suárez), un perdedor de 5-35-0, con 23 de sus derrotas por KO.

Miller en la última ni siquiera pudo noquearlo, y eso que tiene un alto porcentaje de triunfos por la vía rápida en su haber.

Nada es casual, y todo tiene su explicación si uno investiga. Seguramente también tiene explicación el armado de tal pelea.

La pregunta es si esto le sirve al boxeo argentino o lo perjudica aún más. Y la otra, más allá del interés del público por estos espectáculos, es entender por qué la gente tiene que ser pasiva rehén de una situación que no generó, no nuevas, porque existieron siempre, sólo que no se televisaban.

El problema es que contrastan bruscamente con una época gloriosa reciente, que a la vista de los hechos dejó el tendal, cuando se suponía que dejaba el campo hecho orégano.

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