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Opinión
18 | 05 | 2016
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Osvaldo, penas y olvidos

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Quedó afuera de Boca Daniel Osvaldo. Demasiadas ausencias adentro de la cancha y demasiadas presencias en otros escenarios. Estaba anunciado que más temprano que tarde lo iban a despedir. Y en el 1-1 ante Nacional, en Montevideo, la dejó picando. Lo barrieron. Como emergente de una sociedad exhibicionista, se exhibió y perdió.

Osvaldo, penas y olvidos
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   Daniel Osvaldo ya forma parte del pasado de Boca. "Es un asunto terminado", declaró Guillermo Barros Schelotto en los últimos días en comunión con lo que pensaba el presidente de Boca, Daniel Angelici, quien siempre definió al delantero como "un loco lindo". ¿Ahora habrá cambiado de interpretación Angelici?
   Lo que queda claro es que todas las circunstancias que rodearon a Osvaldo desde que arribó a Boca, a la vez trascienden a Osvaldo. ¿En qué sentido? El es un emergente más de una sociedad capturada por el dulce veneno del exhibicionismo nunca desalentado. Uno más entre millones de exhibicionistas conocidos o desconocidos de geografías más próximas o más lejanas. Osvaldo tomó la decisión de exhibirse desde que en febrero del año pasado regresó a la Argentina para vestir por primera vez la camiseta xeneize.
   Ese nivel de exhibición abierta en las redes sociales, en las páginas no futboleras, en la noche porteña o suburbana y en las fotos e imágenes viralizadas que van y vienen como píldoras del gran entretenimiento bastardeado, fue para los medios una especie de show bizarro dentro de la jaula de las locas. Vendía contenidos y flashes Osvaldo. Y compraba la audiencia todo lo que le vendían. Boca estaba sin participar (por lo menos directamente) en el medio del circo.
   Se fue en el segundo semestre de 2015, pasó en puntas de pie por el Porto y en el arranque de 2016 volvió Osvaldo a Boca. Y nada cambió. Lo único que había cambiado era el entrenador: afuera el Vasco Arruabarrena a pesar de haber ganado el último campeonato y la Copa Argentina (Riquelme opinó que la "chorearon" en aquel partido ante Rosario Central con un arbitraje vergonzoso de Diego Ceballos y del línea Marcelo Aumente) y adentro Guillermo y Gustavo Barros Schelotto.
   Vivía en la enfermería Osvaldo. Lesión tras lesión. Jugaba poco y nada. Pero seguía apareciendo su figura de tipo seductor y carismático para enganchar a aquellos desprevenidos que pueden confundir a una pelota con una grande de muzzarella. O con un melón, según lo que suele decir el Flaco Menotti para identificar a los periodistas que miran fútbol sin entender de fútbol.
   Esa ruta desangelada que venía transitando Osvaldo no lo iba a llevar a otro lado que no fuera un accidente previsto. Y el accidente se produjo en Montevideo en la noche del 1-1 entre Nacional y Boca por la Copa Libertadores. Al protagonista le faltaba dar un pasito en falso para que le firmaran la boleta inminente. Y lo hizo con una inocencia salvaje como lo hicieron tantos otros jugadores en otros tiempos.
   La breve ironía televisada de Osvaldo con el cuerpo técnico que lo mandó a la cancha para jugar apenas 5 minutos, el pucho ingenuo que se hizo humo en un baño del camarín, los códigos de silencio que ya no existen más entre los jugadores (sensibles y vigilantes a ventilar lo que ocurre en un ámbito privado), las versiones, los trascendidos, las especulaciones y el rito del sacrificio consagrado para limpiar el vestuario de Boca de presencias no deseadas, según consta en actas no escritas.
   Muy fulero y triste el desarrollo de la novela del antihéroe. Osvaldo terminó pagando los daños colaterales que más temprano o más tarde se anunciaba que iba a tener que pagar. Sin el acompañamiento y la protección que siempre brinda el fútbol (jugar bien, hacer goles y estar en la cancha en 8 de cada 10 partidos), hay que ser Maradona para mantenerse en la pole position.
   Daniel Osvaldo es un buen jugador. Siempre lo fue. Por lo menos ese es el recuerdo que se tiene de él. Sabe jugar. Ve los espacios. Pero no vio otras cosas que lo arrojaron a las brasas: se lo comió el personaje que supo construirse. En el fútbol se admite todo, menos la ausencia. Y él estuvo ausente demasiado tiempo. Ausente en la cancha y muy presente en otros escenarios. La necesidad de exhibirse en el marco de una sociedad patológicamente exhibicionista que según como soplen los vientos premia o condena, lo terminaron encontrando a Osvaldo como a una hoja en la tormenta. Y lo barrieron.
   En este momento de penas y olvidos, como diría aquella canción del Flaco Spinetta que también interpretó Leonardo Favio, la soledad es un amigo que no está. Y por ahí debe andar Osvaldo.
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