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Política
11 | 05 | 2016
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El gran dilema oficial de alentar o no un mani pulite

José Di Mauro
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Por José Di Mauro


Nunca fue la intención del actual gobierno alentar el avance de la Justicia sobre el poder saliente. Pero en esta coyuntura ese accionar le resulta beneficioso, aunque genera inquietud por lo que pueda llegar a desatar.

El gran dilema oficial de alentar o no un mani pulite
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Como jefe del bloque oficialista del Senado durante la era K, Miguel Pichetto solía hablar al final de cada debate en esa cámara. Hoy, como jefe del bloque mayoritario, pero opositor, ya no es el que cierra los debates, pero curiosamente tal vez ejerza hoy una mayor influencia que antaño. Lo seguro es que se atienden más a lo que dice, por la expectativa que despiertan sus palabras. Antes y ahora, el rionegrino suele expresar en ese discurso un pensamiento que suele exceder el tema en discusión.

Lo hizo en la sesión sobre el pago de la deuda, cuando al filo de la medianoche dejó mucho material para el análisis. Por ejemplo los párrafos en los que habló de la investigación de la corrupción: "La verdad es que cuando leo a la diputada Carrió, me preocupa. Me preocupa. Y me preocupan otras cosas también. De repente, la justicia federal era la mejor del mundo y había que pasar la causa Nisman a la justicia federal, y, de repente, es la justicia más oprobiosa y allí están todos los demonios. La verdad, me preocupa. Me preocupa cuando se construye una cosmovisión parecida a la de la Revolución Francesa en el comité de la Salud Pública y aparecen los jacobinos con la bandera de la ética".

"Todos los gobiernos tienen que tener un cierto nivel ético. Indudablemente, hay ejes centrales que tiene que tener la democracia. ¡Pero cuidado con esto, eh!, porque cuando los moderados y el centro pierden gravitación, aparecen estos puritanos que se llevan puesto todo. El proceso de mani pulite en Italia determinó la construcción y el liderazgo de Berlusconi. En la Alemania de la etapa del 30, de la crisis del 30, en la degradación del sistema político alemán, de la Democracia Cristiana, del PC, de los partidos tradicionales, determinó el nacimiento del nazismo. ¡Cuidado con lo que está pasando en Latinoamérica! ¡Cuidado con lo que pasa en Brasil!".

Por esos días la sociedad ya se había escandalizado con las imágenes de gente contando dólares en una financiera conocida con el emblemático nombre de "La Rosadita", pero el proceso de investigación de "la ruta del dinero K" no había tenido la aceleración que cobraría semanas más tarde. Fiel a su estilo refractario a sutilezas, Pichetto llevó a un ámbito de singular representación institucional un tema tabú para la política criolla, como es un eventual mani pulite.

A los pocos días declaró por primera vez como imputada Cristina Fernández de Kirchner en los tribunales de Comodoro Py, con toda la parafernalia que acompañó ese trámite judicial transformado en evento político. Después cayó preso el empresario Lázaro Báez, y más tarde se paralizó el mundo con la maratónica declaración del arrepentido Leonardo Fariña. Era previsible entonces que lo del mani pulite se generalizara.


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Suena despectivo, pero no por ello desatinado el término "mani pulite a la bartola" que algunos le han puesto a este proceso desatado por los jueces federales, en el que aceleradamente figuras centrales de la administración saliente desfilan por Tribunales. Ciertamente no es novedoso que la justicia argentina ponga en la mira al poder cuando ya no lo es, pero sí lo es que tan rápidamente haya emprendido esa tarea. Y no deja de resultar shockeante que eso suceda con un gobierno que hizo gala de un manejo casi absoluto de todos los poderes, y una influencia marcada dentro de la propia justicia.

No faltan, no obstante, quienes vean en este accionar de la justicia una suerte de ajuste de cuentas por una fallida reforma judicial que llevó la grieta del resto de la sociedad al mismísimo seno de la justicia. Aunque no pareciera ser este el caso, cuando los protagonistas son en general jueces que no parecieran tener cuentas pendientes con el kirchnerismo.

Más bien asemeja ser parte del instinto de conservación de magistrados interpelados por una sociedad que ante la magnitud de lo que ha visto y aún ve no parece tolerar más dilaciones. Influyó también sin dudas el proceso brasileño que a diferencia del caso argentino mostró a una justicia avanzando sobre el poder vigente. Las comparaciones tienden a generar cuanto menos cierto fenómeno de imitación.

Está claro que lo que está sucediendo no estaba en el programa electoral del PRO. Sí estaba en los planes del efímero frente UNEN, donde se planteó la creación de una "CONADEP de la corrupción", propuesta que luego enarboló Ernesto Sanz en sus tiempos de precandidato presidencial. Con semejante antecedente, recordemos que el mendocino era el elegido por Mauricio Macri para ser su ministro de Justicia, y hoy ejerce una suerte de papel de "ministro sin cartera", o asesor privilegiado del Presidente de la Nación.

Pero investigar a la administración saliente no parecía estar entre las prioridades del gobierno de Cambiemos, donde el pensamiento "duranbarbiano" sugería por el contrario dar vuelta la página del kirchnerismo lo más pronto posible. Claro que también se recomendaba no hacer demasiado hincapié en la herencia recibida, o bien no insistir tras el discurso del 1º de marzo, y está claro que eso fue dejado de lado.

Hoy Mauricio Macri no pierde ocasión de mencionar lo que encontró al llegar al poder, como también alerta una y otra vez sobre la corrupción: "Encontramos un Estado cargado de corrupción", dijo en una reunión de Gabinete ampliado en el Centro Cultural Kirchner; "se terminó la época en que la obra pública sólo estaba ligada a la corrupción", enfatizó el sábado pasado al supervisar el avance de las obras de electrificación del Ferrocarril Roca en Quilmes. Y así...

En momentos en que más duele el ajuste, la exhibición de la corrupción reciente pareciera mitigar esos padecimientos. Con todo, como Pichetto, no pocas voces alertaron sobre las consecuencias que podría tener un mani pulite criollo sin un límite preciso. En ese marco trascendió un debate en el seno del gobierno en el que una parte del mismo sugería poner un límite en la ex presidenta. El ministro Germán Garavano pareció abonar esa teoría, al pedir "prudencia" a los jueces y no "sobreactuar" con la ex presidenta, tras lo cual tuvo que salir a aclarar -¿por orden de Macri?- que lo que había hecho era pedir avanzar "seriamente" con la investigación de presuntos casos de corrupción, y no quedarse con "los fuegos artificiales".

No es lo que debe esperarse de un juez como Claudio Bonadío, el más antagonista del kirchnerismo, que esta semana o la próxima dictaría el procesamiento de Cristina Fernández de Kirchner y otros imputados de la causa de la venta de dólar futuro. Con todo, la más leve de las que penden sobre la ex presidenta.

El propio Bonadío ya horadó ayer otro límite hasta ahora infranqueable, al procesar a Julio De Vido, generando inquietud en propios y ajenos.

De todos modos, para los que adelantan tempestades, habrá que recordar que los tiempos judiciales son aquí muy extensos. Amado Boudou fue procesado hace casi dos años y todavía no llegó al juicio oral. Carlos Saúl Menem fue detenido dos años y medio después de haber dejado el poder. Pasó 167 días de arresto domiciliario en la causa por el desvío de un cargamento de armas a Croacia y Ecuador, y por falsificar el contenido de tres decretos presidenciales, en una causa iniciada seis años antes. Fue liberado por la Corte Suprema, pero doce años más tarde sería condenado por la misma causa, reabierta. Hoy sigue libre por sus fueros legislativos.

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