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Un boxeador de Maravilla

Gustavo Nigrelli
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Por Gustavo Nigrelli


El español Ceferino Rodríguez, pupilo de Maravilla Martínez, deslumbró el viernes pasado en La Plata aniquilando al catamarqueño Carlos Chumbita, a quien derribó 5 veces en 2 rounds. Una exhibición que al boxeo argentino no le sirve de mucho, más bien lo desnuda, y quizás, lo daña.

Un boxeador de Maravilla
Ceferíno Rodríguez
Foto:

En España prácticamente no hay boxeo. Sin embargo, desde que Maravilla Martínez se fue allí y se instaló su gimnasio, con esfuerzo y sacrificio logró forjar un par de buenos valores.

Uno es el ya conocido Kiko Martínez, recordado acá por haberse presentado en la noche de Vélez y haber liquidado por KOT 2 al bonaerense Damián Marchiano, amén de haberlo publicitarlo con énfasis cada vez que pudo, y haberlo hecho televisar en más de una ocasión aquí.

Al otro acabamos de conocerlo el viernes pasado en el club Gimnasia y Esgrima La Plata. Es Ceferino Rodríguez, hasta recién un ignoto por estos lares, de 27 años y 22-1-0, 12 KO, quien aplastó en dos vueltas al catamarqueño Carlos Chumbita, al que derribó 5 veces en ese escaso par de asaltos, aunque el árbitro Jorge Basile se comió una caída válida en el 1º, por considerarla erróneamente como "resbalón".

Rodríguez dio una clase de boxeo el viernes. Por sus propios méritos, pero más aún, por haber sabido explotar –y hasta resaltado- las carencias de Chumbita, que contrastaron fuertemente con la pulcritud técnica del europeo.

Fue más que nada una humillación. Y una sensación profunda de impotencia.

Paradas, bloqueos, precisión, firmeza, tiempo, distancia, elegancia, pausa, tranquilidad, inteligencia, lectura de movimientos propios y ajenos. Un relojito el "gallego".

A Maravilla, que participó de la transmisión televisiva sin poder disimular su orgullo, se le caía la baba del placer por lo que de alguna manera consideró su obra, e incluso su negocio, porque es quien lo maneja.

Comparando cómo estaba el boxeo cuando él recaló en España, adonde iba un principiante argentino y paliceaba a cualquiera de allá, a lo que es hoy, con la ecuación revertida, donde viene uno de allí y pone en caja a un duro de pelar como Chumbita, Maravilla puede colgarse una medalla en el pecho de que levantó el boxeo español. Notable.

De hecho, Kiko Martínez llegó a La Meca, y a fines de febrero perdió por KOT 5 en California ante el mexicano Leo Santa Cruz por el pluma AMB. Y aunque recibió de su propia medicina, sintiendo en carne propia la diferencia de niveles, dejó al menos en claro su corazón de guerrero natural.

Acá el boxeo no levanta como se pensaba. Más bien por el contrario, está cada vez más bajo. Y con esta política de venir a probar fuego de afuera con los nuestros, usándolos de puching ball y les den para que tengan, iremos cada vez más a pique.

Aunque regentea un gimnasio con su nombre por Quilmes, que manejan sus hermanos y tíos, Maravilla acá no maneja ningún boxeador que se sepa. Y el boom, o la explosión de boxeadores que iba a dejar su irrupción tardía en el boxeo argentino, aún brilla por su ausencia.

Será cuestión de paciencia, ya que una figura no se hace de la noche a la mañana. Aunque ese lento proceso requiere de una siembra que tampoco se ve mucho.

Se están viendo los frutos en España, en un país donde la materia prima respecto de la de acá es considerablemente más escasa y de peor calidad.

También se ve que la política de inversión que llevan a cabo, ya sea él, o su ex manejador y/o apoderado y/o consejero, Sampson Lewkowicz, es algo contraria a lo que el boxeo argentino necesita.

Por ejemplo, Sampson suele montar aquí una velada trayendo a su troupe de afuera, donde están entre otros el colombiano Oscar Escandón y los hijos (Julius y John) del ex campeón mundial superwelter de Islas Vírgenes, Julian Jackson, que ya dieron cuenta un par de veces de púgiles nacionales a bajo costo. Porque no es necesario ser hombre de negocios para darse cuenta de que para alguien que maneja dólares, trabajar acá le sale cuanto menos la mitad que en cualquier otro lado.

Sampson fortalece la carrera de sus pupilos en un ambiente comercialmente apto, y boxísticamente también, porque reina el medio pelo ávido de trabajo, que ve con beneplácito una bolsa algo más suculenta que en las demás veladas nacionales, a cambio de una derrota. Y por si algo faltara, lo hace bajo una pantalla argentina.

Eso es lo que se llama una verdadera inversión. Lo que debe quedar claro es hacia quién, quién recoge esos frutos y con qué fines. Y lo que debe también rubricarse es que no es para el boxeo argentino.

Por supuesto que para eso también hay caramelos para los de más abajo, porque cual derecho de piso, en el revoleo además pelean varios púgiles argentinos.

Tudo bom, tudo legal. Es una hábil y válida política empresarial, en este puesta en práctica sobre el boxeo, y que parece querer imitar su socio Sergio Martínez, que no era el Mesías del pugilismo nacional como muchos pensaban, cosa que ahora, a la distancia, comienza a verse más de cerca.

 

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