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Opinión
11 | 06 | 2016
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La dimensión de Messi

Eduardo Verona
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Por Eduardo Verona


Un partido sin Messi. Y la Selección no encontrando el tiempo, el espacio ni el desequilibrio. Un partido con Messi. Y la Selección reconvertida en un equipo imparable. Panamá vio las dos caras de Argentina. La impotencia y confusión del primer tiempo y la sinfonía del mejor jugador del mundo en el complemento

La dimensión de Messi
Foto: AP /Charles Rex Arbogast.
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¿Cuántas pelotas tocó Messi durante la media hora que jugó? ¿Diez, doce, quince? No más que eso. Pero fue suficiente. O fue demasiado para la rutina que el partido venía expresando hasta su ingreso a los 15 minutos del segundo tiempo, reemplazando a Augusto Fernández.

Por eso los contactos de Messi con la pelota no pueden enfocarse en cifras. Aunque las cifras (sus 3 goles y el pase infernal que metió para que el Kun Agüero conquistara el quinto gol de la Selección) sean demoledoras. Lo que importa es la dimensión de sus participaciones. El contenido. La perfección. Esos pases a la red (el golazo terrible de tiro libre fue una obra de arte) que de tan simples hasta le permite a cualquiera presumir o imaginar que también los haría como los hace Messi. Porque es la simpleza inteligente. La simpleza que no lleva incorporada nada que no tenga que incorporarse. Salvo la inminencia del gol inevitable.

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¿Qué era el partido sin Messi para la Selección? Un partido chato, aburrido y hasta difícil y complejo de resolver. Panamá se gastó casi todo el combustible en la primera etapa. Metiendo y cortando más que proponiendo. Pero complicándole la vida futbolística a Argentina con despliegue, infracciones y lucha en todos los sectores.

El problema que condicionó a la Selección fue su propia confusión. Suele decir Gerardo Martino: "La idea ya está". Y suele agregar: "La idea ya está pero hay que afianzarla y consolidarla". Esas dos observaciones del entrenador no se plasmaron en la cancha durante largos pasajes. Ni aún cuando Panamá se quedó a un cuarto de hora del cierre del primer tiempo con diez hombres por la expulsión de Godoy.

Ante un adversario vehemente y con aire para presionar arriba, la Selección hizo lo que no tiene que hacer: tiró pelotazos desde el fondo y el medio. Como si fuera indiferente a la prédica que naturalizó el Tata Martino. Como si no creyera en la circulación para desalentar a un rival que en muchas oportunidades cultivó la estrategia del foul táctico.

Dividió la pelota Argentina, a pesar de sacar una ventaja prematura en el marcador con el cabezazo de Otamendi a la salida de una pelota parada de Di María, otra vez reemplazado por acusar una lesión muscular, igual que en el Mundial de Brasil cuando tuvo que salir en el cruce de cuartos de final ante Bélgica y en la final de la Copa América ante Chile.

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Un equipo que tiene afirmada una idea para abordar el juego, como señala Martino, es llamativo que ofrezca respuestas tan desprolijas y desordenadas como las que manifestó la Selección durante tantos minutos. Y además hay que considerar que enfrente tenía a Panamá. No a Alemania. O a un adversario de alta gama. Confundirse y recurrir a los bochazos para saltar líneas revela que el equipo todavía no está convencido del libreto que tiene que ejecutar. Y ante una dificultad cambia sobre la marcha y recorre un camino absolutamente desaconsejable que lo aleja del juego colectivo. Y lo subordina al tumulto que promueve el rival. Así Panamá tomó de rehén a la Selección.

Hasta que apareció Messi. Y su influencia determinó todos los rumbos. Panamá ya había resignado la pelota y el campo desde el arranque del complemento. Pero Argentina no llegaba. No desequilibraba. No ponía a un jugador mano a mano con el arquero. Higuaín, sin espacios o con pocos espacios, siempre parece menos de lo que es. Gaitán insinúa más de lo que concreta. Lamela, quién entró por Di María, se suma al circuito si el circuito está instalado, pero él no lo va a construir.

Tenía que ser Messi el hombre que encendiera la noche de Chicago. Cuando entró pareció que caminaba la cancha. Ni al trote. Ni un pique. Como si estuviera calibrando los tiempos. Espiando los espacios. Un toque corto, una devolución en el mismo sentido. Nada relevante. Nada que anunciara lo que después sucedió. Porque lo que sucedió fue brillante. Dos zurdazos quirúrgicos y letales dentro del área, otro zurdazo maravilloso de tiro libre que se clavó en un ángulo, tres goles, la fiesta que quería ver la gente, las ovaciones al artista, la yapa de la habilitación estupenda para el quinto gol y el cierre que la multitud agradeció como se agradecen los grandes regalos que siempre van a recordarse.

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Debería quedar en claro que la Selección no la rompió. Messi la rompió. Él solito. La goleada la explica Messi. La Selección, en cambio, tiene que explicar sus desajustes. Y su ausencia de convicción (durante 60 minutos) para elaborar juego.
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