jueves 8.12.2016 - Actualizado hace
Fútbol
04 | 05 | 2016
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Simeone full time

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Atlético Madrid eliminó al Bayern Munich de Pep Guardiola y es finalista de la Champions. La obra de Diego Simeone continúa construyéndose sin reparar en formas ni contenidos. El Cholo, hoy en la cumbre del fútbol mundial, se convirtió en una bandera que reivindica la victoria como valor supremo y absoluto.

Simeone full time
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Está en la cumbre Diego Simeone. Otra vez. Con su obra. Con su sello. Con su interpretación ultra conservadora del juego. El Atlético Madrid, como en el 2014, volvió a ser finalista de la Champions. Y el Cholo volvió a dar un paso gigante eliminando en Alemania al Bayern Munich de Pep Guardiola. Antes, en cuartos, había dejado afuera de la competencia al Barcelona, con su tridente de oro integrado por Messi, Luis Suárez y Neymar.

 
Atlético Madrid sorprende. Es menos que el Barcelona y el Bayern, pero los invitó a mirar la final de la Champions por las pantallas de la televisión. Y sorprende Simeone. ¿Es de aquí, es de allá? ¿De dónde es este hombre de 46 años que se metió en la historia del fútbol mundial como uno de los entrenadores más exitosos y más influyentes?

Simeone es argentino. Habla y gesticula ampulosamente como lo hacen muchos argentinos. Es expresivo, sanguíneo y visceral como suelen serlo los argentinos. Defendió en tres mundiales la camiseta argentina. Y él cada vez que puede reivindica su argentinidad y le molesta que se comente que esa argentinidad la fue licuando en nombre de su admiración por el fútbol europeo. Pero sugestivamente lo que transmite y propone el Atlético no representa que está conducido por un entrenador argentino.
 
¿Por qué? Porque Simeone es un ecléctico del fútbol. Junta pedacitos de cada uno. De los técnicos que tuvo en su carrera. Recoge algo de ellos. Y construye su propia película. No sigue a nadie en particular. Nunca siguió a nadie. Aunque haya mirado  y escudriñado a todos. A algunos más que a otros. Como a Alfio Basile, a Carlos Bilardo y a Marcelo Bielsa. Pero él nunca se identificó con alguien. No se sintió heredero de ninguna línea ni de ningún estilo.

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"Mi vida es el fútbol", viene repitiendo hace muchos años con una perseverancia que no se ignora. Chocolate por la noticia. El fútbol para él se sintetiza en una sola palabra que define su búsqueda y su pensamiento unidireccional: ganar. Vive para ganar. No le importa otra cosa ni otro escenario. Se alimenta como un león sin opciones,  solo de la victoria. La persigue con un nivel de obsesión infrecuente hasta para los más radicalizados. Allí descansa su ego infatigable. Allí se instala aunque no haya competencia. Allí disfruta aquellos segundos que acompañan la vibración intransferible del triunfo. Porque son segundos. Inolvidables segundos. Como los que vivió en Munich apenas terminó el partido frente al Bayern. Unos segundos de plenitud y a diagramar lo que viene.

El dice porque nos consta, que aunque pasó muchos años en Europa sigue conservando su identidad. Su mirada. Su intuición para leer lo que pasó y lo que posiblemente vaya a pasar. Y se aferra a esa intuición para motorizar lo que en el fútbol señala como un factor tan decisivo como esencial: la competitividad sin pausas dentro del plantel que dirige. La competitividad a máxima escala para exprimir a los jugadores hasta el límite de su entrega. Y si es posible superar ese límite.

Esa inflexibilidad total de Simeone para relacionarse con los otros es la misma inflexibilidad que no le permite desenchufarse ni estando un par de días de vacaciones. Así trascendió como jugador. Y así trasciende como técnico. Si le duele algo que en muchas oportunidades intenta minimizar es que le quiten méritos. Que no lo pongan en el lugar que él cree que tiene que estar. ¿Qué lugar? En el de los mejores. En la elite. Porque precisa ese reconocimiento, aunque por pudor lo niegue. Precisa esa caricia del ambiente. En especial, del ambiente del fútbol argentino. Piensa que le enfocan más los errores que las virtudes. Y se pregunta más en privado que en público: "¿Por qué debe ser que somos tan injustos los argentinos?".
 
La respuesta, una y otra vez no la encuentra. Siente ahora como ya sentía antes, que por estas tierras no lo valoran como se merece. El observa todo lo que hizo y ganó y ve que en la Argentina no le alcanza para capturar algo próximo a cierta unanimidad. No analiza otros perfiles. No sale de la burbuja narcotizada de la victoria. Porque la victoria no garantiza adhesiones incondicionales. La victoria no sensibiliza a todos por igual. La victoria no es una carta de presentación que abre todas las puertas y todos los corazones.

El Cholo se fue construyendo como una verdadera máquina de ganar. Así se fue acercando a la postal del héroe futbolero que refundó la mística hasta ayer desvanecida del Atlético Madrid. Defendiendo a sangre y fuego su territorio. Adentro y afuera. Sin celebridades del fútbol en el plantel. Sin personalismos. Salvo los de Simeone. Que están. Que se ven. Que se proyectan. Que fluyen como una lluvia torrencial.
 
No le importa al Cholo ganar jugando bien o ganar jugando horrible. Ganar metiendo un contraataque formidable o reventando la pelota afuera del estadio. No considera nada. Le interesa el fin. No el método. Si le interesara el método estaríamos hablando de un Simeone arrepentido. Pero no es el caso. El hombre de 46 años nunca dudó. El Atlético Madrid tampoco.       

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