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Opinión
08 | 06 | 2016
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Cuando éramos reyes

Gustavo Nigrelli
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Por Gustavo Nigrelli


Reflexiones y repaso de la vida de El Más Grande, tras su muerte a los 74 años en el un hospital de Phoenix, Arizona (el HonorHealth), por problemas respiratorios, aunque también se habló de shock séptico, pese a que fue el Parkinson quien lo llevó hasta allí. ¿Fue realmente el mejor de todos los tiempos?

Cuando éramos reyes
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Aún consternados por la muerte de Muhammad Alí, a decir verdad, y por respeto a todos -en especial a su memoria-, hay que ser sinceros: el Gran Muhammad hacía tiempo que se había muerto.

El viernes pasado fue la fecha cronológica de defunción, el dato duro y anecdótico, pero dada su cruel enfermedad (Parkinson) y su deterioro físico, lo asombroso fue que aún siguiera luchando en vano por más de 30 años (32) ante una batalla perdida desde que se lo diagnosticaron.

Hoy hay gente que pregunta algo que hace 40 ó 50 años estaba claro, aunque la contemporaneidad de aquel entonces hacía que no se cobrara real dimensión de las cosas.

Preguntan qué significó Alí, y si realmente fue el mejor boxeador de todos los tiempos.

La respuesta es no. Alí no fue el Más Grande Boxeador de todos los Tiempos. Fue el Deportista y el Atleta Más Grande de Todos los Tiempos.

Alí fue Maradona, Pelé, Tyson, Schumacher y Michael Jordan juntos, y aún así, este quinteto unido no le lustraba los zapatos.

Porque su grandeza no era solamente sobre el ring. Trascendió las 16 cuerdas de un cuadrilátero de 6 x 6 ya que su escenario fue el mundo, y su público toda la población, ante la que oraba, discursaba, filosofaba, reflexionaba, poetizaba, profetizaba, e iluminaba conciencias.

Salvo Maradona, más que nada por sus frases simpáticas que se restringen a lo cotidiano o a cuestiones personales, ¿alguien ve a alguno de los otros predicando en público?

En una época donde el racismo era tan natural como lo era la esclavitud hace 3 siglos, al punto de haber baños para blancos y para negros, restaurantes y cafés para blancos y para negros, y donde un negro no se podía sentar al lado de un blanco en transportes públicos, él luchó contra el racismo, tal vez por padecerlo, incluso después de haber conquistado su medalla olímpica.

Pero no menos cierto es que Frazier, Foreman, Norton, Patterson, o Sonny Liston también lo eran, pero nadie enfrentó al establishment como él.

Por eso, en protesta contra su propio país arrojó su medalla olímpica a las aguas del Río Ohio –según contó él, y otros desmintieron, aduciendo que se trató de una fábula suya para generar conmoción en la opinión pública, cosa que logró-, cuando fue echado por negro de una cafetería, esgrimiendo: "aquí sirven a un extranjero, pero no a un ciudadano negro estadounidense".

Lo mismo cuando prefirió ir preso y perder su título mundial que tanto le había costado conseguir por no enrolarse en el ejército para ir a la guerra de Vietnam. "ellos son mis hermanos, jamás pelearía contra ellos, porque ellos jamás me maltrataron, jamás me dijeron negro, nunca me robaron", dijo declarándose "objetor de conciencia".

Fue condenado a 10.000 U$ de multa, más 5 años de cárcel -de las que sólo cumplió 10 días por una vieja infracción de tránsito, y el resto se la pasó apelando y presentando recursos de amparo en las diversas Cortes estadounidenses, por lo que seguía en libertad provisional bajo fianza-, además del retiro de su licencia de boxeador.

Hasta que la mano cambió, la sociedad norteamericana comenzó a ver con malos ojos la guerra contra el Vietcong y con mayor simpatía a Alí, y 3 años después –en 1970- un juez Federal consideró "arbitraria e irracional" su condena, revocando la sentencia y restituyéndole la licencia de boxeador.

Ganó dos pulseadas al mismo tiempo: la boxística y la social, porque lo que en principio se vio como una crítica, luego se vio como un mérito. Y porque el cetro mundial pesado volvió 7 años después a su cabeza, como si él supiera todo lo que iría a pasar.

Tenía la capacidad de la transformación. De convertir las opiniones más adversas en las más favorables.

Un hombre que peleó en 4 de los 5 continentes (salvo en Australia, por el escaso boxeo que había allí), que vino dos veces a nuestro país (1971 y 1979), que dio para escribir libros y hacer películas en vida, y que protagonizó la pelea más larga de la historia, cuando en Kinshasa, Zaire, enfrentó a George Foreman para reconquistar su cetro pesado.

Es que las incesantes lluvias causaron inundaciones que obligaron a postergar el combate por 5 semanas, durante las cuales, los entrenamientos, declaraciones, anécdotas y vida privada, dieron pie a uno de los documentales más emotivos del 7º arte: "Cuando éramos reyes".

Eso era Alí. El fanfarrón. El profeta. El que decía:

"Yo no divido al mundo entre hombres modestos y arrogantes. Divido al mundo entre los hombres que mienten y los que dicen la verdad".

"Cuando tienes razón, nadie lo recuerda; cuando estás equivocado, nadie lo olvida".

"No es arrogancia si puedes sostenerlo".

"Cuando eres tan grandioso como yo, es difícil ser humilde".

"La gente no soporta a los bocazas, pero siempre los escucha".

Pero también decía otras como ésta:

"Dios me está haciendo ver que soy un hombre como otro cualquiera. Y también te lo está

 haciendo ver a ti. Puedes aprender de lo que me sucede".

Parecía tener el Don de ver el futuro. Ser un preclaro, cosa que se potenciaba más cuando vaticinaba el resultado de sus peleas, y no sólo eso, sino que señalaba el round exacto de la definición, lo cual cumplía con precisión increíble, más de una vez pese a que en el round previo había sufrido algún contratiempo que hacía dudarlo.

Pero lo más curioso fue que aunque hoy parezca mentira, en general la gente no creía en él, por considerarlo un bocón.

Nadie pensó que le ganaría a Sonny Liston. Y nadie que podría contra un superhombre como George Foreman, que había pulverizado en un par de asaltos a púgiles que lo habían derrotado a él, como Joe Frazier y Ken Norton.

Pudo con todos, aún con los "osos", como él decía. Y uno de los secretos era que su palabra previa generaba una sicosis en el otro que demolía su espíritu, porque lo convencía de su derrota a tal punto que cualquier golpe multiplicaba su efecto.

¿Hubiese podido contra los otros pesados enormes de la historia pre y post Alí, como Joe Louis, Rocky Marciano, Mike Tyson, Jack Johnson, en su mejor momento?

Cabe aclarar que Louis, Marciano y Johnson, los que lo antecedieron, rondaban los 90 kg, es decir, eran pesados chicos, más bien cruceros, o directamente cruceros. Alí rondaba los 100 y se movía como un ligero.

Tyson quizás no le hubiese podido pegar una sola piña en su mandíbula de hierro, que –según cuentan- sometía a prueba en el gimnasio.

Holyfield, buen boxeador y atleta, no tenía su talento como para vencerlo en las tarjetas, mientras que Klitschko y Lennox Lewis, emergieron ya en épocas de vacas flacas para la categoría pesado, que ahora lideran lentísimos rusos, con quienes Muhammad se haría un picnic, flotando cual mariposa y picando cual abeja.

¿Cómo no va a ser El Más grande? ¿Y cómo no va a ser el Rey?

Un rey que nunca dejó de serlo, pese a su enfermedad. Porque luchar cuando uno sabe que va a ganar es fácil. Lo glorioso es hacerlo sabiendo que se va a perder.

Por eso el título de la nota no refiere a él. Refiere a nosotros, los mortales, los que quedamos. Que éramos reyes cuando él estaba en la tierra.

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