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#NiUnaMenos
04 | 06 | 2016
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#NiUnaMenos en primera persona: matar el silencio

Natalia Arenas
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Por Natalia Arenas


Ganar la calle, marchar, cantar, contar, gritar. La consigna sigue siendo visibilizar la violencia machista, sobre todo, a través de un instrumento que puede más que cualquier golpe: la voz, las voces.

#NiUnaMenos en primera persona: matar el silencio
Foto: Laura Tenenbaum/DIARIO POPULAR
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Cuando a María Soledad Morales la drogaron, la violaron y la asesinaron, las Marchas del Silencio coparon las calles de Catamarca. Conmovieron a una provincia feudal y a un país plagado de machistas, de sujetos que utilizan su pene como instrumento de poder y someten, cagan a palos, abusan de "chinitas" que, al fin y al cabo, se pusieron una pollera corta y se arriesgaron a salir.

El silencio puede incomodar, conmover, llamar a la reflexión. Aquellas marchas dieron sus frutos ¡siete años! después del femicidio de María Soledad, cuando Guillermo Luque y Luis Tula fueron condenados a 21 y 9 años de prisión, respectivamente. Ambos están libres ahora (Luque luego de haber cumplido apenas un tercio de su condena).   

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Pero el silencio también aísla, inmoviliza. El silencio puede ser insoportable. ¿Por qué callamos durante tantos años, décadas las mujeres? Porque a callar nos enseñaron. Porque "cada familia es un mundo" y "los trapitos sucios se lavan en casa". Porque un empujoncito no es tan grave como un golpe y si él quiere sexo vos también tenés que querer, para que no se te vaya con otra. No, la culpa no la tienen las frases de nuestras madres ni el silencio de nuestros padres. Tampoco las abuelas que educaron a nuestras madres. Hay un machaque, un pájaro carpintero patriarcal que hace siglos nos taladra la cabeza y nos dice que las mujeres somos seres inferiores.

Mientras marchaba anoche junto a miles de mujeres, hombres, nenas y nenes, tuve la sensación de que el cerco que nos protege es nuestra propia voz. Esas voces que están matando el silencio. Voces desconocidas, pero hermanadas en un grito. Ayer vi mujeres que no se conocían entre sí y se contaban sus historias. Lloraban. Vi hombres tomarlas de las manos y marchar junto a ellas.

Ayer escuché una veintena de historias y un centenar de voces. Por momentos, los "no encolumnados" que marchaban hacia la Plaza de Mayo se esparcían y quedaban huecos. Los bombos, los cánticos quedaban atrás o más adelante y se sentía, por apenas un instante, el silencio. Y ahí me atacaba el miedo, la desprotección, la oscura mano de la soledad. Entonces me apuraba para alcanzar a otro grupo y volver a sentir esas voces, a rozar esos cuerpos, a estremecerme con esos relatos que, aunque trágicos, eran liberadores.

"Hay que matar el silencio", pensé. No callarnos más es la única salvación posible. Y en ese camino vamos.

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