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Política
14 | 05 | 2016
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Un procesamiento previsible, sumado a una nueva derrota K

José Di Mauro
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Por José Di Mauro


El intento del kirchnerismo de asestarle una dura derrota al gobierno en el Congreso naufragó por falta de quórum, ratificando una persistente pérdida de poder. El viernes cerró con otra mala noticia para la expresidenta.

Un procesamiento previsible, sumado a una nueva derrota K
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Desde el día en que fue citada a indagatoria, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner sabía que el juez federal que más detesta tenía la decisión de procesarla. Así se lo anticiparon los juristas que la asesoran, que coincidían con los periodistas que trajinan diariamente los tribunales: un juez como Claudio Bonadio debía tener ya esa decisión firme al emitir las citaciones. "Ya tenía redactados los procesamientos", decían, tal vez exagerando. No mucho.

De ahí la puesta en escena que armó la exmandataria frente a los tribunales de Comodoro Py, sino para intimidar al juez que se disponía a procesarla, para enviar un mensaje a aquellos que tienen causas más graves que la involucran. Se volvió tranquila al sur; varios de esos magistrados supieron ser permeables a las presiones durante los años del kirchnerismo. Tal vez no tendría que confiarse tanto: no debería pensar en esos jueces como si ella siguiera estando en lo más alto del poder, que es la instancia a la que estaban acostumbrados a acatar.

Además, una de las causas más serias y donde supuestamente sería más sencillo corroborar el delito, quiso el sorteo que cayera en manos de Bonadio, y en esa causa por lavado el fiscal acaba de ampliar la imputación a "cohecho".

La respuesta del kirchnerismo consiste en contragolpear con los Panamá Papers -tema en el que insólitamente el Presidente parece no contar con la colaboración suficiente de su propio padre-, y sobre todo apuntarle al primo de Macri, vinculándolo con Lázaro Báez, del que ahora tratan de desentenderse. Alertan también sobre un intento de "sacarla de la cancha", y juegan con una palabra a la que el peronismo es tan afecto: proscripción. Sugieren que eso es lo que el gobierno y "el partido judicial" buscan para neutralizar a "la jefa", dejando entrever aspiraciones electorales que hasta ahora no ha esbozado públicamente.

Si todavía estuvieran en el poder, hablarían de golpismo. Es lo que sin rodeos el kirchnerismo ha denunciado respecto de la suspensión con final cantado de Dilma Rousseff. Curiosamente ese es otro de los temas que en este tramo de la historia encuentra al Frente para la Victoria haciendo causa común con la izquierda extrema, con la que ahora suele coincidir en el recinto de Diputados. Por cuestiones institucionales, el oficialismo se ha mostrado cauto en el tema, a diferencia de lo que posiblemente hubiera hecho Cristina de haber estado gobernando: convocar a la Unasur y llevar el caso a la OEA. Cosas que tampoco Dilma ha hecho -a pesar de denunciar también un golpe en su contra-, pues mal que les pese a todos, los caminos recorridos no se salen de lo que la Constitución brasileña marca.

Con todo, ningún gobernante de la región debe estar observando como un espectador ajeno. Es un mal antecedente que la peligrosa combinación de crisis económica y caída en las encuestas puedan dar pie a que un Parlamento adverso promueva la destitución. Toma nota Nicolás Maduro, el próximo en la lista, según dicen. Toma nota también Mauricio Macri, que debe lidiar con un Congreso adverso, que le ha mostrado los dientes de entrada.

Precisamente en el ámbito legislativo local las victorias son efímeras, y las derrotas ineludibles. Lo sabe bien Cambiemos, que esta última semana se las arregló para festejar, sino el éxito, al menos la derrota ajena. Buscó salir del trance a pura política; cambió sobre la marcha la táctica del desentendimiento y la dilación, al convocar a empresarios y sindicalistas a la Casa Rosada el primer día hábil de la semana, para dar señales concretas de que se estaba ocupando de los despidos. Dejó de enfrentar el tema tan solo negándolo; le sumó acción para tratar de brindar tranquilidad. Aunque ya era tarde, como le hicieron saber los sindicalistas, ya demasiado jugados y envalentonados por la gigantesca marcha del 29 de abril.

Negoció paralelamente con aliados eventuales, y el martes el gobierno tuvo la tranquilidad de que el massismo no contribuiría a la avanzada opositora por aprobar la ley del Senado. Sin ellos, no habría quórum y por lo tanto la sesión se caía. Pero la trama en este tema cambia día a día y en vísperas de la sesión aparecieron nubarrones a la hora de los dictámenes. El que más firmas obtuvo fue el promovido por el FpV, que logró el respaldo de dos hombres del massismo, los sindicalistas Héctor Daer y Jorge Taboada. A duras penas consiguió Sergio Massa evitar que Facundo Moyano sumara también su rúbrica allí, pero trascendió durante todo el miércoles que seis miembros del interbloque de Massa estaban dispuestos a dar quórum: Daer, Taboada y Moyano, más Carla Pitiot, Cecilia Moreau y Enrique Castro Molina.

Como en los tiempos en que eran gobierno, María Teresa García fue una de las encargadas de sumar adhesiones para conseguir el quórum, tarea que también emprendió el flamante titular del PJ, José Luis Gioja. Pero el "poroteo" nunca les dio un número superior a 120, 122.

La noche del miércoles el exgobernador sanjuanino habló con José Manuel de la Sota, de quien habría obtenido la palabra de que sus diputados bajarían al recinto, pero no quedó muy convencido. Y bien que hizo: los delasotistas no estuvieron.

El FpV apostaba a contar con los puntanos de Compromiso Federal -Adolfo Rodríguez Saá había votado el proyecto en el Senado-, y los santiagueños del Frente Cívico, teniendo en cuenta que también cómo había votado su líder Gerardo Zamora. En total, eran nueve voluntades. Aquí talló la tarea del ministro del Interior Rogelio Frigerio, que trabajó especialmente con los gobernadores de Santiago del Estero y San Luis, pero también con los de Misiones, Chubut y Santa Fe.

A la postre, los puntanos no dieron quórum, y de los seis santiagueños solo bajó uno. El ex gobernador misionero Maurice Closs llegó con su comprovinciana Silvia Risko cuando ya se había levantado la sesión; los socialistas santafesinos dijeron que votarían la ley, pero no darían quórum; y los tres dasnevistas no estuvieron, y difundieron una declaración en la que aclaraban su predisposición a 'acompañar medidas que promuevan el trabajo, no que pongan trabas a la generación de nuevos puestos laborales'. Uno de esos diputados era Jorge Taboada, que había firmado el dictamen del kirchnerismo.

Como dijimos, no puede hablarse de un triunfo de Cambiemos, pero la cara alborozada de Emilio Monzó cuando se caía el quórum decía lo contrario. Fue una trabajosa victoria de Sergio Massa, que cerca estuvo del traspié que hubieran marcado la cantidad de ausencias con que se había especulado. Haberlas reducido a solo una, fue su gran mérito. Contribuyó a ello la garantía oficial a sesionar el miércoles que viene, día en el que se resignará a que se termine aprobando el proyecto de Massa. Entre tantas vueltas, el gobierno habrá evitado que se pueda hablar de una nueva derrota legislativa.

Lo fue en cambio para el kirchnerismo, tan dura como la de la ley del pago a los holdouts. Una comprobación de que ya no puede reunir voluntades como cuando estaba en el poder, por más que esta vez haya podido mostrarse junto a sus excompañeros del bloque Justicialista, a los que hace algunas semanas vituperaban por haber dejado el FpV. Oscar Romero, Diego Bossio y compañía, también grandes derrotados del jueves pasado

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