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Fútbol
09 | 05 | 2016
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La catarsis de Batistuta

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Supo cultivar los medios tonos durante muchos años Gabriel Batistuta. Fue políticamente correcto. Hasta que dejó de serlo. Hace unos días activó sus insatisfacciones, vapuleó al fútbol argentino, señaló a los argentinos como “cagones”, dijo que le gustaría ejercer como técnico en EE.UU y endureció tanto el mensaje que dejó fluir su resentimiento.

La catarsis de Batistuta
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Habló largo y en profundidad Gabriel Batistuta en una entrevista que concedió al diario La Nación el pasado 1º de mayo. Y muy lejos estuvo de ser complaciente. Le entró con extrema dureza a varios temas. Estas son algunas de sus consideraciones en un contexto en el que denunció el perfume inconfundible del resentimiento.

"El fútbol argentino me parece un desastre total. Acá nadie sabe ni cuando juega. Es un vergüenza".

"Solo dos o tres equipos argentinos tienen una idea. En la fecha del los clásicos ni dos pases seguidos hacían. Se equivocan poner huevos con meter trompadas. Acá creen que huevos es, ante la primer pelota, pum, una trompada para que la tribuna te aplauda".

"Los argentinos protestamos pero cuando hay que poner la cara no estamos. Yo soy el primero. No me quiero meter en el quilombo y así piensan todos".

"Los argentinos somos unos cagones y yo soy el más cagón de todos. Está en nuestra cultura. Creo que en algún momento algo cambiará".

"Sí, quiero dirigir, pero acá no. Hay personajes como yo que fuimos un poquito más allá. Entonces lo único negativo que te puede pasar es que digan que no tenés capacidad, pero no van a decir que sos un pelotudo. Estamos a salvo del maltrato. A mí me pasaría eso, creo".

"Me gustaría dirigir en una liga como la de Estados Unidos. Es un lindo lugar, reúne todas las condiciones".

"El fútbol europeo te cambia la cabeza. En Europa el fútbol es un trabajo, no es un juego. El que quiere jugar que se quede en la casa".  

"Yo mucha bola no les daba a los técnicos. ¿Qué les podían decir los técnicos al número 9? Con el 9 es con el último que hablan. A mí no me molestaba para nada. Al contrario". 

Las frases textuales de Batistuta que seleccionamos de una nota tan extensa como rica en matices, por supuesto no son antojadizas ni providenciales. Pretenden reflejar algo: el pensamiento del implacable goleador argentino, quién jugó (o trabajó según la interpretación de Batistuta) 3 mundiales y anotó 10 goles en 12 partidos.

Sorprende Batistuta con sus revelaciones a 11 años de su retiro. Sorprende aun habiendo sido un francotirador sigiloso dentro y fuera de la cancha. Aunque en su etapa de jugador en no pocas oportunidades se mordió la lengua. Por ejemplo con Daniel Passarella, primero cuando el Kaiser dirigió a River y luego cuando fue técnico de la Selección. Sus diferencias irreconciliables con Passarella lo llevaron a la frontera del rencor, escondido en el marco de la diplomacia futbolística.

Batistuta siempre intentó cultivar durante su carrera un perfil bajo, aún en sus jornadas de gloria deportiva. Era una manera de protegerse. De salir del foco de la fama. De mostrarse poco accesible y sociable. De esconderse de la prensa. De poner muchos obstáculos para conocerlo un poco más. De firmar la menor cantidad de autógrafos posible porque no entendía "esa necesidad de la gente", según sus propias palabras. Y de mantener distancias apreciables previendo que alguien podía invadir su mundo privado, como suelen hacerlo las celebridades del star system alejándose de la gente como un objetivo estratégico.

Ese celo y ese hermetismo para no dejar filtrar su mayor o menor expresividad fuera de los campos de juego, fue algo muy próximo a una obsesión para Batistuta. Por eso se encerró en una burbuja en la bellísima ciudad de Florencia, mientras era considerado una auténtica deidad por la cantidad de golazos infernales que le regaló a la Fiorentina durante 9 temporadas.

A pesar de estar rodeado de tantos admiradores y de tantas gratificaciones sinceras y conmovedoras, sin embargo lo vimos completamente solo (esa sensación de soledad es intransferible pero evidente) cuando en dos oportunidades lo visitamos en Florencia, en febrero y noviembre de 1999 y pedimos entrevistarlo para la revista El Gráfico. No le gustó el pedido. Lo rechazó. Buscó excusas, tiempos que no le daban, postergaciones. Hasta que después de muchas idas y vueltas, al final aceptó. En la primera oportunidad nos citó en el gimnasio del estadio Comunal Artemio Franchi. En la segunda, en un sector de las plateas laterales del mismo estadio. Sus palabras trascendieron el mundo especializado del fútbol para ligarse a cuestiones más existenciales.  
 
"Mi vida no es una pelota de fútbol, pero por el fútbol me encerré bastante. Quizá demasiado. Y terminé exagerando la nota. No hice muchas cosas que me hubiera gustado hacer por el qué dirán. Y esto no es bueno para uno. Por eso trato de que no me impongan horarios, obligaciones, citas. Por ejemplo con el periodismo, no cedo. Soy un duro, lo que no signifique que busque pelea, porque yo nunca me peleé con nadie. El problema es que no puedo expresar los sentimientos. No puedo. Es más fuerte que yo. A veces quisiera decirle a un amigo que lo aprecio, que le tengo afecto, pero no puedo. No me sale. Mi papá también es un duro. Mi papá nunca me abrazó. Pero no porque no fuera un buen padre, que lo es, sino porque no le salía. Es igual a mí. Yo sé que tengo que cambiar. Todavía soy joven y creo que estoy a tiempo. Me gustaría cambiar. Demostrar más lo que tengo adentro. Y no reservarme tanto las cosas. Pero no es fácil. Lo intento y por ahora no lo consigo. Pero no me resigno".

Aquel Batistuta de 1999 tenía algo para dar a conocer que, en principio, prefería esconderlo para no exponerse a otras miradas. A su manera, se lo guardaba, aunque dejaba rastros. Pero hay cosas que no se pueden almacenar toda la vida. Y aparecen. Más tarde o más temprano. Con más o menos luces. Con más o menos cuidados por las formas y contenidos. Y vulnerando la preocupación por aquel qué dirán, que manifestó hace 17 años.

Ahora Batistuta con 47 años volvió a salir a la cancha para derribar algunos de sus muros. Y todo eso que tenía guardado lo volcó como se vuelcan estas cosas que imperiosamente necesitan expresarse casi como si fuese una catarsis: con una energía reprimida. Y con un aire de lejano resentimiento que él no va a reconocer. Pero la realidad es que destilan resentimiento algunas de sus palabras y definiciones. Alcanza con repasarlas.         

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